Yury Muñoz es actriz de profesión y, desde hace cuatro años y medio, reside en Gran Canaria, una isla a la que llegó "por amor". Tras casi media década en Canarias, el pasado 10 de agosto, un terremoto de magnitud 7,4 sacudió el occidente de Colombia y golpeó con fuerza Cali, la ciudad donde nació.
Desde entonces, la ahora instructora de yoga y danza ha estado usando sus redes para difundir información verificada y organizar ayuda hacia su tierra natal. Pero antes de eso, mucho antes, tuvo que librar su propio terremoto particular: el de rehacer una vida entera, sin papeles y lejos de los escenarios, en una isla que no conocía de nada.
Ver tu tierra caer
"Es un poco como ver tu tierra caer, ver tu tierra derrumbarse", resume emocionada a Atlántico Hoy sobre lo que ha sentido desde el pasado lunes. "Es difícil decir, porque ni siquiera lo puedo decir en palabras", añade
Salió de Cali a los 19 años, pero la ciudad, dice, nunca se fue del todo con ella: los lugares donde iba a mercar con su padre, donde hacía deporte, las casas de sus amigas de siempre. "Son recuerdos que, por más que yo haya salido de mi tierra, siguen ahí, siguen estando presentes", explica.
Su familia y amigos más cercanos están, asegura, físicamente bien, pero el balance material es otra historia. El movimiento telúrico, según le han contado quienes lo vivieron, se prolongó cerca de diez minutos. "Aparte de que fue fuerte, fue largo", insiste. La consecuencia ha sido mucha pérdida material: gente durmiendo en los coches por miedo a que sus casas -algunas de ellas, amenazando con derrumbarse- no aguanten.

Trasladar la información con criterio
Su sobrina participa en las labores de rescate sobre el terreno y le traslada información de primera mano -qué edificios no son seguros, por dónde no conviene transitar-, y Muñoz se encarga de amplificarla desde Canarias. "Lo que yo sé que es verídico, lo que yo sé que es real, porque no quiero causar ni pánico ni desinformación", explica de manera detallada.
Es una decisión consciente también sobre qué no comparte, y se le quiebra la voz al explicarlo: ha evitado convertir sus redes en un muro de vídeos desgarradores que, según afirma, ya ha visto todo el mundo y que solo generan más dolor. "A mí me ha jodido anímicamente, emocionalmente, ver cada vídeo es muy fuerte", admite.
La tarea no es sencilla. Hay zonas enteras sin electricidad ni internet, comunicaciones cortadas por sectores, gente de la cuál aún se desconoce su paradero. A los estragos del terremoto se suma, además, una ola de calor que ha disparado incendios forestales en varias zonas del país.
Muñoz no olvida mencionar un derrumbe provocado por el propio seísmo que ha taponado el túnel que conecta Cali con Buenaventura, cortando el acceso a una de las zonas más golpeadas. A Chocó, otra de las localidades damnificadas por el seísmo, solo se puede llegar en avión o avioneta, otra situación que escenifica también la necesidad de infraestructuras y ayuda en el lugar del suceso.
"El pueblo salva al pueblo"
Frente a la lentitud institucional, lo que más destaca Muñoz es la reacción de la propia gente. Cuenta que una amiga suya consiguió camiones y ya ha logrado hacer llegar ayuda hasta Buenaventura, y que ese mismo día se organizó un vuelo desde Medellín con destino a Chocó al que se sumó todo el país para llenarlo de suministros. "Estoy superorgullosa, primero de ser colombiana, segundo de ser caleña", dice. "El pueblo salva al pueblo".
Su lectura de la respuesta política es mucho más dura. Critica que el nuevo presidente colombiano, Abelardo de la Espriella, se mostrara reacio en un primer momento a solicitar ayuda internacional. "Me parece terrible, eso es falta de humanidad total, falta de empatía", denuncia.
Esa misma desconfianza hacia lo institucional aparece cuando habla del consulado colombiano en Canarias. Muñoz está registrada allí por trámites de pasaporte, pero los correos que ha recibido tras el terremoto iban dirigidos, sobre todo, a localizar personas desaparecidas. Según afirma, ella prefiere mantener su ayuda al margen de cualquier gestión oficial y seguir haciendo las cosas como las ha hecho siempre, a través de gente concreta en la que confía y sobre las que conoce que toda ayuda terminará en las manos correctas.

Ayuda desde Canarias
Para quien quiera colaborar desde las islas, el mensaje de Muñoz es claro: dinero, no objetos. "En este momento no tenemos la capacidad de enviar donativos para allá en físico", explica. Y recuerda que el cambio de divisa juega a favor: con el equivalente a un euro -unos 3.000 o 4.000 pesos colombianos- ya se puede comprar una caja de tapabocas. "No se trata de que envíes millones ni de que tu donación sea la más grande, se trata del gesto, un euro puede hacer la diferencia", insiste.
Sobre el terreno, según lo que le trasladan sus contactos, los rescatistas necesitan sobre todo cascos, guantes, tapabocas y equipos para detectar sonido bajo los escombros. Y pide algo más concreto todavía: que la ayuda no se concentre solo en Cali, que ya cuenta con más recursos movilizados, sino en Chocó y Buenaventura -y también en Pereira, Roldanillo y otros pueblos del valle que, según afirma, corren el riesgo de quedar en un segundo plano-.
"Esto me causa mucho dolor porque en el Chocó y Buenaventura las casas son hechas de palitos, y un terremoto de esta magnitud seguro que ha traído muchos daños materiales y mucho dolor", lamenta, de nuevo emocionada.
Es un llamamiento que hace, admite, a regañadientes -"soy muy dura para pedir ayuda", reconoce-, pero que no evita dejar claro hasta el final: el dinero que se done no llegará a su familia, que está bien. Irá para Chocó y otras localidades incomunidades. "Es una población muy olvidada por el gobierno y que de verdad lo necesita", cierra.
Estar pendiente de un hilo
"Allá siempre fui actriz, bailarina, presentadora", resume sobre su vida en Colombia, donde nunca tuvo que trabajar en nada que no fuera su profesión. Cuando llegó a Gran Canaria hace cuatro años y medio, todo eso se detuvo de golpe. "Se siente una diferencia abismal. Es que sientes que eres otra persona, que te estás descubriendo con otro oficio para poder comer", describe.
Muñoz llegó a una colonia de colombianos en la isla, y fue esa red la que le ayudó a conseguir su primer trabajo, de masajista -uno que sigue ejerciendo y del que dice disfrutar-. Con el tiempo, ha terminado por verlo casi como una ventaja para su oficio real: como actriz, razona, conviene tener "un abanico de posibilidades".
No todos los trabajos que encontró fueron igual de amables. "Tuve trabajos más crueles, por así decirlo", dice, sin entrar en detalles. Entre algunos de ello, hubo un año entero de cajera en un minimercado, y también vivió momentos, reconoce, en los que le faltó "hasta un plato de comida" -y aun así, no sabe de dónde sacó la fuerza para seguir. "Siento que eso es más de nuestra cultura: no le vemos problema a nada, seguimos buscando, no nos rendimos", explica.
A todo esto se sumó la lentitud de la burocracia española. "Nos toca esperar tanto tiempo para hacer la documentación que eso no te permite tener estabilidad. Siempre estás pendiente de un hilo", dice, y señala también su lado más oscuro: "Hay mucha gente que se aprovecha: como este aún no tiene papeles, entonces lo puedo explotar, porque sé que no se va a ir, porque lo necesita".
Con todo, insiste en que se considera afortunada: "Hay muchos colombianos y suramericanos a los que les ha tocado aguantar cosas mucho más pesadas. Tengo que ser agradecida", una visión positiva a pesar de las adversidades durante estos años.

Estabilidad y el trabajo ideal
El giro llegó hace apenas un mes, cuando por fin le llegó el número de NIE que le faltaba tras cuatro años y medio en la isla. Casi al mismo tiempo le llegó un casting: una convocatoria abierta para aparecer en un videoclip de Quevedo. Según explica, se presentó, y quedó seleccionada: fue su primer trabajo con papeles en regla y, con él, su primera alta en la Seguridad Social española, como actriz, como artista. "Para mí eso significa mucho, aunque quizás no me vea en el vídeo. Pero trabajé bien, y eso ya es ganancia", cuenta.
En la actualidad, Muñoz trabaja en un hotel, donde da clases de yoga -es instructora de yoga terapéutico-, danza, aquagym y entrenamiento tipo HIIT. Casi todo lo que ha hecho en su vida, dice, ha sido físico: el teatro que hacía en Colombia también lo era. "Es como si hubiese encontrado mi trabajo ideal", dice, aunque es sincera: no sabe cuánto va a durar. "Hasta que sienta que ya he hecho mi labor ahí", precisa.
Lo que sí tiene claro es lo que necesita cualquier persona para sostenerse: "Para mí es vital la estabilidad, esencial tanto para el físico como para la mente. Si puedes vivir con tus tres comidas y bajo un techo, ya eso es una estabilidad". Con los papeles ya en regla, mira hacia adelante: quiere volver a hacer casting, grabar, terminar o incluso pulir unos cortometrajes que dejó a medias. "Me encantaría, ¿por qué no?", afirma.
En el fondo, la historia de Muñoz es una sola: la de alguien que ha aprendido a sostenerse con muy poco, primero para rehacer su vida en una isla que no conocía, y ahora para ayudar a la que dejó atrás. Esa misma resistencia -la que le permitió salir adelante sin papeles, sin comida a veces, sin más red que la gente en la que confiaba- es la que hoy identifica en cómo ha reaccionado su país ante este desastre natural.
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