Ciro Molina, víctima de abusos sexuales en el seno de la Iglesia, en declaraciones a Atlántico Hoy destaca que, a pesar de todos los impedimentos que le han puesto para que no pueda acercarse al papa León XIV, ha logrado que, a través del secretario personal de Su Santidad, reciba una carta escrita de su puño y letra en la que explica todo lo que le ha ocurrido y cómo le han tratado.
En ese texto, fechado en Tejina el 9 de junio de 2026, el tinerfeño relata con crudeza y serenidad una herida que arrastra desde la infancia y que sigue marcando su vida tres décadas después.
Sufriendo desde 1997
La carta, dirigida directamente al Pontífice, no es un texto plagado de reproches ni rencores, sino un intento de ser escuchado.
Línea a línea, Molina explica que sufrió abusos desde los 9 años, cuando en 1997 comenzaron los hechos que después denunció cuando ya había cumplido los 15 años, en 2004. También explica que el sacerdote que lo agredió ya había cometido abusos años antes en La Gomera, sin que nadie actuara para impedirlo.
Una petición de encuentro
En su escrito, cuenta que desde noviembre de 2024 ha intentado reunirse con el Papa, primero a través de una carta a Francisco y después mediante distintas gestiones dirigidas al actual Pontífice, al obispo de Tenerife, a la Comisión Pontificia para la Tutela de los Menores, a la Prefectura de la Casa Pontificia y a la Nunciatura Apostólica. Sin embargo, todas esas vías han resultado infructuosas.
El propio texto recoge el desencanto de quien ha insistido una y otra vez en ser escuchado. En una de las respuestas que menciona, la Cancillería del obispado le habría trasladado que, en su próximo viaje a Tenerife, “el Papa no tendría tiempo para él”. Esa frase, más allá de la literalidad administrativa, resume el desamparo que transmite la carta.
Testimonio de vida
Lejos del tono de denuncia, la carta de Ciro se sostiene en una mezcla de dolor, dignidad y cansancio. “Ojalá pudiera mirar a sus ojos y decirle cuánto hemos sufrido”, escribe, al tiempo que pide poder hablarle de su madre, de la lucha que ella sostuvo desde la primera denuncia y del desgaste emocional que dejó el abuso en su vida.
También lamenta que, siendo fiel a la Iglesia, haya sentido después “más palos y maltratos”, una frase que deja entrever la dimensión moral y personal de una herida que no se ha cerrado. En otro pasaje, recuerda que le habría gustado un encuentro sincero, incluso con otras víctimas canarias presentes, porque hasta hoy ya se han puesto en contacto con él cinco personas más con experiencias similares.
“No somos una prioridad”
En su escrito no solo habla de él, sino también de las otras víctimas de abusos en la Iglesia, considerando que todas han sido relegadas a un segundo plano. “Las víctimas de abusos en la Iglesia no somos una prioridad”, escribe con claridad, lamentando que tampoco se las trate como una cuestión moral capaz de alumbrar cambios reales.
Ese reproche convive, sin embargo, con un tono final de cierta calma y esperanza. Ciro asegura que quiere irse de este mundo habiendo ayudado a otros menores abusados y con la satisfacción de haber trabajado por una sociedad mejor. Y termina pidiendo que lo tengan en cuenta en sus oraciones, deseando al Papa “el amor de los isleños, de su nobleza y acogida”.
