Escribía William Shakespeare en su obra teatral Enrique VIII que "buena compañía, buen vino, buena bienvenida, pueden hacer buenos a los hombres". El dramaturgo inglés era un verdadero amante del brebaje del dios Baco, especialmente del Malvasía canario que recibía anualmente en barriles procedentes del Archipiélago, aunque esa es otra historia.
Buen vino, buena compañía y mejor conversación, relaciones personales desencorsetadas de la rigidez institucional. Tiempo para la reflexión, sin miedo al fotógrafo impertinente o al micrófono a traición. Era el concepto que buscaba Felipe González, tercer presidente del Gobierno de España en la nueva etapa democrática tras la dictadura, cuando convirtió una antigua mantequería del Palacio de La Moncloa en un lugar en el que atender a sus invitados como en casa, sin miedo al protocolo.
Un signo felipista
En ese espacio que se bautizó como La Bodeguilla, González organizaba cenas cada viernes, al principio con representantes del mundo de la cultura aunque por allí pasaron toda clase de personalidades.
Con el tiempo La Bodeguilla se convirtió en un lugar de absoluta referencia felipista, su mayor aportación, sin lugar a dudas, a las instalaciones del Palacio de La Moncloa, según describió la escritora especializada en el tema Pilar Cernuda. Aunque fue tanta su identificación con Felipe González que nunca volvió usarse para el fin con el que lo concibió Isidoro.
Aznar (PP) lo relegó a un segundo plano, Zapatero (PSOE) no lo recuperó y poco a poco se marchitó. Hoy en día, La Bodeguilla es un lugar dentro del palacio que se puede visitar y en el que el actual presidente, Pedro Sánchez (PSOE), ha instalado unos dardos, tal y como explica en un vídeo subido a sus cuentas en redes sociales en el marco del programa Moncloa Abierta, en el que el propio jefe del Ejecutivo muestra los interiores del palacio desde hace siete años.
Una pieza canaria escondida
En la última publicación de esta serie de vídeos, entre otros lugares, Sánchez conduce a un grupo de visitantes hasta La Bodeguilla y, fugazmente, puede verse que la estancia guarda una pieza de colección de sello canario.
Se trata de una cerámica de César Manrique, colocada en una de las mesas de la estancia. Se trata de un jarrón con forma de mujer que se diseñó en los años 50 y, décadas más tarde, se produjo en serie por el centenario del nacimiento del artista para su comercialización entre el público.
Esta pieza en concreto se produjo en dos tamaños y forma parte de un conjunto de cinco obras. Hoy en día, se pueden encontrar en venta de segunda mano por entre 300 y 1.700 euros.
