Imagen de un grupo de estudiantes / CANVA
Imagen de un grupo de estudiantes / CANVA

Así empezó la tradición estudiantil más antigua de Canarias: no la conocen en el resto de España

Es una de las tradiciones estudiantiles más antiguas de Canarias. Te contamos cómo nació, por qué se celebra cada 13 de noviembre y cómo ha evolucionado con el paso del tiempo

Hay tradiciones que no necesitan reconocimiento oficial para perdurar. No aparecen en los calendarios académicos ni en los programas institucionales, pero se transmiten de generación en generación como un secreto compartido. En Canarias, una de las más singulares nace en las aulas, se vive en las calles y se mantiene viva gracias a la memoria colectiva del estudiantado.

Cada mes de noviembre, miles de jóvenes participan —con mayor o menor conciencia histórica— en una costumbre que forma parte del imaginario educativo del Archipiélago. Una tradición que comenzó como un gesto de protesta y que, más de cien años después, sigue siendo una seña de identidad estudiantil.

Una tradición singular

La Fuga de San Diego, conocida popularmente como el día de la fuga, es una de las tradiciones estudiantiles más antiguas de Canarias. Aunque hoy se celebra cada 13 de noviembre, coincidiendo con la festividad de San Diego de Alcalá, su origen no siempre estuvo ligado a esa fecha exacta.

La costumbre no figura en ningún calendario oficial y, aun así, mantiene un seguimiento notable entre el alumnado. La dinámica es sencilla: no asistir a clase ese día o acudir solo de forma simbólica para marcharse poco después. Lo que podría parecer una simple excusa para faltar a clase es, en realidad, una tradición con más de un siglo de historia.

Un origen concreto

El nacimiento de la Fuga de San Diego se sitúa en 1919, en el entonces Instituto General y Técnico de Canarias, hoy IES Canarias Cabrera Pinto, ubicado en San Cristóbal de La Laguna. Ese año llegó al centro el catedrático Diego Jiménez de Cisneros y Hervás, especialista en Agricultura, Industria y Química.

El profesor tenía por costumbre realizar un examen el día de su santo, el 13 de noviembre. En una ocasión, esa prueba coincidió con la romería de San Diego, impidiendo al alumnado participar en la celebración. Como respuesta colectiva, los estudiantes decidieron no presentarse al examen. Lo que empezó como una protesta puntual se repitió al año siguiente y acabó extendiéndose a todo el centro.

La romería estudiantil

En sus primeras décadas, la Fuga de San Diego no se limitaba a no ir a clase. Tradicionalmente, quienes participaban se dirigían a la Ermita de San Diego, situada entonces a las afueras de La Laguna. Allí tenía lugar uno de los rituales más curiosos de la tradición: contar los botones de la estatua de Juan de Ayala y Zúñiga, fundador del convento.

Según la creencia popular, acertar el número de botones aseguraba aprobar los exámenes. Este gesto cargado de simbolismo se realizaba originalmente el 12 de noviembre, víspera del santo, cuando la fuga todavía no estaba fijada de manera definitiva al día 13.

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Calabazas y superstición

El vínculo entre los estudiantes, la ermita y los botones tiene una explicación tan simbólica como irónica. En la primera fuga, los jóvenes llevaron calabazas a San Diego como representación de los suspensos que les esperaban por no presentarse al examen. Al mismo tiempo, se aferraron a la superstición como forma de compensar el riesgo académico.

Ese equilibrio entre rebeldía y humor explica en gran parte por qué la Fuga de San Diego logró consolidarse. No era solo una ausencia colectiva, sino un acto compartido con códigos propios, rituales y un fuerte sentimiento de grupo.

Cambios con el tiempo

Como toda tradición viva, la Fuga de San Diego ha ido transformándose. En los años 80, por ejemplo, se popularizó la costumbre de lanzar huevos a quienes acudían a clase o viajaban en guaguas escolares ese día. Una práctica que generó polémica y que, con el paso del tiempo, ha desaparecido casi por completo.

Hoy en día, la fuga se vive de una manera más tranquila. Muchos estudiantes aprovechan la jornada para descansar, reunirse con amigos o participar en actividades organizadas por los propios centros educativos, que han optado por integrar la tradición de forma controlada.

Más allá de Tenerife

Aunque la Fuga de San Diego nació en Tenerife, su influencia se ha extendido a colegios, institutos y universidades de todo el Archipiélago. Hoy forma parte de una identidad compartida por generaciones de estudiantes que, incluso sin conocer todos los detalles históricos, siguen participando en ella.

Más de cien años después, la Fuga de San Diego demuestra que algunas tradiciones sobreviven precisamente porque nacen de abajo, sin normas escritas ni imposiciones. Un gesto colectivo que comenzó por un examen y terminó convirtiéndose en una de las costumbres estudiantiles más emblemáticas de Canarias.