Conocido por sus playas recónditas y sus senderos, el Parque Rural de Anaga también se ha convertido en un lugar donde los turistas se quedan a dormir. Un cruce realizado por Atlántico Hoy entre los datos abiertos del Gobierno de Canarias y la delimitación de este espacio natural protegido permite localizar al menos 73 viviendas vacacionales, con 335 plazas alojativas.
Esta cifra revela la dimensión que ha alcanzado esta oferta turística, repartida entre los pueblos y caseríos del macizo. El recuento, además, podría no ser exhaustivo: el registro cartográfico todavía no recoge todos los establecimientos inscritos. Solo en Taganana aparecen 26 viviendas vacacionales, según el mismo análisis.
La presencia de estos alojamientos coincide con un problema que preocupa desde hace años a los habitantes de este espacio protegido: la pérdida de población y las dificultades de los jóvenes para permanecer. El turismo no explica por sí solo ese proceso, pero introduce una nueva presión sobre un mercado residencial pequeño y con pocas viviendas disponibles.
Un pueblo que se vacía
Luján González Izquierdo, vecino y presidente de la Asociación de Vecinos de Taganana, asegura que el aumento de viviendas vacacionales resulta perceptible para quienes viven en la zona. "Claro que lo hemos percibido. Lo sabemos y sabemos de quiénes son", afirma en una entrevista a Atlántico Hoy.
Su preocupación, sin embargo, va más allá de la llegada de turistas. A su juicio, Taganana vive el movimiento contrario al de una isla sometida a una fuerte presión demográfica y turística. "Nosotros tenemos esa paradoja de que nos estamos despoblando", resume.
Según González, los motivos son variados y señala de manera acentuada la falta de relevo generacional, la marcha de los jóvenes y la dificultad para adquirir una vivienda. Cuando una casa sale a la venta, explica, un residente no siempre puede competir con compradores que llegan con una mayor capacidad económica.
Hipotecan nuestro futuro
"El que vende quiere vender bien y, si el que viene de fuera tiene más dinero, lo va a dar. El que es de aquí se ve obligado a irse", sostiene. El destino suele estar en barrios de la periferia de Santa Cruz de Tenerife o en otros puntos del área metropolitana donde todavía resulta posible encontrar una vivienda dentro de las posibilidades de cada familia.
El dirigente vecinal teme que este proceso termine cerrando el acceso al pueblo no solo a sus actuales habitantes, sino también a quienes podrían querer regresar en el futuro. "Está hipotecando nuestro futuro", advierte.
"No todas son iguales"
La posición del presidente vecinal no es un rechazo frontal a este tipo de alojamiento turístico y hace una clara distinción entre las familias vinculadas a Taganana que rehabilitan una casa heredada y quienes compran inmuebles únicamente como inversión, sin integrarse en la vida cotidiana del núcleo.
Una vivienda que permanece cerrada o en ruinas puede convertirse, a su juicio, en una fuente de ingresos para una familia local. "Si una persona tiene la casa de su abuelo, la arregla y decide alquilarla para sacar un dinero, eso lo entendemos. Es legítimo", explica.
"Lo que no nos hace tanta gracia es que vengan extranjeros, compren viviendas y después las pongan en alquiler. Son personas que viven fuera y no hacen vida de pueblo", señala.
Para González, el vínculo con la tierra y el pueblo es algo esencial y, a pesar de defender que el turismo deje ingresos en restaurantes y comercios, rechaza completamente que la rentabilidad de una vivienda obstaculice el acceso a un hogar para aquellos lugareños que buscan permanecer en Taganana.
Viviendas públicas para el relevo
Frente a la pérdida de población, el presidente vecinal propone que las administraciones intervengan sobre las viviendas abandonadas. González plantea que el Ayuntamiento de Santa Cruz o alguna otra institución pública adquiera inmuebles vacíos, los rehabilite y los destine a vivienda protegida.
El objetivo sería facilitar que los jóvenes del pueblo pudieran comprarlos o alquilarlos mediante cuotas adaptadas a sus ingresos, sin asumir hipotecas inalcanzables. La medida también permitiría recuperar casas deterioradas sin expulsarlas definitivamente del mercado residencial.
La propuesta intenta resolver la contradicción principal que atraviesa Taganana: existen inmuebles que permanecen cerrados o se deterioran, pero también familias que no encuentran una vivienda asequible para quedarse. Mientras tanto, parte de las casas que cambian de propietario terminan como segundas residencias o alojamientos turísticos.
Sin normativa específica
Silvestre García, jefe del Servicio Técnico de Turismo del Cabildo de Tenerife, explica a Atlántico Hoy que "la normativa es igual para todas las viviendas vacacionales" y que, por ahora, no existe una regulación diferenciada para aquellas situadas en espacios naturales protegidos.
Según el responsable insular, será el planeamiento de cada espacio el que determine dónde pueden localizarse. En el caso del Parque Rural de Anaga, esa función corresponde a su Plan Rector de Uso y Gestión.
García recuerda que la legislación sí establece diferencias para las denominadas islas verdes —El Hierro, La Gomera y La Palma—, pero no contempla un régimen equivalente para Tenerife por la presencia de viviendas vacacionales dentro de un espacio protegido.
Una imagen más del éxodo rural
A la espera de una posible regulación legislativa sobre las viviendas vacacionales en este territorio, Anaga sufre un problema alarmante, el éxodo rural y la despoblación. Para González, esta transformación se observa en gestos cotidianos.
«Hace 20 años ibas por los caminos y encontrabas gente. Ahora puedes caminar durante una hora por algunas zonas de campo y no ver a nadie», relata. Según afirma a Atlántico Hoy, los hijos y nietos de quienes trabajaban las fincas viven ahora, en muchos casos, en la capital o en otros municipios, mientras las viñas y parcelas familiares quedan abandonadas.
El testimonio de González nos deja una imagen transparente de la transformación de este espacio. Las casas pueden mantenerse en pie e incluso ser rehabilitadas, pero el pueblo pierde parte de su identidad si dejan de estar habitadas por una comunidad permanente. "Podemos terminar con un pueblo en ruinas aunque las casas sigan en pie", sentencia.
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