Imagen del eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes
Imagen del eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes

El Teide, bajo el ojo entornado del Sol, vivió el primero de un trío histórico de eclipses

Desde el Observatorio del Teide, Jonay González, investigador del IAC, explicaba por qué la corona solar sigue siendo uno de los grandes misterios de la física mientras Canarias vive el primero de los tres eclipses que cruzan España hasta 2028

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Poco antes de las ocho de la tarde, la luz empieza a cambiar en Izaña. No es el declive suave de un atardecer cualquiera: el brillo decae con una rapidez perceptible y la temperatura, a más de 2.300 metros de altitud, desciende al mismo compás.

Bajo un Sol ya mordido por la sombra de la Luna, decenas de personas —familias con niños, aficionados con telescopios, periodistas e investigadores— siguen el fenómeno con sus gafas homologadas puestas, entre una sensación de sorpresa y expectación hasta su máxima ocultación. Es el primero de los tres eclipses solares que, hasta 2028, van a convertir el cielo de Canarias y de España en protagonista absoluto.

En el Observatorio del Teide, uno de los mejores miradores del archipiélago para seguir el fenómeno, Jonay González, coordinador de Investigación del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), atiende a Atlántico Hoy mientras el eclipse avanza sobre Izaña.

Imagen de una ciudadana observando el eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes
Imagen de una ciudadana observando el eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes

El enigma de la corona solar

Según explica González, solo en la fase de totalidad —inexistente en el eclipse parcial que se observa desde Canarias, pero sí visible este miércoles desde buena parte de la Península— es posible contemplar la corona solar: la capa más externa y extensa de la atmósfera del Sol. Habitualmente permanece invisible porque su densidad es, según el investigador, "millones de veces menos densa" que la fotosfera y la cromosfera, las capas que vemos a diario.

Esa baja densidad tiene una consecuencia curiosa: la corona emite mucha menos luz que el resto del Sol, lo que la vuelve casi imperceptible salvo cuando la Luna tapa el disco solar por completo. Pero encierra, además, uno de los grandes misterios de la física solar. Mientras la superficie del Sol se mantiene en torno a los 5.500 grados, la corona alcanza temperaturas de entre uno y tres millones de grados.

“Es difícil de explicar”, reconoce González. Pese a los enormes avances —"tenemos muchísimos datos de observaciones del Sol" incluidas misiones con satélites que se han acercado a la estrella como nunca antes—, "hay todavía incertidumbre" sobre el origen de ese salto térmico.

Esa combinación de rareza y misterio es la que convierte cada eclipse total en una oportunidad científica: durante los pocos minutos que dura la totalidad, los telescopios observan directamente una región del Sol que el resto del año permanece oculta.

Vista del eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes
Vista del eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes

Un fenómeno que desafía la intuición

Durante siglos, los eclipses fueron interpretados como augurios funestos. “Producían una sensación de inseguridad en el ser humano y también en los animales, una sensación de extrañeza”, explica González. Que el cielo se oscurezca en pleno día, recuerda, “no es intuitivo”, y esa ruptura de la normalidad alimentó durante generaciones el miedo y la superstición.

La explicación que conocemos en la actualidad gracias a la ciencia es mucho más sencilla: un eclipse solar es, básicamente, una coincidencia entre la posición de la Luna y la del Sol vistas desde la Tierra. 

Pero si la Luna nos rodea cada mes, ¿por qué no hay un eclipse cada 29 días, el tiempo que tarda en completar una vuelta respecto al Sol? La respuesta está en la inclinación de su órbita: unos 5,1 grados respecto al plano en que la Tierra gira alrededor del Sol, precisa el investigador.

Según explica González, esa ligera desviación es la que impide que la sombra de la Luna se proyecte sobre la Tierra en cada lunación. Solo cuando los tres cuerpos se alinean con suficiente precisión se produce el fenómeno, y ni siquiera entonces está garantizado desde cualquier punto del planeta.

Inicio del eclipse solar./ Pedro Yanes
Inicio del eclipse solar./ Pedro Yanes

Una casualidad cósmica 

La Luna, resume González, “es el objeto perfecto para ocultar el Sol”, y no por diseño, sino por pura coincidencia matemática. El Sol es aproximadamente 400 veces más grande que la Luna, pero también se encuentra, por término medio, 400 veces más lejos de la Tierra. El resultado: ambos discos, vistos desde nuestro planeta, tienen prácticamente el mismo tamaño aparente.

Esa coincidencia no es exacta en todo momento. Ni la órbita lunar ni la terrestre son perfectamente circulares —ambas son ligeramente excéntricas—, así que el tamaño aparente de la Luna, y también el del Sol, varía algo según el punto de su recorrido en el que se encuentren. De esa variación depende que un eclipse sea total o anular

Imagen del eclipse solar con un porcentaje elevado de ocultación./ Pedro Yanes
Imagen del eclipse solar con un porcentaje elevado de ocultación./ Pedro Yanes

Canarias, en primera fila de un trío histórico

Los porcentajes de ocultación variaron según la isla, y González los detalla sobre la marcha: en El Hierro, el Sol quedó cubierto en torno a un 66%; aquí, en Tenerife, alrededor de un 70%; y en La Graciosa, al norte de Lanzarote, hasta un 73%, el valor más alto del archipiélago, porque la franja de totalidad pasa más cerca de las islas orientales. 

El de este miércoles ha sido solo el primero de una secuencia excepcional. Como explicaba hace unos días a Atlántico Hoy la astrofísica del IAC Nayra Rodríguez​​​​​​​, al eclipse de este 12 de agosto le seguirá otro total en agosto de 2027 —de nuevo parcial desde Canarias, aunque con mayor ocultación— y uno anular en enero de 2028. El último eclipse total visible en España, recordaba entonces Rodríguez, se produjo en 1959 y solo pudo contemplarse desde el archipiélago canario.

La coincidencia no acaba con el Sol: durante la noche, pocas horas después del eclipse, el cielo canario alcanzaba el máximo de las Perseidas bajo una luna nueva que dejaba el firmamento especialmente oscuro. “Es una noche muy, muy, muy especial”, resumía Rodríguez.

Imagen de un periodista observando el eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes
Imagen de un periodista observando el eclipse solar desde el Observatorio del Teide./ Pedro Yanes

Casi dos siglos para un eclipse total

González añade una última capa de perspectiva histórica: aunque un eclipse total tarde siglos en repetirse sobre un mismo punto del planeta —el próximo visible desde Tenerife no llegará hasta el año 2187—, en 2070 las islas orientales vivirán una ocultación cercana al 98-99%. “Casi oscuridad total”, resume.

Mientras habla, la luz sigue cayendo sobre Izaña. Pocos minutos después, el disco solar alcanzaba su momento de mayor ocultación de la tarde: el primer capítulo de un trío de eclipses totalmente histórico que Canarias podrá vivir en primera fila.

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