Finaliza la Eucaristía que comenzó con algo más de media hora de retraso, en la que ha habido momentos para el canto, la reflexión y hasta algún que otro desmayo debido a las altas temperaturas.
Más de 35.000 personas, según la organización, se congregaron en la explanada del puerto de Santa Cruz, bajo un sol de justicia y entonando, por momentos Alzad la mirada, el himno de la visita. Tras la liturgia y todos los momentos de la misa llega el momento de la bendición. Y el Papa bendice. “Menos mal que se acaba”, dice alguien situado casi al lado, visiblemente quemado por el sol.
Regalo del Papa a Tenerife
Como lo ha hecho en cada homilía, también en Tenerife el Pontífice entrega al obispo un cáliz de regalo y le invita a decir unas palabras. “Usted es un canario más y aquí siempre será bienvenido”, le dice el obispo Eloy Santiago durante un discurso que, por la hora y el calor, casi no calaba.
Como quien no quiere la cosa, mientras rezan a la imagen de la Virgen de Candelaria, la gente se va rodando y ocupando lun ugar cerca de la valla para ver de cerca al Pontífice en su despedida, dentro ya del vehículo que le llevaría al Aeropuerto Tenerife Norte, donde -desde hace un rato- le espera el monarca Felipe VI. Los guardaespaldas flanquean ambos lados del camino para mayor seguridad del sucesor de Pedro.
Se quedaron con las ganas
“No va a pasar por aquí”, comunica, a través de un pinganillo, uno de los guardaespaldas al resto de sus compañeros apostados a ambos lados del trayecto. Y, como si de un desfile de moda italiana se tratara, todos estos efectivos de seguridad, perfectamente trajeados, desfilaron delante del público hacia la parte trasera del altar.
“El Papa ya se fue”, comenta un policía, advirtiendo a la gente que allí esperaba para verle. “¿Cómo va a ser eso?”, exclamó una mujer sin esconder su disgusto. Y, como si de una estampida sosegada se tratara, las miles y miles de personas comenzaron a buscar la salida más próxima, sin aviso, sin orden, lo que produjo pequeños embotellamientos.
Resignación
“No pasa nada, solo hay que tener un poco más de paciencia”, indica una señora mayor que lucía en su camisa El Hierro con el Papa.
Ríos de gente ya en la calle, casi todas las personas con la mirada tranquila y la sonrisa encajada, a pesar del rastro del cansancio en algunos rostros.
Desde primera hora
Desde primera hora, Santa Cruz de Tenerife parecía distinto. No hacía falta llegar al centro para percibirlo porque ya, en el tranvía -aunque repleto y masificado como cada día-, se respiraba un no sé qué que nos situaba ante lo que iba a ser una jornada histórica.
La parada estaba llena y entrar a un vagón se convirtió en toda una odisea. La gente se colocaba entre cuerpos apretados, entre silencios que hablaban a gritos y que se mezclaban con el jolgorio de quienes cantaban entusiastas el himno de la visita. En el aire se respiraba la mezcla entre nervios, fe y la novelería que se compartía en las miradas cómplices.
Llegada a Santa Cruz
El trayecto se hizo intenso hasta llegar a la última parada: Teatro Guimerá. Las calles acogían un ir y venir de unos y otros Mucha camiseta y gorra blanca, parecía como si la ciudad hubiera decidido unificarse en un mismo gesto, y en un mismo mensaje sencillo pero poderoso: Alza la mirada.
La gente iba de un lado a otro. “Vamos para verlo por la Salle”, decía una mujer, como metiendo prisa, a un grupo de cinco o seis que iban ligeramente por detrás. Otros avanzaban con calma, como si fueran al mismo punto entre un murmullo que crecía y se transformaba en una corriente constante de pasos hacia el Puerto de Santa Cruz. En los rostros, más que prisa, había emoción; una emoción contenida que anunciaba que este viernes, 12 de junio, no era un día cualquiera.
Cierre de puertas a las 11:00h
La celebración de la eucaristía, aunque prevista para las 12.30h, obligaba a estar en el recinto portuario antes de las 11:00h, porque a partir de esa hora se procedería al cierre de las puertas, abiertas desde las 8:00h. Según las previsiones y la propia organización, en la explanada del muelle se esperan unas 30.000 personas. La última cifra dada superaba las 38.000.
El calor apretaba sin tregua. No es un calor cualquiera, sino uno que se pega a la piel, quema y no hay lugares de sombra. Las recomendaciones avisaban que sería necesario proveerse de una gorra, agua, algo de comer y protector solar. El voluntariado entrega botellas de agua que pasan de mano en mano, abanicos de papel se agitan con insistencia y, aun así, nadie parece dispuesto a ceder terreno. La espera, lejos de desgastar, parece reforzar la sensación de estar formando parte de algo que trasciende lo cotidiano.
Tres controles para acceder
La entrada al acceso no fue fácil. Después de sortear a algunas personas que intentaban entrar sin haber solicitado cita previamente –a pesar de que era gratis- el sistema recuerda que este no es un evento cualquiera. Tres controles de seguridad marcan el paso, ralentizan el avance y ordenan el flujo humano. Hay paciencia en las colas, una paciencia que se sostiene en conversaciones espontáneas entre desconocidos, en esa complicidad que nace cuando muchos comparten un mismo motivo.
Dentro, el espacio se abre y el horizonte marino “imaginado” acompaña. El blanco de las camisetas se multiplica hasta convertirse en una imagen casi uniforme, salpicada por carteles, alguna bandera y rostros que miran hacia el escenario que muestra al Cristo de La Laguna y a la Virgen de Candelaria, donde ya se desarrolla una celebración amenizada por los sonidos de Los Sabandeños y el Ave María de Chago Melián.
Retrazo
Avisan por megafonía que los actos en La Laguna no han terminado y la eucaristía se retrasa. Una hora más tarde Su Santidad entra en Santa Cruz en papamóvil, lo vemos a través de las pantallas gigantes que están instaladas en el Puerto. Unos 15 o 20 minutos más tarde el júbilo estalla en el recinto. “El Papa ya viene, ya está aquí”, grita un grupo de jóvenes cercanos.
Algunos se suben a las sillas, otros se acercan a la valla y el paisanaje que se abre es de brazos en alto con un móvil enfocando. El Papa pasa por delante, saludando. “¡Papa, Papa!”, gritan algunos. “¡León, aquí!”, claman otros. El Pontífice pasa y sigue hacia el escenario. La emoción en los rostros es palpable. De algunos brotan lágrimas, en otros se ve satisfacción.
El rastro que queda
El Papa León XIV celebró la eucaristía. Tuvo palabras amables para los presentes y para los que seguían el acto por los distintos medios de comunicación. Agradeció la hospitalidad y el trato recibido en este viaje. Bendijo a todos los presentes y se fue, sin hacer ruido, sin que le pudieran despedir.
A su paso han brotado mensajes, miradas, recuerdos y un reguero de sillas vacías y botellas de plásticos. Botellas de agua que calmaron la sed del momento y allí quedaron.
