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Cultura

En agosto nos vemos

Por una vez, uno puede regresar a los paraísos perdidos a los que no deja volver el tiempo de los mortales

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Portada de la novela inédita de Gabriel García Márquez publicada en marzo de 2024 / ATLÁNTICO HOY

París era una fiesta para Hemingway y lo sigue siendo para nosotros cuando la visitamos porque la vemos con ojos literarios, buscamos a Victor Hugo y a Flaubert, a Stendhal y a Baudelaire, a Proust y a tantos y tantos escritores olvidados. Habíamos estado en París mucho antes de haber llegado. La habíamos visitado en sus novelas y en los poemas, y en toda la memoria de quienes allí se fueron buscando el camino de su escritura. Estos días han coincidido dos libros de dos de los más grandes escritores que conozco. Los dos se fueron a París cuando no tenían nada más que sueños en los bolsillos y toda la esperanza de las palabras en la mirada.

El otro día me regalaron el último libro de Paul Auster, pero antes de empezar a leer al escritor norteamericano me compré la última novela inédita de Gabriel García Márquez, y eso sí que es una fiesta para quienes tenemos más de cincuenta años. Auster y García Márquez lograron llegar a la orilla con las novelas que soñaban. Con Baumgartner viajaré este fin de semana, pero hace unos días el viaje atravesó las dimensiones del tiempo. Leía como novedosa la novela de alguien que ya no está entre nosotros físicamente, y creo que la literatura trata justamente de eso, de quedarse en las historias que se cuentan, de dejar personajes que hablen por nosotros. Recuerdo como una de las mayores fiestas de mi juventud el acercamiento a una librería para comprar El amor en los tiempos del cólera, aquella epifanía que empezaba con el olor de las almendras amargas y terminaba en una navegación de amor por el río Magdalena. García Márquez era la sacralización de la palabra y al mismo tiempo una voz tan reconocible como la de nuestras abuelas. Su novela inédita recupera su voz y la musicalidad con la que siempre te embruja; pero esta vez no desde las primeras páginas sino poco a poco, con mucha paciencia, hasta que llega un momento en la cuarta página en el que el reloj se detiene y empieza la facundia y el bolero de la palabra: “Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cuatro, pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el sopor ardiente de la laguna”. Ahí me dije que volvía a conocer el hielo, en esa magia de la narración y la fiesta de la palabra. Esta novela te recuerda que tienes obras maestras en tu biblioteca, que puedes regresar a casa con el otoño del patriarca, con el coronel, con la cándida Eréndira o con Santiago Nasar. 

Por una vez, uno puede regresar a los paraísos perdidos a los que no deja volver el tiempo de los mortales. La musicalidad fascinante de esta novela te va dando pistas de otras novelas y de otros relatos del escritor colombiano, se alonga a su mundo, a sus canciones y a sus supersticiones caribeñas. Es una literatura que huele a Caribe y que nos lleva a un mundo conocido, como el París del que hablaba al principio, aunque no hayamos estado nunca porque realmente no hemos parado de visitarlo sin darnos cuenta en cada párrafo de García Márquez. No se me ocurre juzgar esta última novela. Yo la disfruté mucho y eso me basta, quizá porque la leía rememorando en el subconsciente todas las otras voces del maestro. También te das cuenta de dónde está la gran literatura, la imprescindible, la que nunca pasa de largo, ni sigue las corrientes de las modas o del mercado. En agosto nos vemos es una fiesta, como aquel París en la distancia. Los temas vuelven a ser los eternos: el amor, la vida y la muerte. Alguien con nombre garciamarquiano viaja llevando gladiolos al cementerio y en ese viaje, en lugar de aproximarse a la tristeza, se acerca a la sensualidad más ardiente y desbordante. Ese es parte del juego de la novela. Todo lo demás es un aleteo interminable palabras.

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