Un libro es un regalo socorrido: deja bien al que lo regala y raramente disgusta al que lo recibe, otra cosa es que se acierte con el título (y para esto están las políticas de cambio). Por eso, las librerías son el establecimiento estrella en Navidad, pero cuando pasan esas fechas las ventas caen en picado.
Tras el 6 de enero muchas librerías compartieron memes en internet pidiendo a los clientes, con humor y bailes, que no se olviden de ellas hasta la próxima Nochebuena. Y aunque se trata de locales respetados y con prestigio, no son históricamente el negocio más boyante. Así que cabe preguntarse cómo hacen para sobrevivir durante todo el año.
"Todo lo que se nos ocurre y más"
"Haciendo todo lo que se nos ocurre y más", resume Mase, una de las dos propietarias de la Librería de Mujeres, en Santa Cruz de Tenerife. Ferias, campañas concretas, clubes de lectura, presentaciones, talleres infantiles o actividades de verano forman parte de una programación constante que intenta sostener la actividad más allá de los picos de consumo. "Y con todo lo que se nos ocurre todavía vamos muy pegadas", reconoce.
La librería entrega desde el año pasado sus propios premios, dirigidos a autoras, editoriales y libros concretos, algunos elegidos por votación y otros por decisión del propio equipo, con el objetivo de dinamizar el negocio. A esto se suman dos clubes de lectura activos, presentaciones regulares y encuentros como el "café filosófico", con público regular.
Especializarse: pros y contras
Para la empresaria, ser una librería especializada tiene su cara y su cruz a la hora de vender. Si bien la especialización la ha convertido en referente y punto de encuentro de movimientos feministas, pero también limita el tipo de público al que se llega.
"Todo lo que tenemos nosotras lo tienen nuestros compañeros", explica Mase, que aun así subraya el papel de la librería como "espacio cómplice" y reconocido por una parte de la ciudadanía. La propietaria ve la precariedad casi como parte del oficio: "Es muy vocacional".
Clubes de lectura
De clubes de lectura sabe mucho Nauzet Pérez, propietario de la librería El Barco de Papel, en El Sauzal. Actualmente tienen seis en marcha, todos dirigidos por escritores y escritoras canarias. Entre todos los clubes suman unas 600 personas inscritas, aunque a cada sesión acuden habitualmente entre 30 y 40.
Estas dinámicas repercuten en las ventas y, sobre todo, en la fidelización. "La gente que viene a la librería se empieza a convertir en cliente fiel y pasa con más frecuencia", afirma, aunque aclara: "Nunca pensamos en la cantidad de gente, sino en la calidad de lo que se ofrece".
Las temáticas son variadas: infantil, juvenil, thriller, romántica o novela histórica, y trabajan en crear uno dedicado a los clásicos, una demanda recurrente. La participación es gratuita y no obliga a la compra del libro. "Damos libertad absoluta: si lo tienes prestado, regalado o solo quieres venir de oyente, perfecto", explica Pérez.
Un espacio para "juntarse"
Crear un espacio para lectores es algo que está en el ADN, y hasta en el nombre, de El Refugio, en el corazón de La Laguna. Su dueño, Andrés Conesa, explica que el local ya se concibió desde el inicio como "un espacio cultural" para que ocurrieran presentaciones, charlas y clubes de lectura.
En la actualidad hay tres activos: uno centrado en literatura femenina africana y afrodescendiente, otro de carácter general y un tercero vinculado al body horror. “Los hay generales e hiperconcretos”, resume.
Para Andrés, el atractivo está tanto en la experiencia compartida como en el espacio físico. “No es lo mismo juntarte en una sala aséptica que en una librería rodeado de libros y de gente a la que le apasiona lo mismo”, explica. Las conversaciones colectivas amplían la lectura individual y permiten descubrir matices que habían pasado desapercibidos. El propio diseño del local, con espacios diferenciados y un patio interior, favorece esa sensación de refugio y encuentro.
Libros como primera necesidad
Pese a todas estas estrategias, la sensación general es de fragilidad. “Todo esto es porque los libros no se consideran un bien de primera necesidad”, lamenta Mase.
“Sabemos que 20 euros es dinero, pero un libro cuesta menos que un pantalón y dura más”. Lamenta la falta de apoyo estructural a las librerías y a las pequeñas editoriales.
Generar barrio
Además de dinamizar su propia economía, estas iniciativas generan barrio. Nauzet Pérez cuenta que hay personas que desayunan cerca antes de acudir al club o que aprovechan el encuentro para pasear y consumir en otros negocios de la zona.
Librerías como la de Mujeres o El Refugio se ubican en calles peatonales, integradas en recorridos donde conviven distintos comercios.
