El legado en expresiones de índole costumbrista en las 8 Islas no entraña solamente un reservorio de sabiduría sino que transmite valores tantas veces con el picante de la socarronería canaria. A ella apelamos para que no “se nos vaya el baifo” a la hora de proponer recetarios tradicionales que necesariamente conforman parte de nuestra memoria colectiva por particularidad de los productos y los mimos que reciben de afanosas manos. Así que en el ingenio de algunos de estos dichos populares se optó por la relación con los condumios, caso de “¡fuerte batata!” o, por ejemplo, “qué dos cabezas para un caldo de pescado”, que alude a la escasa consistencia de un argumento. También ese categórico: “¡el que quiera lapas que se moje el… culo!”. De cualquier forma, a la hora de “papear” o “jalar”, términos bien expresivos, sí que nos agrada a todos-as esa vertiente entrañable de la cocina hogareña para “sentar las madres” y representada por la concavidad del utensilio que ‘acopia’ todo lo que de sabroso contiene un potaje de berros, un rancho canario, unas garbanzas, un caldo de millo,… No, no,… Nada de “hincar el diente”, ni cuchillo ni tenedor: como símbolo inequívoco del bienestar, es la cuchara (de madera, aluminio, plata,…) la que propicia saborear ‘guisos de oro’, marmitas que borbotean durante ollas pletóricas de legumbres, hortalizas, verduras, carnes, pescados atlánticos,… que tan a menudo tienen al fiel acompañante que es el gofio. Si miramos de cerca los recetarios antiguos de Canarias repararemos en que ‘la cuchara’ tiene mucho de encanto, de abrazo con otras culturas, de extraer máximo sabor a géneros humildes aunque portentosos,… Me indicaban el otro día en La Gomera que por supuesto que un potaje de berros podía alcanzar cotas de bocatto di cardenale pero… ¡más aún! si los manojos son silvestres de algunas zonas cercanas a El Cedro. O qué decir de ese potaje de berros con ñame en Anaga, el que comenta Miguel Rodríguez, con esos sembrados extraordinarios en rincones casi inaccesibles de El Batán. “Ciertamente, algunos sitios son malos de entrar, con mucha maleza y cuesta mucho trabajo mantenerlo”, afirma.
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