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Un grupo de jóvenes marroquíes cruza la frontera española en Ceuta. / JALAL MORCHIDI-EFE

¿Debe Gran Canaria seguir en el Mundial 2030 junto a Marruecos?

La reforma del Estadio de Gran Canaria, fijada en 234 millones, reabre el debate sobre si la isla debe seguir vinculada a un Mundial organizado junto a Marruecos después de los incidentes en Ceuta y dentro de una FIFA bajo sospecha por la corrupción

El 21 de diciembre de 1983 cambió para siempre mi relación con el fútbol. Aquella noche España derrotó 12-1 a Malta en el Benito Villamarín y convirtió un partido en uno de esos recuerdos que nunca abandonan la memoria. Es el primero del que tengo plena conciencia. Todavía hoy soy capaz de recitar de carrerilla los goleadores de aquella clasificación imposible para la Eurocopa de 1984: cuatro de Santillana, cuatro de Rincón, dos de Maceda, uno de Sarabia y el definitivo de Señor.

Desde entonces he medido el tiempo en Mundiales. He disfrutado viendo levantar la Copa a España, he sufrido eliminaciones absurdas y me he sentado delante del televisor para ver con la misma ilusión un Corea del Sur-Ghana que una final entre las grandes potencias. Durante muchos años, además, el verdadero comienzo del calendario no llegaba el 1 de enero, sino el día en que la UD Las Palmas disputaba su primer partido oficial de la temporada.

No soy, por tanto, sospechoso de militar en la brigada antifútbol. Todo lo contrario. Creo profundamente en aquella frase que Diego Armando Maradona convirtió en patrimonio universal del deporte: la pelota no se mancha.

¿Socio fiable?

Precisamente por eso me resulta cada vez más difícil entender qué hace Gran Canaria empeñada en seguir formando parte del Mundial de 2030. No hablo del fútbol. Hablo de todo lo que hoy rodea al fútbol.

Porque aceptar una sede mundialista ya no significa únicamente organizar partidos. Significa caminar de la mano de la FIFA. Compartir proyecto con Marruecos. Invertir cientos de millones de euros para satisfacer las exigencias de una organización cuya credibilidad lleva años erosionándose por los escándalos de corrupción y cuya dirección parece cada vez más cómoda moviéndose en los grandes tableros geopolíticos que sobre los terrenos de juego.

La paradoja alcanza su máxima expresión esta misma semana.

Representación gráfica que simula el interior del Estadio de Gran Canaria tras la reforma. / AH

Ataque a España

Mientras el Cabildo de Gran Canaria decide elevar hasta 234 millones de euros la licitación para reformar el Estadio de Gran Canaria y adaptarlo a las exigencias de la FIFA, Marruecos vuelve a situarse en el centro de una gravísima crisis con España tras facilitar la entrada masiva de decenas de miles de personas en Ceuta. Un episodio que numerosos analistas han descrito como una nueva manifestación de guerra híbrida: utilizar la presión migratoria como herramienta política para condicionar a un Estado vecino.

La pregunta resulta inevitable. ¿Es un socio fiable para organizar el mayor acontecimiento deportivo del planeta un país que recurre periódicamente a este tipo de mecanismos en su relación con España? La duda no es menor.

Porque Marruecos ya no es aquel socio secundario que se incorporó a una candidatura inicialmente concebida por España y Portugal. Hoy aspira incluso a convertirse en sede de la final del Mundial. Su peso político dentro del proyecto no ha dejado de crecer al mismo ritmo que lo ha hecho su influencia en la FIFA de Gianni Infantino, cuya cercanía pública con Donald Trump y las alianzas tejidas alrededor del reino alauí han reforzado todavía más esa posición.

El caso de La Vuelta

Y ahí aparece la contradicción que afecta directamente al Cabildo de Gran Canaria.

Hace apenas unos meses, el gobierno insular decidió renunciar a que la isla acogiera una etapa de La Vuelta a España por la posible presencia del Israel-Premier Tech. Antonio Morales y Aridany Morales defendieron entonces que existían razones éticas suficientes para no vincular la imagen de Gran Canaria a una competición en la que participara un equipo relacionado con un Estado cuya actuación en Gaza era objeto de una profunda contestación internacional.

Fue una decisión política. Y precisamente por ser política merece respeto. Se compartiera o no. Pero las decisiones políticas exigen coherencia.

Porque cuesta entender que el mismo Cabildo que renunció a La Vuelta por una cuestión de principios no encuentre ahora reparo alguno en formar parte de un Mundial organizado junto a Marruecos. Más aún cuando uno de los pilares del gobierno insular es Nueva Canarias.

Detalle del futuro Estadio de Gran Canaria. / AH

Marruecos y el Sáhara

Conviene recordar que Nueva Canarias ha mantenido durante décadas una posición inequívoca en defensa del pueblo saharaui. Ha respaldado el derecho de autodeterminación del Sáhara Occidental, ha denunciado reiteradamente la ocupación marroquí y ha participado activamente en iniciativas institucionales de apoyo al Frente Polisario y a los campamentos de refugiados. Antonio Morales ha sido uno de los dirigentes que con mayor claridad ha defendido históricamente esa causa.

Precisamente por eso cuesta comprender la posición actual. Porque el Mundial de 2030 no será únicamente un campeonato de fútbol. También será una gigantesca operación de prestigio internacional para Marruecos.

Cada estadio inaugurado, cada ceremonia, cada retransmisión y cada fotografía institucional contribuirán a proyectar la imagen de un Estado que mantiene abierto el conflicto del Sáhara Occidental y que continúa protagonizando episodios de tensión con España en cuestiones tan sensibles como Ceuta, Melilla o la delimitación de espacios marítimos en el Atlántico que afectan a Canarias

La contradicción resulta evidente.

Sí a la reforma

Si el Cabildo entendió que unos principios justificaban quedarse fuera de La Vuelta, ¿por qué esos mismos principios dejan de aplicarse cuando el escaparate se llama Mundial y quien obtiene un enorme beneficio reputacional es Marruecos?

La respuesta no puede reducirse al dinero. Porque entonces ya no estaríamos hablando de principios. Estaríamos hablando simplemente de precio.  Y conviene aclarar algo. Este artículo no cuestiona la reforma del Estadio de Gran Canaria. Todo lo contrario.

La isla necesita un estadio moderno. La UD Las Palmas merece unas instalaciones acordes a su historia y a su crecimiento. Renovarlo es una decisión lógica y necesaria. La cuestión es otra.

Reparto presupuestario

¿Debe reformarse pensando en las necesidades futuras de la UD Las Palmas o en las exigencias temporales de la FIFA? No parece una pregunta menor.

Porque adaptar el estadio para un Mundial implica cumplir una larga lista de requisitos que disparan el presupuesto. Resulta legítimo preguntarse si una reforma diseñada exclusivamente para el club amarillo podría ejecutarse con un coste muy inferior a esos 234 millones de euros.

Y resulta igualmente legítimo preguntarse qué impacto tendría dedicar una parte de esa inversión a mejorar las instalaciones donde entrenan miles de niños cada semana, renovar campos municipales o fortalecer el fútbol base de toda la isla.

Miguel Ángel Ramírez, Antonio Morales y Aridany Romero. / AH

Pregunta incómoda

Las grandes competiciones duran un mes. Las infraestructuras permanecen durante generaciones. Quizá convenga pensar más en las segundas que en las primeras.

Maradona tenía razón. La pelota no se mancha.

Quienes la manchan son quienes la convierten en un instrumento político, económico o propagandístico. Y cuando eso ocurre, también los aficionados tenemos derecho a formular una pregunta incómoda.

¿Debe Gran Canaria seguir formando parte del Mundial de 2030?

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