Eduardo Martínez es un ejemplo. No por un gesto aislado ni por una escena concreta, sino por una trayectoria completa que atraviesa dos vidas muy distintas. La primera, marcada por el trabajo y el deporte de resistencia. La segunda, iniciada tras una caída en una carretera de Gran Canaria en noviembre de 2012, construida desde una lesión medular irreversible, y a través de una adaptación y una voluntad de seguir adelante que sobrecoge e inspira a partes iguales. Entre esos dos tramos vitales no hay un relato épico ni un discurso sentimental, sino un proceso largo, duro, sostenido y finalmente aleccionador que explica por qué su figura ha terminado siendo una referencia dentro y fuera del deporte adaptado.
Eduardo nació y creció en La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria. Allí estudió, se formó y construyó su primera identidad profesional. Cursó Farmacia en la Universidad de La Laguna y, tras terminar la carrera, regresó a su barrio para trabajar en la farmacia de la Plaza del Pueblo. Recuerda aquella etapa con claridad: “Era un microecosistema humano, conocías a todo el mundo, especialmente a los mayores, y eso te marca”. Con el tiempo fue progresando en el sector farmacéutico hasta dirigir un almacén mayorista de distribución, consolidando una trayectoria estable y ascendente.

Paralelamente, el deporte fue ocupando cada vez más espacio en su vida. No llegó de golpe ni como una meta profesional, sino como una evolución natural. “Siempre me gustó nadar y correr”, explica, y esa tendencia acabó transformándose en disciplina, luego en reto y finalmente en identidad. A mediados de los años 2000 comenzó a competir con regularidad. Primero en travesías a nado, después en triatlón, más tarde en larga distancia. Entrenaba en Las Canteras, en El Confital, con el Club Natación Salinas, y posteriormente en el entorno del Real Club Victoria. Cruzó a nado el estrecho de La Bocaina en varias ocasiones, participó en maratones, se introdujo en la media distancia y acabó fijándose un objetivo de altura.
En mayo de 2012 completó el Ironman de Lanzarote. En la meta, agotado, pidió matrimonio a Silvia, su pareja desde años atrás. Aquella escena resume bien el momento vital que atravesaba: estabilidad profesional, plenitud deportiva y proyectos personales en marcha. “Fue un año muy especial, el Ironman, la boda… todo parecía encajar”, recuerda. Pero pocos meses después llegó el accidente.
El momento del cambio
El 3 de noviembre de 2012 entrenaba en bicicleta preparando una prueba cicloturista del Pico de las Nieves. Bajaba por la zona de La Pasadilla cuando perdió el control. La pendiente superaba el veinte por ciento, la curva era muy cerrada, el asfalto estaba comprometido y había gravilla. Intentó controlar la bicicleta, no pudo. El impacto fue grave. Recuerda el antes y fragmentos del después. Fue trasladado al Hospital Insular y operado de urgencia durante horas. Tras los primeros días críticos llegó el diagnóstico definitivo: lesión medular completa, no volvería a caminar.
Cuando habla de aquel momento, Eduardo lo hace sin dramatismo, demostrando que ha aprendido a convivir con él: “El accidente es parte de mi vida, no tengo por qué esconderlo”. Y recuerda con precisión la reacción inmediata que tuvo al escuchar al médico. Su voz baja algo el volumen pero continua firme: “Le pregunté si podría volver a caminar, me dijo que no. Entonces le pregunté si podría nadar, y me dijo que sí. En ese momento decidí que iba a volver al agua”.
Esa decisión no eliminó la dureza del proceso. La transición fue brutal. “Pasar de completar un Ironman a no poder cepillarse los dientes, perder el equilibrio, depender de otros, enfrentarse a infecciones y complicaciones médicas asociadas a la lesión, desde luego no es nada sencillo”, relata con enorme madurez emocional. Permaneció tres meses y medio ingresado y casi medio año en rehabilitación. A esa etapa la llama “el bache”. Y cuando la describe no suaviza nada: “Los primeros días fueron durísimos, un tipo que hacía un Ironman y de repente no podía ni afeitarse. Ese cambio solo lo entiende quien lo atraviesa”.

La aceptación
El proceso emocional siguió el patrón clásico del duelo. Rabia, tristeza, frustración, adaptación. Pero hubo un elemento decisivo: aceptó pronto la realidad. “Entre antes lo aceptas, mejor”, repite. Y en otra reflexión añade que el crecimiento tras un trauma empieza por aceptar, después adaptarse y finalmente reconstruir.
El apoyo social fue otro factor determinante. El hospital se llenó de visitas, amigos, deportistas, incluso personas desconocidas que acudían a animarlo. Él lo recuerda con una mezcla de gratitud y humor: “Hubo tanta gente que a veces era demasiado, pero me ayudó a tener un propósito”. Aquella red no fue simbólica, fue práctica. Amigos como Pedro, Carmelo o el fisioterapeuta Jordi Ulibarri lo acompañaron en el proceso de volver al agua cuando aún no existían facilidades accesibles. Lo cargaban para meterlo en el mar, entrenaban con él, lo ayudaban a reconstruir el cuerpo.
A los tres meses y medio del accidente ya estaba nadando. No como símbolo, sino como objetivo cumplido. “Si me hubieran dejado antes, habría nadado antes”, cuenta con naturalidad. Meses después participó en un triatlón por relevos. Pensaba que sería el último en el agua, pero no lo fue. Lo cuenta sonriendo: “Pensé que llegaría el último, pero dejé a varios por detrás. La gente se sorprendía”. El deporte dejó de ser solo competición para convertirse en estructura vital. En dirección. En identidad reconstruida.
El lado menos amable
Hubo otra ruptura, menos visible. La profesional. Tras el accidente perdió su posición en el ámbito farmacéutico. Lo explica sin resentimiento, aunque con claridad: “La profesión me dio la espalda”. Aquella pérdida, sin embargo, terminó abriendo otro camino. Sin su antigua estructura laboral, el deporte y la experiencia personal ocuparon el centro de su vida.