Marques Townes entra a canasta durante un partido del Cajasiete Gran Canaria. / CBGC
Marques Townes entra a canasta durante un partido del Cajasiete Gran Canaria. / CBGC

Marques Townes, el chico de la ’Cenicienta’ quiere volver a bailar con el Granca

El escolta del Cajasiete Gran Canaria recuerda su histórica Final Four con Loyola, su amistad con Karl-Anthony Towns y la decisión que lo apartó del fútbol americano: “El baloncesto era mi verdadero amor”

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Martín Alonso

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31 de marzo de 2018. Así, de sopetón, estimado lector, esa fecha probablemente no le diga nada. Para Marques Townes, sin embargo, lo que pasó ese día es un recuerdo que suele visitar a menudo. El relato de esa historia sitúa la acción en Texas, en concreto en el Alamodome de San Antonio —la antigua morada de los Spurs—. Allí, en la ciudad donde 16 familias canarias fundaron en 1731 la villa de San Fernando de Béjar, y ante 68.257 espectadores, el escolta del Cajasiete Gran Canaria era una de las piezas capitales que daban forma al particular cuento de Cenicienta que los Ramblers de la Universidad Loyola de Chicago vivieron en el March Madness de ese año en la NCAA.

Un triple de Townes, nueve días antes, había alimentado el sueño de los Ramblers —y de medio Estados Unidos— en el Sweet 16. A falta de 6,3 segundos para el final del partido, anotó la canasta que tumbó 69-68 a la Universidad de Nevada (Reno) y facilitó el pase de Loyola a la ronda de Elite Eight. Ese día el actual escolta del Granca firmó números de jugador grande: 18 puntos, cuatro rebotes y cinco asistencias. El triunfo, además, confirmaba al centro católico de Chicago como la gran sorpresa en la carrera por el título universitario estadounidense.

Loyola, que llevaba 33 años sin disputar el March Madness, había llegado al torneo como undécima cabeza de serie de su región y con el discreto cartel de invitado al que nadie esperaba ver demasiado tiempo en la fiesta. Pero primero dejó por el camino a Miami (64-62) y después a Tennessee (63-62), antes de que el triple de Townes acabara con la resistencia de Nevada. La victoria posterior ante Kansas State (78-62) abrió las puertas de una Final Four que la universidad no pisaba desde 1963, cuando se proclamó campeona nacional. Para entonces, los Ramblers ya habían conquistado la simpatía de medio país, con una inesperada estrella mediática: la hermana Jean, una monja de 98 años que ejercía como capellana del equipo y que terminó convertida en el rostro más popular de aquella aventura.

La pierna rebelde

Ocho años después, Townes aparece tras una sesión de entrenamiento en una de las salas situadas en las tripas del Gran Canaria Arena. Lleva una cinta en el pelo en la que destaca el Jumpman de Air Jordan y responde con un tono calmado, suave. Jesús Morales, director de comunicación del club, hace de puente entre los dos idiomas —pese a sus orígenes dominicanos— de una conversación que acaba regresando a aquella noche de Texas. “Pienso mucho en ese partido. Me molesta porque lo teníamos en nuestras manos”, cuenta sobre la semifinal que Michigan terminó ganando por 69-57.

Lo que vuelve es, sobre todo, la impotencia. Loyola había llegado por delante al descanso y Townes estaba convencido de que alcanzarían la final. Entonces aparecieron los calambres en una pierna. “Desde ese momento ya no fui el mismo jugador. Intentaba hacer todo lo posible para que desaparecieran, pero cada vez que hacía un esfuerzo volvían”. Recuerda incluso un lanzamiento en el que la pierna se le agarrotó en el aire y el balón no llegó al aro. “El equipo me necesitaba y yo no podía estar en la pista todo lo que quería”.

Hay fotografías y vídeos de sus lágrimas al acabar. Él les pone ahora palabras: “Si pudiera cambiar una cosa de mi etapa universitaria, sería que aquello no hubiera ocurrido. Pensaba que, si estaba sano, habríamos tenido una oportunidad de ganar”. La memoria conserva ese disgusto junto a la alegría de una aventura que todavía le permite hablar con cariño de sus compañeros y de la mujer que rezaba por todos ellos.

Marques Townes, durante su etapa en Loyola / NCAA
Marques Townes, durante su etapa en Loyola / @Marq_Towne5

Las oraciones de Jean

“Sabía muchísimo de baloncesto”, recuerda de la hermana Jean. Cuando llegó a Loyola, la veía caminar por el campus, conversar con los estudiantes, desenvolverse por su cuenta. Una caída la obligó después a utilizar una silla de ruedas. Su presencia junto al equipo continuó. Antes de salir a jugar, compartían una oración en la que la capellana atendía también a cuestiones muy concretas del marcador: “Rezaba para que el otro equipo no metiera sus canastas y para que nosotros ganáramos”, apunta con una sonrisa.

Townes recuerda su lucidez, su facilidad para conversar y aquella repentina celebridad que la llevó hasta programas de radio nacionales o platós de televisión como el Good Morning America de la ABC. “Era muy amable con todo el mundo. Siempre estaba hablando con alguien, haciendo entrevistas. Se convirtió en una sensación”. De todo aquello le alegra especialmente lo que significó para ella: “Disfrutó muchísimo. Estoy feliz de que pudiera vivir esa alegría en sus últimos años”.

Antes de Chicago y de aquella primavera, Townes había tenido que resolver una elección bastante menos sencilla de lo que parece ahora. De pequeño probó el béisbol, el fútbol [soccer para alguien criado en Nueva Jersey] y el fútbol americano, además del baloncesto. Al llegar al instituto se concentró en la canasta: ya competía con los mayores y las universidades empezaban a fijarse en él. Pero en su último curso volvió a sentir la llamada del otro deporte.

Dos caminos posibles

“Iba a ver los partidos de fútbol americano del instituto y echaba de menos esa sensación de jugar. No quería quedarme con el arrepentimiento, así que decidí intentarlo una vez más”. Townes jugó como linebacker y lo hizo lo bastante bien como para que Penn State se interesara por él. “Hice una visita oficial y estuve muy cerca de elegir el fútbol americano”, explica.

Aquella duda tuvo un precio, pese a que su amigo Breein Tyree —ahora en el PAOK griego— lo animó a seguir con el basket. Mientras retrasaba la decisión, algunos entrenadores de baloncesto dejaron de esperar y reclutaron a otros jugadores. “Perdí buenas ofertas porque no sabía qué quería hacer”. Fairleigh Dickinson mantuvo su interés y allí comenzó su carrera universitaria. Para entonces ya había resuelto el dilema: “Había dedicado demasiado tiempo y esfuerzo al baloncesto para dejarlo. El baloncesto era mi verdadero amor”.

El instituto había ofrecido pistas de sobra. Cerró esa etapa con 1.863 puntos, la segunda mejor cifra histórica de St. Joseph, en Nueva Jersey, por detrás de Jay Williams. Y compartió equipo con Wade Baldwin y Karl-Anthony Towns, pívot de los Knicks campeones de la NBA. Los tres coincidieron antes de que sus carreras se repartieran por escenarios muy distintos. De Towns sigue siendo amigo: “Seguimos en contacto”, dice.

Presentación de Marques Townes como jugador del Granca en las instalaciones de Toyota Canarias. / EFE
Presentación de Marques Townes como jugador del Granca en las instalaciones de Toyota Canarias. / EFE

Un amigo gigante

“Jugar con Karl te hacía la vida mucho más fácil en la pista. Podías confiar en él para todo”. Townes recuerda a un chico de siete pies capaz de botar, tirar, rebotear y machacar, un talento al que las dimensiones no le impedían hacer casi nada. En la NCAA, John Calipari —entrenador de los Wildcats de Kentucky— se empeñó en que Karl-Anthony Towns jugara en la pintura y no tirara de tres, algo que hizo dudar a algunos equipos de la NBA sobre su potencial. Al final, su talento se abrió paso: ha triunfado en los Knicks . “Era un talento generacional. Tenía el paquete completo y, además, era muy generoso. Él disfrutaba jugando con nosotros y nosotros con él”.

La NBA no le reservó a Marques Townes el mismo destino que a Towns —que lo llamó por FaceTime el día que Loyola se coló en la Final Four y con el que aún mantiene contacto—. Su carrera profesional lo llevó a recorrer media Europa después de salir de la universidad, con UCAM Murcia como primera parada y una sucesión de vestuarios, ligas y mudanzas hasta su llegada a Oviedo y, después, a Gran Canaria. En medio de ese viaje encontró un lugar al que volver: Chipre, donde fijó su residencia y donde el 23 de julio de 2025 los incendios destruyeron su casa de Souni.

Lo contó entonces en una campaña de ayuda para su familia. Estaban fuera de la vivienda cuando avanzaron las llamas y no pudieron rescatar sus pertenencias. Consiguió llegar hasta su calle, pero se encontró con el humo y el fuego. Su mujer, su hija y la familia de su esposa también perdieron allí su hogar. Es un episodio ajeno a esta conversación en el Arena, pero forma parte de la vida del jugador que ahora reconoce en otra isla una sensación familiar: “Cuando termina la temporada voy a Chipre, donde vivo. Estar aquí es parecido a estar en casa”.

Cerca del mar

Le gusta la playa. Tanto que durante su etapa en el Alimerka Oviedo eligió vivir en Gijón para tenerla cerca. Del invierno asturiano guarda también una pequeña lección de equipaje: “No llegué preparado y tuve que comprar un montón de abrigos y chaquetas. Llovía casi todos los días y apenas salía el sol”. En Gran Canaria disfruta del calor y de una vida cotidiana que describe como más relajada. “Venir a jugar aquí, en una isla con este tiempo, fue una alegría”.

Dentro del club ha encontrado comodidades que aprecia quien ha pasado por tantos destinos. “No me sentía tan bien cuidado desde la universidad”, asegura. Habla del club como organización, las instalaciones, de los tratamientos, de llegar al pabellón y encontrarlo todo preparado. “Es uno de los equipos más profesionales en los que he estado. Te das cuenta cuando llegas y empiezas a sentirte cómodo”.

Por eso, cuando apareció la propuesta del Granca, la decisión fue rápida. Oviedo quería que continuara después de una temporada de mucho protagonismo, pero la posibilidad de incorporarse a un club con esa historia le pudo. “Estas oportunidades no llaman a tu puerta tan a menudo. Quería formar parte de este proyecto y ayudar en todo lo que pudiera”. En Asturias era una referencia ofensiva; en Gran Canaria sabía que tendría que compartir responsabilidades con una plantilla de mucho nivel. Aceptó el cambio convencido de que merecía la pena formar parte de un proyecto cuyo objetivo es recuperar la ACB.

Townes marca jugada en un partido del Cajasiete Gran Canaria en el Arena. / CBGC
Townes marca jugada en un partido del Cajasiete Gran Canaria en el Arena. / CBGC

Del talento al equipo

La conversación se produce después de la derrota ante Estudiantes y Townes admite el mal sabor que dejó, especialmente por la salida del tercer cuarto. “Sentimos que podríamos haberlo hecho mucho mejor. Pero seguimos unidos. Hemos perdido el partido y no podemos recuperarlo. Lo único que podemos hacer es mirar hacia delante y mejorar cada día”. La confianza en el grupo permanece, aunque el estadounidense establece una diferencia que considera fundamental entre reunir buenos jugadores y construir un equipo capaz de competir por el ascenso.

“Todo el mundo sabe que tenemos calidad individual. Sobre el papel, basta con mirar los nombres para darse cuenta de que contamos con jugadores de mucho nivel. Pero conseguir que todas las piezas encajen lleva tiempo”, explica. Las derrotas ante Alicante y Estudiantes, dos rivales a los que considera candidatos al ascenso, han servido para recordar que la Primera FEB no entiende de presupuestos ni de historiales. “Este es un deporte de equipo, no una disciplina individual. Tenemos que aprender a jugar juntos, conocernos mejor y conseguir que ese trabajo se refleje tanto en ataque como, especialmente, en defensa”.

La reflexión adquiere mayor profundidad cuando se le pregunta si el entorno del Gran Canaria ha comprendido realmente lo que significa competir en Primera FEB después de 31 temporadas consecutivas en la élite del baloncesto español. Si existía la convicción de que el regreso a la ACB sería poco menos que un paseo, Townes se encarga de desmontarla. “Si no lo sabíamos antes, ahora seguro que lo sabemos, porque hemos perdido dos partidos. Espero que todo el mundo lo haya entendido, desde los jugadores y entrenadores hasta los aficionados. No vamos a llegar a cada pabellón y ganar simplemente porque seamos el Gran Canaria y tengamos los jugadores que tenemos. Esta liga es muy dura y, si no compites al máximo en cada partido, puedes perder”.

Un largo camino

El estadounidense tampoco es partidario de convertir el ascenso en una obsesión que impida atender las obligaciones inmediatas. “Sé que suena a tópico hablar siempre del día a día, pero no puedes estar mirando continuamente hacia un horizonte lejano. La única manera de llegar hasta allí es superar cada entrenamiento y cada partido”. Townes conoce la competición, sabe que incluso los equipos de la zona baja pueden derrotar a los favoritos y confía en que el tiempo termine de ensamblar el proyecto.

Han pasado casi nueve años desde que aquel muchacho de Nueva Jersey descubrió que los sueños también pueden jugarse ante 68.000 espectadores. En San Antonio, una pierna traicionera le impidió llegar hasta donde había imaginado, pero no pudo arrebatarle lo vivido. Porque hay derrotas que el marcador registra como fracasos y que el tiempo acaba convirtiendo en victorias. Loyola perdió aquella semifinal, aunque sus jugadores conquistaron algo bastante más difícil de conservar que un trofeo: un lugar en la memoria de quienes los vieron desafiar a gigantes de la NCAA.

Ahora, después de recorrer media Europa, Townes vuelve a encontrarse ante una historia que merece la pena contar. El escenario es distinto, los protagonistas también y esta vez el favorito lleva su camiseta. Pero el baloncesto conserva esa maravillosa costumbre de recordar que los partidos no se ganan con el nombre escrito en el pecho, sino con lo que sucede debajo de él. Marques Townes lo aprendió al lado de una monja que rezaba para que fallaran los rivales y de unos compañeros que se negaron a despertar del sueño. Quizá por eso sabe mejor que nadie que, para volver a bailar entre los grandes, al Gran Canaria no le basta con tener buenos jugadores. Necesita encontrar su propia Cenicienta.

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