Imagen de un carrito de supermercado lleno de alimentos / EFE
Imagen de un carrito de supermercado lleno de alimentos / EFE

Las fábricas que alimentan Canarias

La industria alimentaria sostiene el abastecimiento diario del Archipiélago y se ha convertido en uno de los sectores estratégicos de la economía canaria

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Atlantico Hoy

Canarias empieza a abastecerse mucho antes de que abra el primer supermercado del día. Mientras las persianas de los comercios siguen bajadas y buena parte de la población duerme, las líneas de producción de numerosas industrias alimentarias ya están en marcha. En unas instalaciones se prepara el pan que pocas horas después llegará a miles de hogares. En otras se embotella agua, se envasan productos lácteos o se revisan los últimos controles de calidad antes de que la mercancía abandone la fábrica. Cuando los hoteles comienzan a servir los desayunos y los restaurantes reciben los primeros pedidos de la jornada, una parte esencial del trabajo ya está hecha.

La escena se repite cada día con una normalidad que apenas llama la atención. Sin embargo, detrás de esa rutina existe una compleja red de empresas, trabajadores, centros logísticos y transportistas que garantiza el abastecimiento de un territorio con más de dos millones de habitantes y millones de visitantes cada año. Pocas actividades industriales mantienen una relación tan directa con la vida cotidiana de los canarios como la alimentación y las bebidas. Está presente en cada mesa, en cada supermercado y en buena parte de la oferta gastronómica que consume quien vive o visita las islas.

La imagen que Canarias proyecta al exterior continúa asociada al turismo. Es una realidad indiscutible y, además, merecida. Pero esa potente industria turística sería difícil de entender sin otra mucho menos visible que trabaja todos los días para que hoteles, restaurantes, hospitales, colegios y comercios dispongan de productos elaborados o transformados en el Archipiélago. La industria alimentaria no suele aparecer en las campañas de promoción de Canarias, pero forma parte de la infraestructura que sostiene la vida económica de las islas.

La pandemia

Esa importancia quedó especialmente al descubierto durante la pandemia. Mientras la movilidad internacional se paralizaba y las cadenas de suministro sufrían tensiones inéditas, las fábricas mantuvieron la actividad para garantizar que los productos esenciales siguieran llegando a la población. Aquellos meses demostraron que disponer de un tejido industrial propio no solo genera empleo y riqueza; también aporta seguridad y capacidad de respuesta ante situaciones extraordinarias. La industria alimentaria dejó de ser entonces un sector silencioso para convertirse en una pieza estratégica de la economía canaria.

Fabricar alimentos en un archipiélago exige afrontar desafíos que apenas existen en otros territorios españoles. Buena parte de las materias primas debe recorrer miles de kilómetros antes de llegar a las islas y cualquier alteración en el transporte marítimo repercute de forma inmediata sobre los costes de producción. A ello se suma la fragmentación territorial. Distribuir mercancías entre ocho islas obliga a planificar rutas, coordinar almacenes y garantizar que un producto elaborado hoy pueda encontrarse al día siguiente en cualquier punto del Archipiélago.

Lejos de convertirse en un obstáculo insalvable, esas dificultades han impulsado un modelo empresarial basado en la capacidad de adaptación. La cercanía al consumidor permite responder con rapidez a la demanda, ajustar la producción y reducir tiempos de distribución. La proximidad se ha convertido en una ventaja competitiva para muchas empresas canarias, que conocen mejor que nadie las particularidades del mercado insular y han sabido combinar tradición e innovación para mantenerse competitivas.

Imagen de las fábricas

Ese proceso de modernización ha cambiado profundamente la imagen de las fábricas. Quien imagine grandes naves dedicadas exclusivamente a tareas repetitivas descubrirá una realidad muy distinta. La automatización, la digitalización y los sistemas de trazabilidad forman parte del funcionamiento habitual de numerosas plantas industriales. Cada lote puede seguirse desde la llegada de la materia prima hasta el punto de venta, mientras sensores y programas informáticos supervisan en tiempo real la producción para garantizar la calidad y la seguridad alimentaria.

Detrás de cada producto existe mucho más que una cadena de montaje. Ingenieros, técnicos de laboratorio, especialistas en mantenimiento, responsables de calidad, profesionales de logística y operarios altamente cualificados intervienen para que un alimento llegue al consumidor con todas las garantías. Es un trabajo que rara vez se ve, pero del que depende una parte esencial del abastecimiento de Canarias.

La transformación tecnológica tampoco se ha detenido en los procesos de producción. La sostenibilidad ocupa un lugar cada vez más relevante en la estrategia de las empresas. Reducir el consumo de agua y energía, aprovechar mejor las materias primas, desarrollar envases más sostenibles o disminuir el desperdicio alimentario forman parte de inversiones que buscan mejorar la competitividad en un mercado donde el consumidor presta cada vez más atención al origen de los productos y al impacto ambiental de su fabricación.

Ese esfuerzo tiene una lectura que va mucho más allá del ámbito empresarial. Cada avance tecnológico contribuye a reforzar la capacidad de Canarias para producir una parte de los alimentos que consume, generando empleo, conocimiento y valor añadido dentro del propio Archipiélago. En una comunidad autónoma marcada por la insularidad y la dependencia del transporte exterior, esa fortaleza adquiere un significado estratégico.

Turismo

La industria alimentaria mantiene además una relación mucho más estrecha con el turismo de lo que habitualmente se percibe. Cada desayuno servido en un hotel, cada menú elaborado en un restaurante o cada producto que llega a un bufé forma parte de una cadena de suministro que, en muchos casos, comienza en empresas instaladas en las propias islas. Cuanto mayor es la presencia de producción local en el sector turístico, mayor es también el valor añadido que permanece en la economía canaria y más oportunidades se generan para agricultores, ganaderos, fabricantes, distribuidores y transportistas.

La industria y el turismo no compiten; se necesitan mutuamente. Uno aporta visitantes y demanda. El otro garantiza una parte importante del abastecimiento y contribuye a que una mayor proporción de la riqueza generada permanezca en el Archipiélago. Esa relación explica que cada vez sean más las empresas que apuestan por reforzar los vínculos entre la producción local y la hostelería, incorporando productos elaborados en Canarias a una oferta gastronómica que constituye también uno de los grandes atractivos del destino.

La evolución del sector durante los últimos años demuestra, además, una notable capacidad para adaptarse a un entorno especialmente cambiante. El incremento del coste de las materias primas, la inflación, las tensiones logísticas derivadas de distintos conflictos internacionales o el aumento del precio de la energía obligaron a revisar procesos productivos, reorganizar compras y acelerar inversiones destinadas a mejorar la eficiencia. Lejos de paralizarse, buena parte de la industria respondió apostando por la innovación y la modernización de sus instalaciones, consciente de que competir desde un territorio ultraperiférico exige ganar productividad en cada fase de la producción.

Fuera de las islas

Ese esfuerzo también ha permitido abrir nuevas oportunidades fuera de las islas. Productos tradicionales como el gofio, los quesos canarios o el ron conviven hoy con empresas capaces de exportar alimentos, bebidas o elaboraciones de alto valor añadido que encuentran mercado en otros puntos de España e incluso en el extranjero. No se trata de competir en volumen con las grandes industrias peninsulares, sino de hacerlo a través de la calidad, la diferenciación y la identidad de unos productos estrechamente vinculados al territorio.

La innovación ya no consiste únicamente en fabricar más. También implica producir mejor. La automatización de procesos, la incorporación de inteligencia artificial para optimizar determinadas líneas de producción, la reducción del consumo energético o el desarrollo de envases más sostenibles forman parte de una transformación silenciosa que avanza a un ritmo mucho mayor del que percibe el consumidor.

Sin embargo, el futuro del sector dependerá tanto de la tecnología como de las personas. Las empresas llevan tiempo alertando de la dificultad para incorporar determinados perfiles profesionales relacionados con el mantenimiento industrial, la automatización, la logística o la producción. La Formación Profesional se ha convertido en una herramienta decisiva para garantizar el relevo generacional y responder a una demanda creciente de técnicos cualificados. En muchas ocasiones, las oportunidades de empleo existen antes incluso de que finalicen los estudios, un indicador que refleja la fortaleza de un sector necesitado de talento.

Capacidad de adaptación

La alimentación constituye, además, una de las mejores expresiones de la capacidad de adaptación de la industria canaria. Ha sabido responder a un mercado insular fragmentado, convivir con unos costes logísticos superiores a los del resto del país y mantener una actividad constante en un territorio donde cualquier alteración del transporte puede tener consecuencias inmediatas. Todo ello sin renunciar a invertir, innovar y mejorar la calidad de unos productos que forman parte de la identidad del Archipiélago.

Resulta difícil imaginar la vida cotidiana de Canarias sin esa red de empresas que trabaja mientras la mayoría duerme. Su labor empieza de madrugada, continúa en fábricas, laboratorios, almacenes y centros logísticos y termina cuando un consumidor introduce un producto en su cesta de la compra sin pensar en el recorrido que ha realizado hasta llegar allí. Esa normalidad constituye, probablemente, el mayor éxito de la industria alimentaria: hacer que un proceso extraordinariamente complejo parezca sencillo.

Cuando se habla de diversificar la economía canaria, el debate suele centrarse en conceptos como innovación, digitalización o nuevos sectores productivos. Todos ellos son imprescindibles. Pero existe una realidad mucho más cercana que ya lleva décadas demostrando su capacidad para generar empleo, riqueza y estabilidad. La industria alimentaria no necesita reinventarse para justificar su importancia. La demuestra cada día garantizando algo tan básico como que los hogares, los comercios, los hospitales o los hoteles dispongan de productos elaborados con los máximos estándares de calidad y seguridad.

Las fábricas que alimentan Canarias no forman parte del paisaje turístico del Archipiélago. No aparecen en las postales ni suelen ocupar grandes titulares. Pero basta imaginar durante unos días unos lineales vacíos o unas cocinas sin suministro para comprender el papel que desempeñan. Mientras millones de personas comienzan cada jornada sin reparar en ello, cientos de empresas y miles de profesionales ya llevan horas trabajando para que las islas funcionen con absoluta normalidad. Esa es, probablemente, la mejor definición de un sector estratégico: aquel cuya importancia solo se percibe cuando deja de estar ahí.