Fernando Berge, por Farruqo.
Fernando Berge, por Farruqo.

Fernando Berge, el banquero que entiende al campo canario

El presidente honorífico de Cajasiete, Medalla de Oro de Canarias, hizo la mili en La Palma, se quedó en las Islas y construyó una carrera de más de 40 años ligada al cooperativismo, la prudencia financiera y el sector primario

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Martín Alonso

Fernando Berge Royo llegó a Canarias por una obligación y terminó quedándose por elección. El servicio militar lo trajo primero a La Palma, en la segunda mitad de los años setenta, cuando España empezaba a cambiar de piel y el Archipiélago aún conservaba una escala más lenta, casi de pueblo grande. Después vendría Tenerife. Y luego una carrera entera en una entidad que también estaba destinada a crecer sin perder del todo su acento original: Cajasiete.

La historia tiene algo de desplazamiento y de arraigo. Un muchacho nacido en La Mata de Morella, en el interior de Castellón, acaba convirtiéndose en una de las figuras más reconocibles de la banca cooperativa canaria. No era lo previsible. Tampoco lo había planeado. Pero algunas biografías se explican mejor por los caminos que se abren que por los planes que se escriben.

Familia de agricultores

Berge venía de una familia de agricultores. Ese dato no funciona como simple origen rural, sino como una clave de lectura. En su casa se sabía que el campo no era una postal ni una nostalgia, sino una forma dura de organizar la vida. Se trabajaba pendiente del tiempo, de la cosecha, de los precios, de la necesidad de sacar adelante la economía familiar. Esa experiencia temprana explica por qué, décadas después, ya desde la presidencia de Cajasiete, nunca miró al sector primario como una partida más dentro de una cuenta de resultados.

Lo entendía.

Y ahí está probablemente el rasgo más singular de su trayectoria: Fernando Berge fue un banquero que entendía el campo. No lo entendía desde la retórica institucional, sino desde una memoria íntima. Sabía lo que significaba depender de la tierra y de sus incertidumbres. Sabía que detrás de un crédito agrícola, de una explotación ganadera o de una cooperativa no había solo números, sino familias, temporadas buenas, años difíciles y una economía de cercanía que no siempre cabe en los grandes discursos sobre el crecimiento.

Fernando Berge, presidente de Cajasiete (d), entrega el Premio Atlántico Hoy a la Mejor Iniciativa Empresarial en Transporte a Juan Ramsden, consejero de Binter
Fernando Berge, presidente de Cajasiete (d), entrega el Premio Atlántico Hoy a la Mejor Iniciativa Empresarial en Transporte a Juan Ramsden, consejero de Binter

Manera de mirar la economía

Antes de llegar a Canarias, su vida había seguido el itinerario de muchos jóvenes del interior peninsular que buscaban formación y oportunidades. Estudió, salió de su entorno más próximo y terminó cursando Ciencias Económicas y Empresariales en Valencia. Aquellos estudios le dieron una base técnica. Pero su manera de mirar la economía venía de antes. Venía de La Mata, de una cultura agrícola donde la prudencia no era una virtud decorativa, sino una necesidad práctica.

El servicio militar alteró el rumbo. Primero La Palma. Luego Tenerife. En la capital palmera completó una parte decisiva de aquella etapa y, después de pasar por la formación correspondiente, las Islas empezaron a dejar de ser destino provisional para convertirse en posibilidad de futuro. En Tenerife encontró trabajo, hizo vida y empezó a construir una relación con Canarias que ya no se rompería.

Auxiliar administrativo

En 1981 entró en la entonces Caja Rural de Tenerife como auxiliar administrativo. Ese fue el punto de partida. No llegó por arriba ni aterrizó en un puesto de mando. Empezó desde la base, aprendiendo la entidad por dentro, conociendo sus rutinas, sus clientes, sus equilibrios y su manera de relacionarse con el territorio. Esa experiencia explica también su estilo posterior: más de gestión que de exhibición, más de continuidad que de golpe de efecto.

Su ascenso fue constante. En 1989 ya era subdirector general. Durante años trabajó junto a figuras clave de la entidad, en una etapa en la que la caja fue ganando dimensión sin romper su vínculo con el mundo cooperativo. Con el tiempo, Cajasiete dejó de ser una realidad limitada a un ámbito insular para convertirse en una entidad con presencia en todo el Archipiélago. Esa expansión fue una de las grandes decisiones estratégicas de su trayectoria.

Crisis de 2008

No era una apuesta menor. En 2008, cuando la economía occidental entraba en una crisis feroz y el sistema financiero español empezaba a mostrar sus costuras, Cajasiete decidió extenderse por todo el Archipiélago. Podía parecer un movimiento arriesgado. Lo fue. Pero también respondía a una lectura clara: si la entidad quería ser verdaderamente canaria, tenía que estar en Canarias entera.

La diferencia estuvo en cómo se hizo. Berge defendió siempre una idea de crecimiento prudente, alejada de la euforia inmobiliaria que terminó devorando a tantas entidades financieras. Mientras otras cajas quedaron atrapadas por la burbuja, Cajasiete avanzó con una cultura más conservadora, más pegada al ahorro, al crédito útil y a la economía real. Esa prudencia, que en los años de expansión podía parecer falta de ambición, terminó funcionando como una forma de inteligencia.

Fernando Berge, presidente de CajaSiete./
Fernando Berge, presidente de CajaSiete, en un Desayuno Atlántico. / AH

Presidencia de Cajasiete

En 2014 alcanzó la presidencia de la entidad. Llegaba después de una vida profesional entera dentro de la casa, con conocimiento directo de sus engranajes y de su historia. No representaba una ruptura, sino una continuidad: la de una organización nacida para servir al tejido cooperativo y agrario, pero obligada a adaptarse a un sistema financiero cada vez más competitivo, digitalizado y concentrado.

Berge tenía claro que Cajasiete debía modernizarse sin olvidar de dónde venía. Esa tensión entre crecimiento y raíz define buena parte de su legado. La agricultura y la ganadería ya no ocupaban en el negocio total el peso que habían tenido en otros tiempos, pero seguían siendo esenciales en la identidad de la entidad. En esa diferencia entre volumen económico y alma corporativa se resume una parte importante de su pensamiento.

Porque una cosa es lo que pesa el campo en una hoja de cálculo y otra lo que significa en la memoria de una institución.

Vínculo con la tierra

Para Fernando Berge, el sector primario seguía siendo una referencia moral. En una Canarias volcada hacia el turismo, los servicios y la presión urbana sobre el territorio, Cajasiete conservaba un vínculo con agricultores, ganaderos, cooperativas, pequeñas empresas y autónomos. Ese era su espacio natural. Y también su responsabilidad.

Fuera del despacho, su perfil completa mejor el retrato. Durante años le gustó subir al monte en Tenerife a buscar setas. La imagen parece menor, pero dice mucho. Buscar setas exige paciencia, conocimiento del terreno, respeto por los ciclos naturales y una forma de caminar sin prisa. No se impone uno al monte; lo lee. Algo de esa actitud aparece también en su forma de entender la banca: observar, esperar, medir el riesgo, no confundir movimiento con avance.

Más allá de la economía

También hay en él una curiosidad cultural sostenida. Lee mucho sobre economía, pero no se ha quedado encerrado en los manuales financieros. Consume cine, música, teatro, musicales. Esa amplitud cultural permite ver la evolución de un hombre que salió de un pequeño pueblo agrícola de Castellón, llegó a Canarias por la mili y terminó ocupando una posición central en una entidad clave del Archipiélago sin perder la inquietud por comprender el mundo.

La concesión de la Medalla de Oro de Canarias el pasado 30 de mayo reconoció precisamente esa trayectoria. No solo la del directivo que presidió Cajasiete, sino la del hombre que construyó una vida en las Islas y mantuvo durante más de cuatro décadas una relación estable con una entidad que forma parte de la historia económica reciente del Archipiélago.

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Fernando Berge, presidente honorífico de Cajasiete. / AH

Fernando Berge llegó de La Mata de Morella y acabó entendiendo el campo canario porque, en realidad, nunca dejó de reconocerlo. Cambiaron los paisajes, las Islas, los cargos y los años. Pero en el fondo permaneció una misma idea: la economía solo tiene sentido cuando sirve a la gente que la sostiene.