Loading...
Timanfaya Rodríguez, por Farruqo.

Timanfaya Rodríguez, el corazón que no se pasa de moda

La CEO del Grupo ARI acaba de cumplir 50 años. Admiradora de Joaquín Sabina, apasionada de los libros y la natación, dirige una empresa de 520 trabajadores sin perder de vista a su familia, sus amigos y los pequeños placeres de la vida

Joaquín Sabina escribió una vez que el corazón no debería pasarse de moda. Lo hizo en Noches de boda, una canción que parece una lista de deseos para quienes todavía creen que la vida merece celebrarse a pesar de sus inevitables contratiempos. Timanfaya Rodríguez debe de haberla escuchado unas cuantas veces. Ha seguido al músico de Úbeda por Madrid, Sevilla y Gran Canaria, donde no quiso perderse su última visita a la isla. Tima, como la llaman sus familiares y amigos, acaba de cumplir 50 años y tiene motivos para celebrar bastante más que un aniversario vital. Dirige el Grupo ARI, una compañía de 520 trabajadores, y ha conseguido conservar algo que no siempre resiste al paso del tiempo: las amistades de la infancia, las complicidades de la juventud y los pequeños rituales que comenzaron mucho antes de que tuviera que tomar decisiones empresariales.

En su última fiesta de cumpleaños coincidieron amigas de sus años universitarios en Pamplona, compañeros de aventuras juveniles en la costa de Telde y padres a los que conoció cuando su hijo Martín acudía a la escuela infantil Garabato. Algunos habían viajado expresamente hasta Gran Canaria para acompañarla. Aquella reunión tenía algo de inventario sentimental. Cada invitado pertenecía a una época distinta, pero todos seguían formando parte de su presente. Timanfaya tiene esa rara habilidad para impedir que las amistades se conviertan en recuerdos. Las cuida, las escucha y las conserva con la misma naturalidad con la que, desde niña, se come una onza de chocolate después del almuerzo. Una sola. Hay costumbres que no necesitan cambiar para seguir teniendo sentido.

La música

La devoción por Sabina forma parte de una relación con la música que comenzó mucho antes de que pudiera organizar viajes para asistir a sus conciertos. Un ejemplo más. Durante su juventud, cuando vivía en la costa de Telde, el Ayuntamiento organizaba actuaciones musicales algunos fines de semana de verano bajo la marca Súbete a la Ola de la Vida. En una de aquellas noches actuó Pedro Guerra, el cantautor tinerfeño que había publicado Golosinas, un disco destinado a convertirse en una referencia de la canción de autor española. Timanfaya acudió al recital y, cuando terminó, se acercó al músico con el CD para pedirle que se lo firmara.

La música nunca ha abandonado su vida, aunque los escenarios hayan cambiado. De aquellos veranos de Telde pasó a los grandes conciertos de Sabina, incluido el de La Cartuja de Sevilla, y terminó asistiendo a la despedida del cantante en Gran Canaria. Entre una experiencia y otra transcurrieron años de estudios, responsabilidades profesionales y vida familiar. Las canciones, sin embargo, han seguido ahí. Últimamente ha incorporado otra forma de escuchar historias: los pódcast, que se han convertido en una de sus costumbres antes de dormir.

Si la música le ha servido de compañía, los libros le han proporcionado desde pequeña una forma inagotable de curiosidad. La mañana del 6 de enero tenía para ella un atractivo particular cuando los Reyes Magos dejaban varios títulos entre los regalos. Mientras otros niños buscaban juguetes, Timanfaya encontraba motivos suficientes para entusiasmarse con nuevas lecturas. Más adelante desarrolló una pequeña estrategia familiar: sugería algunos libros para la lista de regalos de su hermana Marian con la intención de leerlos también. No era necesario que todos llevaran su nombre. Bastaba con que terminaran pasando por sus manos.

Los afectos

Su formación académica la llevó lejos de Gran Canaria. Terminó BUP y COU en Madrid y después se trasladó a Navarra para cursar sus estudios universitarios. Pamplona fue algo más que la ciudad donde completó una etapa educativa. Allí compartió piso con unas compañeras que, décadas después, siguen siendo amigas. Cada año procuran reunirse en algún lugar que permita repartir las distancias y facilitar el encuentro. Esta vez, con motivo de su 50 cumpleaños, fueron ellas quienes se desplazaron a Gran Canaria.

No se trata únicamente de mantener el contacto. Timanfaya concede a la amistad un valor que exige dedicación. Sabe escuchar, aconsejar cuando se lo piden y guardar aquello que alguien le confía. Su círculo de afectos no se limita a una etapa concreta de su biografía. Lo forman personas de su infancia, de sus años universitarios y de la vida que ha construido después. Para ella, la amistad no parece tener fecha de caducidad ni depender de la frecuencia con la que dos personas pueden verse.

Timanfaya Rodríguez, CEO del Grupo Ari. / AH

Martín y Guillermo

Esa disposición a cuidar de los demás encuentra su expresión más cercana en la familia. Sus padres, ambos de 83 años, siguen contando con su atención constante. Su hermanos, Bentejuí y Marian, forman parte de aquellos recuerdos infantiles que todavía ayudan a explicar su carácter. Y su sobrino Guillermo ocupa un lugar especialmente importante en su vida. Desde que nació, Timanfaya se volcó con él hasta ejercer un papel que iba más allá del que habitualmente se atribuye a una tía. Guillermo ya está en la veintena, pero continúa encontrando en ella a una persona de confianza a la que acudir cuando necesita consejo para tomar decisiones. Algunas relaciones cambian de forma con los años sin perder un ápice de cercanía.

Con su hijo Martín, la dedicación tiene otra dimensión. Timanfaya procura encontrar todas las horas posibles para compartirlas con él, aunque las obligaciones profesionales también reclamen su atención. La maternidad le ha proporcionado, además, nuevas amistades. Algunas comenzaron en Garabato, la escuela infantil de Las Palmas de Gran Canaria a la que acudía Martín, y han sobrevivido al paso de los cursos y al crecimiento de los niños. Aquellos padres que un día coincidieron a la entrada de una escuela terminaron formando parte de la celebración de su medio siglo de vida.

El agua

En medio de tantas relaciones y responsabilidades, Timanfaya reserva también espacio para sí misma. La natación la acompaña desde hace años y constituye uno de sus refugios habituales. En la piscina desaparecen por un rato las conversaciones y las exigencias del trabajo. El agua impone su propia resistencia, obliga a acompasar la respiración y convierte cada largo en un ejercicio de concentración. No hay atajos para alcanzar el extremo contrario: hay que avanzar brazada a brazada.

La imagen tiene algo de paradoja. Una mujer acostumbrada a escuchar a los demás y a estar pendiente de tantas personas encuentra tranquilidad en una actividad esencialmente solitaria. Dentro de su calle de natación no necesita dar explicaciones ni resolver los problemas de nadie. Solo mantener el ritmo y progresar contra la fuerza del agua. Ahora combina esa disciplina con pilates y entrenamiento funcional, actividades que practica por sus beneficios para la salud física y mental.

Timanfaya Rodríguez, durante un acto del Grupo Ari.

Fuera de la piscina la espera el Grupo ARI, la empresa familiar que dirige como consejera delegada. Su padre, Andrés Rodríguez Izquier, construyó un proyecto empresarial cuyos orígenes estuvieron vinculados a los sectores farmacéutico y hospitalario y que posteriormente extendió su actividad a la automoción. Timanfaya pertenece a la siguiente generación de esa historia. Al frente de una organización de 520 trabajadores, su responsabilidad consiste en conducir el presente de la compañía y afrontar los desafíos de un mercado que no deja de transformarse.

Puertas abiertas

Su manera de ejercer el liderazgo conserva rasgos reconocibles de su personalidad. La puerta de su despacho está abierta para los empleados que necesitan acudir a ella. Tiene algo de mamá gallina, una inclinación a proteger y arropar a quienes forman parte de su entorno que también se manifiesta en el trabajo. Esa cercanía, honestidad, constancia y humanidad —rasgos marca de la familia— conviven con las responsabilidades de dirigir una compañía y con un optimismo que constituye uno de sus rasgos más marcados. Disfruta de su actividad profesional y de las relaciones humanas que la acompañan, sin considerar que una cosa deba excluir a la otra.

Quizá por eso resulta difícil separar completamente a la ejecutiva de la mujer que conserva a sus amigas de Pamplona, escucha a su sobrino Guillermo, busca tiempo para Martín o permanece pendiente de sus padres. No son vidas distintas, aunque cada una reclame su espacio. Tampoco parece necesario encontrar una explicación trascendental a todas sus costumbres. A veces, una onza de chocolate después de comer es simplemente una onza de chocolate. Y, sin embargo, hay algo revelador en que una persona mantenga durante tantos años un placer tan sencillo, sin convertirlo en una excepción ni necesitar una segunda porción.

No sabemos qué canción de Sabina elegiría para resumir su historia. Pero hay una que parece llevar escrita una pequeña parte de su biografía. Porque el tiempo puede cambiar las ciudades, los trabajos, las responsabilidades y hasta la manera de escuchar música. Ella sigue encontrando felicidad entre las páginas de un libro y conserva intacta la costumbre de cuidar a los suyos. Lo que Timanfaya procura que no cambie es el lugar que reserva a las personas que quiere. Y quizá en eso consista, al fin y al cabo, mantener el corazón a salvo de las modas.

Añadir AtlánticoHoy como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora