Las ambrosías de Tirma tienen algo que resulta difícil de explicar. Son varias capas de barquillo, una crema de sabor inconfundible y una cobertura de chocolate que han conseguido sobrevivir a generaciones, modas y cambios en los hábitos de consumo. La receta no parece especialmente complicada, al menos sobre el papel, pero cualquiera que haya intentado reproducir el producto sabe que no basta con reunir sus ingredientes.
Importan las proporciones, la elaboración y ese equilibrio que ha convertido una chocolatina nacida en Gran Canaria en un pequeño objeto de culto. Virgilio Correa Suárez (1963), director general de Tirma, también tiene su propia receta para conducir la compañía. No incluye ingredientes secretos ni grandes revelaciones empresariales. Se resume en dos palabras que repite como principios de vida: constancia y esfuerzo.
Correa está convencido de que el talento y la formación ayudan, pero no garantizan nada. Una persona puede reunir extraordinarias capacidades y perder igualmente la carrera si le faltan disciplina y perseverancia. Su manera de entender el trabajo tiene mucho de competición de fondo, de resistencia ante las dificultades y de satisfacción por el camino recorrido.
Toda una vida
Lleva vinculado a Tirma desde 1987, asumió la dirección general en 2006 y, después de casi cuatro décadas en la compañía, asegura que sigue siendo feliz con lo que hace. No es un detalle menor en alguien que ha dedicado buena parte de su vida a una misma empresa y que ha tenido que aprender a dirigirla en circunstancias económicas muy distintas.
La historia de Virgilio Correa y la de Tirma se cruzan mucho antes de que él naciera. Para encontrar el origen de esa relación familiar hay que regresar a los años veinte del siglo pasado, cuando Las Palmas de Gran Canaria era una ciudad que crecía alrededor de su puerto y de una actividad comercial cada vez más intensa.
En San José funcionaba un negocio dedicado al cacao que regentaba su abuelo. En San Lorenzo existía otro vinculado al café. Eran iniciativas independientes, levantadas por emprendedores que difícilmente podían imaginar hasta dónde llegaría aquella actividad. Dos productos, el cacao y el café, terminarían convirtiéndose en los pilares de una de las marcas más reconocibles del Archipiélago.
Una historia familiar
El 31 de marzo de 1941, varios de aquellos empresarios decidieron unir sus caminos y fundaron Tirma. La nueva sociedad comenzó su actividad en la calle Fernando Guanarteme, en una capital que todavía tenía por delante buena parte de su transformación urbana. La compañía creció al mismo tiempo que cambiaban las costumbres de los canarios.
Al café y al chocolate se incorporaron otros productos y, con el paso de los años, las instalaciones originales terminaron quedándose pequeñas. En la década de los sesenta, Tirma trasladó su actividad a Escaleritas, donde levantó la fábrica que todavía hoy constituye su principal centro industrial.
Nueva era en Escaleritas
Aquel traslado fue algo más que un cambio de dirección. Permitió concentrar la producción, incorporar maquinaria y preparar a la compañía para una dimensión industrial que sus fundadores apenas habían podido imaginar.
En la actualidad, Tirma dispone de unas instalaciones de más de 18.000 metros cuadrados en la avenida de Escaleritas. Desde allí salen chocolates, Ambrosías, cafés, caramelos y otros productos que han acompañado la vida cotidiana de varias generaciones de canarios. El olor del café tostado y la fabricación de chocolatinas forman parte de la memoria de un barrio que creció alrededor de la propia fábrica.
Máxima responsabilidad
Virgilio Correa se incorporó a esa historia en 1987, después de licenciarse en Ciencias Económicas y Empresariales en CUNEF, entonces adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Tenía 24 años y entraba en una compañía con una larga tradición familiar, aunque todavía le quedaban casi dos décadas para alcanzar su dirección general.
Su trayectoria no se construyó a partir de un salto repentino, sino de años de experiencia dentro de una industria obligada a competir con grandes fabricantes nacionales e internacionales. En 1999 amplió su formación con un programa de dirección de empresas en el Instituto Bravo Murillo y en 2006 asumió la máxima responsabilidad ejecutiva.
Las raíces de Moya
Pero la biografía de Correa no se entiende únicamente desde la fábrica de Escaleritas. Una parte importante de su historia personal está en Moya, municipio del norte de Gran Canaria al que le unen profundas raíces familiares. Allí pasó largas temporadas durante su infancia y juventud y conserva una vinculación que ha sobrevivido al paso del tiempo. Moya representa una parte de sus orígenes, un territorio al que regresar y una referencia personal que ayuda a explicar su relación con la isla. No es casualidad que fuera elegido pregonero de sus fiestas en 2013 y que en 2025 recibiera el reconocimiento de hijo adoptivo del municipio.
Moya conserva una personalidad marcada por sus barrancos, sus medianías, sus espacios agrícolas y una tradición comercial que ha sabido convivir con la proximidad de la capital. En ese paisaje se encuentra una parte de la memoria familiar de Correa. La distancia entre el norte de Gran Canaria y las oficinas de Tirma no es grande en kilómetros, pero permite recorrer dos mundos que han influido en su manera de entender las cosas: el de los vínculos personales y el de las responsabilidades empresariales. Su discurso sobre la constancia y el esfuerzo encuentra ahí un contexto que va más allá de los balances económicos.
Esa vinculación con sus orígenes también aparece en la manera en que habla de Tirma. La compañía no es para él únicamente una fábrica de alimentos. Es una empresa que forma parte de la historia de Canarias, con productos que han entrado en las casas de varias generaciones y que despiertan recuerdos difíciles de reproducir mediante una campaña publicitaria. Pocas marcas pueden presumir de que una chocolatina, una taza de café o una caja de ambrosías provoquen una identificación tan inmediata con el lugar donde nacieron.
El negocio del café
Aunque las ambrosías son probablemente el producto más popular de Tirma, el café ocupa un lugar fundamental en su cuenta de resultados. La compañía mantiene una posición de liderazgo en el mercado canario y reforzó su presencia con una operación que coincidió prácticamente con la llegada de Correa a la dirección general: la adquisición de Café Sol. La compra se materializó entre finales de 2006 y comienzos de 2007 y permitió incorporar a su estructura otra marca histórica de Gran Canaria. En aquel momento, Tirma ya concentraba entre el 30% y el 40% del mercado del café tostado vendido en el canal de alimentación de Canarias.
La adquisición también tenía una dimensión sentimental. Café Sol era una firma reconocida por varias generaciones de consumidores y estaba vinculada a la tradición comercial de la calle Triana. Tirma adquirió el control de la sociedad y en 2011 completó su absorción. La operación permitió ampliar su presencia comercial sin renunciar a una marca con personalidad propia. Para Correa, que había asumido la dirección general en 2006, representó uno de los movimientos empresariales relevantes de una etapa caracterizada por la modernización de los procesos productivos y la búsqueda de nuevos mercados.
El mundo de las ambrosías
Fuera de Canarias, sin embargo, la historia cambia de protagonista. Las ambrosías se han convertido en la mejor carta de presentación internacional de Tirma. La chocolatina que muchos canarios asocian con su infancia ha encontrado consumidores en países con costumbres y preferencias muy diferentes. En el África subsahariana tiene especial aceptación la variedad de chocolate blanco, mientras que en Europa destaca el gusto por la ambrosía de avellana. La misma receta de barquillo y crema admite variaciones que permiten adaptarse a públicos separados por miles de kilómetros.
Tirma exporta a más de diez países africanos y mantiene presencia en otros mercados internacionales, además de la Península. La compañía ha logrado que sus productos lleguen a lugares como Mauritania, Guinea Ecuatorial, Marruecos, Italia o Francia. Esa expansión no se explica únicamente por el atractivo de sus chocolatinas. Requiere conocer las particularidades de cada mercado, establecer relaciones comerciales duraderas y asumir los costes que supone fabricar en un territorio insular. Correa conoce bien esas dificultades y ha defendido reiteradamente la internacionalización como una condición necesaria para el crecimiento de la industria canaria.
Los números ayudan a comprender la dimensión alcanzada por aquella empresa fundada en 1941. Tirma cerró 2023 con una facturación de 38 millones de euros. En 2025, Correa situaba la previsión de ingresos de ese ejercicio entre 48 y 49 millones, con una plantilla de unas 220 personas. Las estadísticas empresariales más recientes elevan hasta 235 el número de trabajadores en 2026. Son cifras que sitúan a la compañía entre las industrias alimentarias relevantes de Canarias y que muestran el crecimiento de un negocio obligado a comprar buena parte de sus materias primas fuera del Archipiélago.
Una carrera de fondo
La responsabilidad de Correa también se extiende a la representación empresarial. Presidió la Asociación Industrial de Canarias (ASINCA) desde 2023 hasta 2026 y ha desempeñado distintas funciones en la Confederación Canaria de Empresarios y en la Cámara de Comercio de Gran Canaria. Desde esos puestos defiende el papel de la industria como actividad capaz de diversificar una economía excesivamente dependiente del turismo. Su propia empresa sirve como ejemplo de las posibilidades y dificultades de fabricar en las Islas, donde los costes logísticos, la energía y la distancia respecto a los grandes mercados condicionan cualquier decisión.
Su receta personal, entretanto, apenas ha cambiado. Constancia y esfuerzo. Dos palabras sencillas que adquieren otro significado cuando se contemplan desde una trayectoria de casi cuarenta años. Correa sabe que una empresa no puede vivir exclusivamente de sus éxitos pasados, por mucho cariño que despierten sus productos.
Apuesta por la calidad
La competencia obliga a innovar, mejorar las instalaciones, buscar clientes y mantener la calidad. También exige aceptar que no todos los ejercicios serán buenos. En una entrevista con Atlántico Hoy explicó que Tirma había decidido no reducir el tamaño de sus productos para disimular las subidas de precios ni modificar ingredientes que pudieran perjudicar su calidad.
Quizá por eso resulta tan apropiado regresar a las ambrosías para entender a Virgilio Correa. El sabor que las distingue no depende de un único ingrediente, sino de la combinación de todos ellos. Algo parecido ocurre con su trayectoria: la formación, las raíces familiares, la experiencia y las oportunidades han tenido su importancia, pero él insiste en que nada habría funcionado sin constancia y esfuerzo.
A sus 63 años, después de haber dedicado casi toda su vida profesional a Tirma, continúa encontrando satisfacción en su trabajo. Y mientras las ambrosías viajan desde Escaleritas hasta mercados cada vez más lejanos, sigue defendiendo una fórmula que aprendió mucho antes de ocupar el despacho de director general: para llegar lejos, lo importante es no dejar de trabajar.
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