En Lola García conviven muchas Lolas, y entender su historia pasa por escuchar a todas ellas. Está la Lola niña, la hija de Andrés y Maruca, que creció prácticamente dentro de un colegio. Su infancia transcurrió entre los pasillos y patios del colegio García Blairzy de Gran Tarajal, donde trabajaban sus padres. Mientras otros niños regresaban a casa cuando terminaban las clases, ella seguía allí, entre pizarras, cuadernos y conversaciones de profesores. Aquel entorno, más que un simple lugar de paso, terminó convirtiéndose en una escuela de vida. El colegio fue el paisaje cotidiano de su infancia, pero también el lugar donde empezó a formarse una vocación que con el tiempo marcaría su camino.
También está la Lola maestra. La que comenzó dando clases de Religión, casi como quien se aproxima a una vocación que todavía está tomando forma. Con el tiempo aprobó las oposiciones de su especialidad, Educación Física, y terminó ocupando una plaza en el mismo centro donde había estudiado. El círculo parecía cerrarse de forma natural: la niña que había corrido por aquel patio volvía años después como profesora. La relación con el García Blairzy se prolongó durante años hasta que llegó a dirigir el colegio, convirtiéndose en una figura educativa muy reconocida en el sur de Fuerteventura. Aquella etapa dejó una huella profunda en su manera de entender el liderazgo. Incluso hoy, en su etapa política, hay quienes reconocen en su forma de trabajar la paciencia y la capacidad pedagógica que caracterizan a quienes han pasado media vida en las aulas.
Frase de referencia
Detrás de todas esas Lolas hay una raíz común que ayuda a entender su carácter. Su madre, Maruca, le repetía una frase que acabaría convirtiéndose en una especie de brújula vital: “Lola, estudia y trabaja para que no dependas nunca de un hombre y puedas llegar donde tú quieras”. Era un consejo sencillo, pero profundamente revelador del espíritu de muchas mujeres majoreras de otra generación. Aquella frase no se quedó en el recuerdo de la niña que corría por los pasillos del García Blairzy. Se convirtió en una forma de mirar el mundo. Quizá también explica por qué Lola García nunca ha entendido la política como una meta personal, sino como una extensión del trabajo y del compromiso con su entorno.
Hay otra Lola que quienes la conocen reconocen con facilidad: la Lola de Gran Tarajal. La mujer que disfruta caminando por la playa de su pueblo, donde el Atlántico dibuja un horizonte abierto que invita a pensar con calma. Gran Tarajal no es solo su lugar de nacimiento, es también el territorio emocional desde el que interpreta la isla. Allí está su familia: la mujer de Pascual, la madre de Álvaro, la hermana de Olinda, Nena, Rosa Delia y Miguel Ángel. Allí están también las tradiciones que forman parte de la identidad majorera. Lola García participa con naturalidad en la peregrinación a la Virgen de la Peña, uno de los actos más simbólicos de Fuerteventura, y sigue con pasión los equipos de lucha canaria de la isla, un deporte que para muchos majoreros representa mucho más que una competición.
Salto a la política
Durante muchos años su vida estuvo ligada exclusivamente a la educación. Sin embargo, su implicación con la realidad social de la isla terminó llevándola a dar el salto a la política. Su incorporación al proyecto de Coalición Canaria en Fuerteventura no fue el resultado de una carrera planificada en los despachos, sino el paso natural de alguien acostumbrada a implicarse en su entorno. Quienes han trabajado con ella suelen señalar que su manera de hacer política conserva un claro componente pedagógico: escuchar antes de decidir, explicar antes de imponer y buscar soluciones prácticas a los problemas cotidianos.

Ese estilo la llevó a ocupar responsabilidades dentro del Cabildo de Fuerteventura, donde fue consolidando una trayectoria política reconocible en la isla. Pero su historia pública tiene un capítulo que explica bien su carácter y que habla de resiliencia. En 2019, Lola García ganó las elecciones al Cabildo de Fuerteventura. Era un momento histórico porque por primera vez una mujer iba a presidir la institución insular. Sin embargo, la política rara vez avanza en línea recta. Poco tiempo después de llegar al cargo, una moción de censura terminó apartándola de la presidencia.
Perder para ganar
Para muchos dirigentes políticos un golpe así habría supuesto el final de una etapa. En su caso ocurrió lo contrario. Aquella derrota se convirtió en una forma de aprendizaje. No abandonó la política ni se retiró de la vida pública, sino que continuó trabajando y manteniendo su presencia en la isla. Cuatro años después, en 2023, los ciudadanos de Fuerteventura volvieron a votar. Y Lola García regresó a la presidencia del Cabildo, esta vez con un respaldo político más sólido, lo que muchos interpretaron como una confirmación de su liderazgo.
En cierto modo, su trayectoria parece dialogar con una reflexión de Miguel de Unamuno, el filósofo vasco que fue desterrado a Fuerteventura en 1924. Durante su estancia en la isla escribió una frase que resume bien la lógica de la perseverancia: “El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”. La historia política de Lola García parece encajar con esa idea. Tras ganar en 2019 y perder la presidencia por una moción de censura, siguió insistiendo hasta volver a alcanzar el cargo cuatro años después.

Hoy, como presidenta del Cabildo de Fuerteventura, gobierna con una mezcla de cercanía y pragmatismo. Quienes la conocen señalan que su estilo mantiene algo del carácter docente que marcó su primera vida profesional. Escuchar primero, explicar las decisiones y recordar que las instituciones tienen sentido cuando mejoran la vida de las personas que viven en la isla. Fuerteventura afronta retos importantes: el equilibrio entre turismo y territorio, la mejora de los servicios públicos, la gestión del crecimiento demográfico o la protección de un paisaje que define la identidad majorera.
Esfuerzo tranquilo
Cuando Miguel de Unamuno llegó desterrado a Fuerteventura quedó profundamente impresionado por el carácter de la isla y de sus habitantes. En uno de sus textos escribió: “Fuerteventura es la isla de la desnudez, de la austeridad y de la verdad”. El filósofo veía en ese paisaje austero una escuela de resistencia moral, una tierra donde el horizonte obliga a desarrollar paciencia y donde la vida enseña a perseverar.
Quizá por eso la trayectoria de Lola García resulta tan reconocible para muchos majoreros. Porque su historia —la de la niña que creció en un colegio, la maestra que volvió a su aula, la política que perdió la presidencia y regresó para recuperarla— parece responder a esa misma lógica de esfuerzo tranquilo y persistente que caracteriza a la isla. Hoy preside Fuerteventura con la mirada puesta en mejorar la vida de sus habitantes, pero en ella siguen conviviendo todas las Lolas: la niña del García Blairzy, la maestra de Educación Física, la directora de colegio, la mujer de Gran Tarajal que camina por su playa y la presidenta que gobierna la isla. Una trayectoria que, de alguna manera, refleja ese espíritu austero y resistente que Unamuno creyó descubrir en Fuerteventura hace más de un siglo.
