160 millones de hectáreas quemadas en todo el mundo y la temperatura del mar en máximos. Así comienza 2026, que parece postularse como un año de calentamiento extremo, en un planeta ya recalentado por la quema de combustibles fósiles y pendiente de la posible llegada de El Niño, que seguirá alterando las temperaturas a escala global.
Este contexto mundial aterriza en Gran Canaria Gran Canaria en un panorama muy concreto marcado por un cambio en el patrón de sus incendios forestales. Tras analiza los fuegos que han afectado a la isla entre 2000 y 2020, un estudio de la ULPGC apunta que se registran menos incendios, pero son cada vez son más peligrosos y devastadores.
Cuatro grandes incendios
Durante esas dos décadas, se registraron 988 incendios en Gran Canaria, pero solo cuatro grandes fuegos de más de 1.000 hectáreas concentraron el 97,6% de toda la superficie quemada. Es decir, apenas el 0,4% de los incendios explica prácticamente todo el daño territorial de esos 20 años.
El estudio pone como ejemplos los incendios de 2007, 2017, 2019 y 2020. El de 2007, que afectó al suroeste de la isla, quemó unas 18.684 hectáreas y sigue siendo el mayor incendio registrado oficialmente en Canarias. El de 2019, con los fuegos de Artenara y Valleseco, obligó a evacuar a más de 10.000 personas, la mayor evacuación por incendio forestal en la historia del Archipiélago.
La clave, por tanto, ya no está solo en cuántas veces arde la isla, sino en qué ocurre cuando el fuego aparece en las peores condiciones. Calor, sequedad, viento, calima, vegetación acumulada y viviendas próximas al monte pueden convertir un incendio puntual en una emergencia de gran dimensión.
La cercanía de viviendas
Uno de los conceptos centrales del estudio es la llamada interfaz urbano-forestal. Se refiere a esas zonas donde las casas, fincas, carreteras o pequeños núcleos rurales están pegados al monte o rodeados de vegetación.
En esos espacios, el fuego deja de ser solo un problema ambiental para convertirse en un riesgos para vecinos, infraestructuras y servicios de emergencia. Y el problema es que Gran Canaria tiene muchas zonas donde se mezclan viviendas dispersas, accesos complicados y vegetación. Eso, según los investigadores, hace que el territorio sea más vulnerable cuando llega un gran incendio.

Campo abandonado
El estudio insiste en que el riesgo no depende únicamente del clima. También tiene mucho que ver con cómo ha cambiado el paisaje. El abandono de actividades agrícolas y ganaderas ha dejado en muchas zonas más vegetación acumulada y menos espacios que actúen como cortafuegos naturales.
Donde antes había cultivos, pastos o terrenos trabajados, ahora puede haber matorral y masa vegetal más continua. Esa transformación facilita que el fuego avance con más intensidad. Por eso, la investigación plantea que el riesgo de incendio en Gran Canaria es también territorial y social, depende de cómo se vive, se ocupa y se gestiona la isla.
Más días de calor extremo
A ese cambio del territorio se suma el aumento del calor. La investigación analiza los días con temperaturas iguales o superiores a 30 grados entre 1991 y 2020 y detecta una tendencia al alza. Gran Canaria suma cada vez más jornadas de calor extremo, con un aumento medio cercano a medio día adicional por año.
Y no es solo una cuestión de verano. Los investigadores advierten de que las condiciones favorables al riesgo empiezan a aparecer fuera de la temporada clásica de incendios. El fuego de febrero de 2020 es un ejemplo. Se produjo con calima, temperaturas anómalas para la época y mucha sequedad acumulada, sin necesidad de estar en pleno agosto.
Preparar la isla
El estudio apunta como conclusión que no basta con tener medios para apagar incendios. Gran Canaria necesita preparar mejor el territorio para que, cuando llegue el fuego, no encuentre una isla tan vulnerable.
Y eso implica reducir combustible vegetal, recuperar paisajes en mosaico, ordenar mejor las viviendas en zonas de riesgo y reforzar la prevención alrededor de las casas.