Alzad la mirada: Lo que el Papa no sabe que me dijo

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Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

Hay una foto que guardo con más cuidado del que aparento. Estoy yo, con una sonrisa que no pude controlar, estrechando la mano del Papa Francisco. No besándosela, que era lo que marcaba el protocolo y que yo desconocía por completo, sino dándole la mano como se la doy a cualquier persona a la que respeto. Le miré a los ojos y le dije, con toda la naturalidad del mundo, “encantado de conocerle”. Él levantó la vista, sonrió y respondió algo tan sencillo como inesperado: “Yo también”.

La escena apenas duró unos segundos, pero hay momentos que terminan ocupando mucho más espacio en la memoria del que ocuparon en el tiempo. Porque mientras aquella mano estrechaba la mía, allí no estaba únicamente el hombre que aparecía en la fotografía. También estaba el niño que fui, el que creció en un barrio humilde, el que aprendió antes de tiempo que la vida no siempre reparte las cartas de forma justa y el que escuchó más de una vez que había lugares reservados para otros, para personas que parecían haber nacido con más oportunidades, más contactos o más certezas.

No sé qué vio Francisco cuando me miró. Lo que sí sé es lo que vi yo. Vi a mi familia. Vi a las personas que me ayudaron cuando no tenían obligación alguna de hacerlo. Vi a quienes me enseñaron que el trabajo era mucho más que una forma de ganarse la vida y que la dignidad de una persona no depende jamás del dinero que tenga en la cuenta corriente. Vi las calles donde crecí, las conversaciones en los portales, las preocupaciones que se compartían en voz baja y los sueños que parecían demasiado grandes para el lugar desde el que intentábamos alcanzarlos. En aquel apretón de manos cabía mi barrio entero.

Quizá por eso estos días no he podido evitar pensar en aquella escena al conocer el lema con el que León XIV llega a Canarias: “Alzad la mirada”. Hay veces en las que una frase aparece en el momento exacto para recordarte algo que ya sabías, pero que habías olvidado escuchar. Y yo no he dejado de darle vueltas a esas tres palabras porque, de alguna manera extraña, resumen bastante bien buena parte de mi vida.

Alzar la mirada no consiste en sentirse superior a nadie. Tampoco significa olvidar de dónde vienes ni mirar por encima del hombro. Alzar la mirada es recordar quién eres cuando las circunstancias intentan convencerte de lo contrario. Es seguir caminando cuando los resultados tardan en llegar. Es entender que el lugar donde naciste explica una parte de tu historia, pero no tiene por qué escribir el final del libro.

A lo largo de los años he conocido a muchas personas que encarnan esa idea mejor que cualquier discurso. He conocido empresarios que pasaron meses sin cobrar para garantizar el sueldo de sus trabajadores. He conocido mujeres que levantaron negocios enteros cuando nadie apostaba por ellas. He conocido autónomos que tuvieron que empezar de cero más veces de las que deberían soportarse y que, aun así, encontraron fuerzas para volver a intentarlo. Siempre me han impresionado más esas historias que cualquier gran titular económico, porque hay una forma de valentía silenciosa en quien se levanta después de caer que merece mucho más reconocimiento del que suele recibir.

Vivimos tiempos en los que resulta demasiado fácil señalar culpables. Da la sensación de que hemos perfeccionado el arte de buscar responsables para todos los problemas mientras olvidamos la responsabilidad que cada uno tiene sobre las soluciones. Lo vemos en la política, en las redes sociales, en las organizaciones y, a veces, también en el mundo empresarial. Discutimos sobre quién tiene razón cuando quizá deberíamos dedicar más tiempo a preguntarnos qué podemos hacer juntos. Nos hemos acostumbrado a mirar al adversario cuando deberíamos estar mirando al horizonte.

Por eso me resulta tan interesante que el mensaje central de esta visita sea precisamente ese. Alzar la mirada implica levantar los ojos del ruido cotidiano para volver a encontrar lo importante. Implica reconocer la dignidad de quienes tenemos delante. Implica comprender que el progreso de una sociedad no se mide únicamente por sus indicadores económicos, sino también por la manera en que trata a quienes atraviesan momentos difíciles, por la capacidad de generar oportunidades reales y por el respeto con el que se construyen los puentes entre personas que piensan distinto.

No soy especialmente religioso. Lo digo con absoluta naturalidad y con el mismo respeto con el que otras personas viven su fe. Sin embargo, hay mensajes que trascienden cualquier creencia concreta porque hablan de algo profundamente humano. La dignidad, la compasión, el esfuerzo, la esperanza o la capacidad de levantarse después de una caída son valores que no pertenecen a ninguna confesión. Pertenecen a las personas. Y quizá por eso aquel encuentro con Francisco terminó significando mucho más para mí de lo que aparenta una simple fotografía.

Con los años he llegado a la conclusión de que la mayoría de nosotros avanzamos por la vida cargando historias que los demás nunca llegan a conocer del todo. Cada persona que nos cruzamos ha librado batallas invisibles, ha superado miedos que desconocemos y ha sobrevivido a momentos que jamás aparecerán en una biografía oficial. Tal vez por eso los gestos sencillos suelen ser los que dejan huella. Una palabra amable, una conversación a tiempo o una mirada sincera tienen a menudo más capacidad de transformación que los grandes discursos.

Aquel día, sin saberlo, el Papa me recordó precisamente eso. No por lo que dijo, que fue muy poco, sino por la manera en que lo dijo. Porque durante unos segundos no sentí que estuviera frente a una figura histórica, sino frente a una persona que miraba a otra persona. Y eso, en un mundo obsesionado con las jerarquías, los cargos y las apariencias, resulta mucho más extraordinario de lo que parece.

Bienvenido a Canarias, Santidad. Esta tierra, hecha de mar, de volcanes y de gente acostumbrada a abrirse camino incluso cuando el viento sopla en contra, entiende bastante bien lo que significa alzar la mirada. Aquí sabemos que la esperanza no consiste en esperar que las cosas mejoren solas, sino en seguir construyéndolas cada día. Sabemos que el futuro rara vez llega regalado y que casi todo lo que merece la pena exige esfuerzo, paciencia y una cierta dosis de fe, aunque no siempre sea una fe religiosa.

Y si algún día volvemos a encontrarnos, le confieso que esta vez sí sabré cuál era el protocolo. Pero también sospecho que volveré a hacer exactamente lo mismo que hice aquella tarde. Levantaré la mirada, le estrecharé la mano y sonreiré. No porque ignore las normas, sino porque después de todo este tiempo sigo creyendo que la mejor forma de encontrarse con otra persona es mirándola a los ojos, recordando de dónde vienes y sin olvidar jamás al niño del barrio que un día descubrió que los sueños no preguntan por el código postal antes de decidir dónde aterrizan.