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Imagen de una persona escuchando música. / CANVA

La banda sonora de mi vida

"Antes de que existieran los libros, las redes sociales o incluso gran parte de las palabras que hoy utilizamos, ya existía la música"

Hace unos días estaba en la cocina de casa, cantando Tragedia, de Marc Anthony, a pleno pulmón. No recuerdo qué estaba haciendo exactamente. Probablemente preparar el desayuno o recoger cualquier cosa de esas que forman parte de la rutina de un adulto. Lo que sí recuerdo es que, de repente, me encontré sonriendo mientras cantaba una canción que lleva años acompañándome y pensé en algo que nunca antes había pensado con demasiada profundidad: buena parte de mi vida podría contarse a través de la música.

Mientras desafinaba con entusiasmo, pensé que probablemente la historia de la humanidad también podría contarse a través de sus canciones.

Antes de que existieran los libros, las redes sociales o incluso gran parte de las palabras que hoy utilizamos, ya existía la música. Existía el ritmo de los tambores marcando el paso de las tribus, existían las voces que acompañaban ceremonias religiosas y existían aquellos cantos que servían para recordar historias cuando todavía no podían escribirse. Los cantos gregorianos llenaron monasterios durante siglos, las composiciones clásicas acompañaron coronaciones, guerras y revoluciones y, mucho antes de que aparecieran los auriculares, la música ya servía para exactamente lo mismo que sirve hoy: ayudarnos a sentir aquello que no siempre sabemos explicar.

Quizá por eso cada persona tiene una banda sonora distinta. La mía empezó en La Isleta. Empezó mucho antes de Spotify, mucho antes de YouTube y mucho antes de que una canción estuviera a un clic de distancia.

Recuerdo aquellas cintas de casete que grabábamos una y otra vez porque no había dinero para comprar discos completos. Recuerdo esperar delante de la radio para que sonara aquella canción que te gustaba y pulsar el botón de grabar en el momento exacto. Recuerdo incluso pegar con cinta adhesiva los huecos de las casetes para poder reutilizarlas y seguir construyendo aquella colección imposible de canciones prestadas, las canciones no aparecían cuando uno quería. Había que esperarlas, y quizás por eso las queríamos más.

Mi infancia tuvo mucho de Xuxa, de Bom Bom Chip y de aquellas canciones infantiles que llegaron después de Parchís. Pero si cierro los ojos y busco la fotografía más nítida de aquellos años, no me veo delante de una televisión; me veo dormido en la parte trasera de un coche. Porque mi generación todavía creció entre verbenas.

Mis padres salían y nosotros íbamos con ellos. No existía eso de quedarse en casa. Íbamos a las fiestas de los pueblos, a las romerías, a las plazas llenas de música y a las noches que parecían no terminar nunca. Y allí estaba yo, medio dormido, escuchando de fondo a las orquestas mientras intentaba vencer al sueño en el asiento trasero.

Creo que muchas de las canciones que hoy me emocionan entraron en mi vida sin pedir permiso, colándose por la ventanilla de aquellos coches, nunca mejor dicho, mamamos las verbenas de Canarias desde pequeños.

Luego llegó la adolescencia y la banda sonora cambió de golpe. Llegaron Britney Spears, los Backstreet Boys y los últimos coletazos de aquel Michael Jackson irrepetible que parecía capaz de poner de acuerdo al mundo entero. Llegaron también Chayanne, Thalía, Alejandro Sanz y Luis Fonsi. Y, de repente, uno empezó a descubrir que las canciones ya no solo servían para bailar, también servían para sentir.

Todavía puedo verme en el instituto de La Isleta, sentado en un pupitre cualquiera, convencido de que algunas canciones estaban siendo escritas específicamente para nosotros. Porque cuando tienes quince años, los cantantes no parecen artistas, parecen personas que conocen tus secretos.

Y allí estaban las canciones de Luis Fonsi acompañando esos primeros desamores que parecían el fin del mundo. Allí estaba Alejandro Sanz regalándonos tiritas para heridas que todavía ni siquiera sabíamos nombrar. Allí estaban esas letras que hoy escuchamos con cierta ternura, pero que entonces nos parecían documentos oficiales sobre el amor.

Y, por supuesto, estaban los Escalan Hi-Fi, o como lo conocíamos coloquialmente, los “escalanifis”. Aquellos playbacks, que convertían cualquier escenario en una versión en miniatura de los premios de la música. Durante unos minutos podías ser una estrella internacional delante de tus amigos. Podías bailar como Britney Spears, moverte como Chayanne o interpretar una canción de amor como si estuvieras llenando un estadio. Durante unos minutos podías ser quien quisieras ser, y quizá eso también era la música. La posibilidad de ensayar versiones de nosotros mismos antes de convertirnos en quienes realmente acabaríamos siendo.

Y entonces, sin que nadie nos avisara, llegó la vida adulta. Desaparecieron los Escalan Hi-Fi, dejamos de perseguir listas de éxitos y las canciones dejaron de ocupar el centro de nuestras conversaciones. O al menos eso parecía, porque la realidad es que la música nunca se fue a ninguna parte. Simplemente cambió de lugar, dejó de sonar en los altavoces para empezar a sonar en la memoria.

Con los años descubrí que las canciones hacen exactamente lo mismo que las personas. Algunas pasan fugazmente por nuestra vida y apenas dejan huella. Otras encuentran la manera de quedarse para siempre. Basta escuchar unos segundos para que vuelvan intactas las imágenes, los olores, las conversaciones y hasta las emociones que creíamos olvidadas.

Por eso siempre me ha parecido que la verdadera banda sonora de una vida no está compuesta por canciones, sino por momentos. Hay canciones que todavía me devuelven a las calles de La Isleta. Otras me llevan de vuelta a aquellos pupitres donde los problemas parecían enormes y, vistos desde hoy, eran apenas un ensayo de lo que vendría después. Algunas conservan el sabor de los primeros amores. Otras me recuerdan proyectos, viajes, amistades y etapas enteras que terminaron teniendo su propia melodía.

Y entre todas ellas hay algunas que, con el paso del tiempo, adquieren un significado completamente distinto. Hay canciones que uno escucha, y hay canciones que uno termina viviendo. 

A mí me ocurre con Reloj, no marques las horas. No sé si existe una canción que explique mejor la sensación de querer detener el tiempo cuando sabes que algo hermoso está a punto de terminar. Si pudiera elegir una canción para cantarle a mi abuela sería esa. Le pediría al reloj que no marcara las horas. Que se olvidara por una tarde de su trabajo. Que nos regalara otra sobremesa, otra conversación divertida, otro de esos abrazos que tenían la capacidad de curar cosas que ni siquiera sabíamos que estaban rotas. Le pediría unos minutos más para escuchar historias que entonces parecían repetidas y que hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar.

Y, si soy completamente sincero, también se la cantaría a algunos amores. a esos amores que vinieron para irse. A esas personas que un día ocuparon una parte importante de nuestra vida y que terminaron convirtiéndose en recuerdo. No para cambiar el final, la vida me ha enseñado que casi nunca podemos hacerlo. Pero sí para quedarme un poco más, cinco minutos más compartiendo una cena. Cinco minutos más caminando sin rumbo. Cinco minutos más creyendo que todavía quedaba tiempo.

Porque las despedidas no suelen doler cuando suceden, duelen después. Duelen cuando descubres que aquella conversación fue la última, que aquel abrazo fue el último o que aquella tarde aparentemente normal terminó convirtiéndose en un recuerdo irrepetible.

Muchos años después llegaron otras canciones, las canciones de los proyectos. Las canciones de las responsabilidades. Las canciones de las personas que aparecen en tu vida cuando ya no buscas compañeros de pupitre, sino compañeros de camino.

Durante mis años en el movimiento de jóvenes empresarios hubo una canción que siempre sentí especialmente cercana: Come Together. Más allá de su traducción literal, aquello de venir juntos o caminar juntos resumía perfectamente lo que ocurría en aquellos años, no recuerdo aquella etapa por los cargos, las reuniones o las fotografías. La recuerdo por las personas.

Por la sensación de estar rodeado de hombres y mujeres extraordinarios que creían que las cosas podían cambiar si había suficientes personas dispuestas a empujar en la misma dirección, por las amistades que nacieron allí y que todavía siguen acompañándome.

La recuerdo por las conversaciones interminables sobre el futuro de Canarias, por las risas después de los eventos, por la ilusión compartida y por la suerte de haber encontrado gente capaz de convertir los sueños colectivos en algo tangible. Con el tiempo muchos de aquellos compañeros terminaron formando parte de mi familia elegida. Y quizá por eso algunas canciones sobreviven a las modas, porque dejan de hablar de música y empiezan a hablar de nosotros.

Después llegaron otros ritmos. Llegó el reguetón. Llegó una nueva forma de entender las relaciones, el amor, el deseo y la propia vida. De repente aparecieron generaciones que hablaban de sentimientos de una manera completamente distinta a la nuestra. Lo que antes parecía eterno empezó a parecer temporal. Lo que antes era un tabú empezó a ocupar el centro de las conversaciones.

Y, aunque muchas veces nos empeñamos en criticar los cambios, la verdad es que cada generación acaba bailando las canciones que necesita para sobrevivir a su tiempo, nosotros hicimos exactamente lo mismo. Por eso hoy, cuando miro atrás, me doy cuenta de que mi vida no está dividida por años, está dividida por canciones, por artistas, por melodías. Por pequeños fragmentos de tiempo que siguen vivos cada vez que alguien pulsa el botón de reproducir.

Si algo le pido a la banda sonora de mi vida es que las canciones tristes ocupen poco espacio entre tanta alegría, que las despedidas sean pocas. Que los abrazos sean muchos. Que nunca me falten canciones para celebrar a los amigos que siguen sentándose a mi mesa ni motivos para brindar por las personas que todavía están aquí.

Y cuando llegue el final, cuando la película empiece a acercarse a los títulos de crédito, no sé qué canción estará sonando. Quizá sea una bachata, quizá un bolero, quizá un vals lento.

Lo único que espero es poder bailarlo bien apretado junto a las personas que son el amor de mi vida. Mi familia. Mis amigos. Y quizá, si la vida decide regalarme esa suerte, junto a esa persona que todavía esté por llegar o que haya decidido quedarse. Porque al final la verdadera banda sonora de una vida no la forman las canciones que escuchamos, la forman las personas con las que tuvimos la suerte de bailarlas.

Y si al darle al play por última vez lo que aparece es una sucesión de emociones intensas, de abrazos sinceros, de risas compartidas, de algunos llantos inevitables y de muchísimo amor, entonces habrá merecido la pena escuchar hasta el final.