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Florentino Pérez. / EFE

El bendito fútbol y la soberbia

El azar del fútbol, a veces, nos regala las evidencias y las razones poéticas que no encontramos en los otros escenarios de la vida diaria

Hay circunstancias que rige el azar. Nosotros venimos de un azar que desconocemos y nos marcharemos haciendo el mismo camino ignoto que hacen las hojas que caen de los árboles o las estrellas fugaces. Filosofamos, escribimos, investigamos en laboratorios y hasta algunos llegan a creerse dioses; pero al final estamos a la intemperie, a merced de aconteceres que no controlamos. Por eso quizá me gusta tanto el fútbol. Ya decía Albert Camus, que jugó a ese deporte de joven, que buena parte de lo que había aprendido se lo debía a lo que sucede en el terreno de juego. Y es que al final es todo un juego, aunque en ese juego también interviene el esfuerzo, la inteligencia y, por supuesto, la humildad y la carencia de arrogancia. Manda el destino, y aunque a veces parezca imposible  que se alineen los astros, terminan cayendo las grandes torres o todos esos que se creen que con dinero, poder o una puesta en escena desafiante pueden controlar el busilis de la existencia.

Yo soy de la Unión Deportiva Las Palmas. Cuando era pequeño e iba con mi abuelo y con mi padre al fútbol, aquel equipo era de todos, no tenía dueño, vestía con un equipaje de tela sin aspavientos y estaba integrado por jugadores que luego te podías encontrar por la calle. Sigo siendo amarillo y lo seré hasta el último de mis días. Eso no se negocia porque tiene que ver con la infancia y, a no ser que pudiéramos volver atrás para activar nuevas pasiones, ya está todo escrito desde los cinco o los seis años. Pero reconozco que, después de Las Palmas, y en aquella elección que hacíamos en el patio del colegio entre los grandes (aunque Las Palmas era un grande cuando yo era pequeño) elegí al Real Madrid, y mira que siendo de la Unión Deportiva podía tener razones de partidos decisivos de Liga, o de latrocinios coperos como aquel cinco a cero después de un cuatro a cero en el Insular, para no elegir al equipo merengue. Pero ya vengo diciendo que en el fútbol hay poco de lógica cuando uno se acerca a unos colores.

¿Señor equipo?

Me hice del Madrid, porque mi abuelo, que era más de la Unión Deportiva que yo, siempre repetía en el estadio que era un señor equipo en el campo, por cómo corrían y luchaban los jugadores, y por no rendirse nunca, y allí me acuerdo de ver a Velázquez, a Zoco o a Pirri corriendo arriba y abajo sin parar, sobre todo a Pirri, un todocampista como he visto pocos. Con los años disfruté, cuando vivía en Madrid, de la Quinta del Buitre, y no digamos de las Copas de Europa y de las grandes remontadas; pero aquel señorío se empezó a quebrar con Mourinho, que para mí representaba todo lo contrario a lo que me enseñó mi abuelo, y se remató con la no asistencia, por soberbia, a la gala del Balón de Oro en donde el equipo blanco había sido reconocido como el mejor de todos. Me pueden gustar algunas genialidades de Vinicius, pero su comportamiento hace que me aleje cada vez más del Real Madrid. Entre Rodri y él tengo claro que era el jugador español el que merecía el Balón de Oro. Lo que hizo el Real Madrid aquel día lo está pagando en cada partido desde entonces. Fue un acto de arrogancia y una falta de respeto al jugador del City y de la selección.

Desde ese momento volví a alejarme aún más, hasta que llegó Xabi Alonso, alguien que para mí sí representa esos valores del fútbol y del Real Madrid, un jugador al que le tienen que amarrar las botas todos esos divos que le han terminado echando a la calle, campeón del Mundo y de Europa con la selección y piedra angular del Liverpool o del Real Madrid a la hora de ganar Champions. Pero por encima de todo, hay un presidente que se cree el rey del mundo, como se lo está creyendo el otro desde Washington, aunque luego viene la vida y le demuestra lo frágil que es su poderío y lo grandioso que es el fútbol, porque el campo es grande, y once voluntades rindiendo al máximo le pueden ganar al escudo más laureado del planeta. Y encima el que marca la diferencia y el gol en el último segundo es un virguero grancanario. Ese acontecer de la vida y del azar ya no lo borra nadie, aunque algunos se nieguen a asumirlo. Seguirán con sus millones, sus prepotencias y sus soberbias, pero el fútbol hace lo que no hace la vida muchas veces. El equipo pequeño, casi en los últimos puestos de la tabla de Segunda, ha dejado a ese que quería ser Balón de Oro donde se merecían sus chulerías arrogantes. También a ese presidente que se cree que lo puede comprar todo con dinero. El azar del fútbol, a veces, nos regala las evidencias y las razones poéticas que no encontramos en los otros escenarios de la vida diaria.