La crisis del MV Hondius ha destapado algo más inquietante que un brote de hantavirus a bordo de un crucero. Ha puesto delante del espejo a una parte de la sociedad canaria que parece haber olvidado dónde vive, cuál es su posición en el mapa y qué significa ser territorio marítimo, atlántico y frontera entre continentes.
Sí, el Gobierno de Canarias hace bien en exigir información, coordinación y garantías antes de la llegada del barco a Tenerife. Eso no admite discusión seria. Resulta incomprensible que el Ministerio de Sanidad aceptara el traslado del buque a Granadilla de Abona a petición de la OMS sin una interlocución previa clara con las autoridades sanitarias del Archipiélago. No se trata de cuestionar la ayuda humanitaria, sino de respetar competencias, protocolos y capacidad operativa. En una emergencia sanitaria, la improvisación institucional nunca es buena consejera.
Pero una cosa es reclamar coordinación y otra muy distinta es deslizarse hacia el miedo irracional, el egoísmo o incluso la deshumanización. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en determinados discursos públicos y privados.
Basta abrir algunos grupos de WhatsApp, escuchar ciertas conversaciones o asomarse a redes sociales para encontrar mensajes cargados de histeria, rechazo y una especie de “que no vengan aquí” que produce escalofríos. Como si el barco transportara una amenaza apocalíptica. Como si la solución fuera dejarlo flotando frente a África hasta que el problema desaparezca por combustión espontánea.
¿Y si fueran familiares?
La pregunta es sencilla: ¿qué pensaríamos si a bordo estuvieran nuestros padres, nuestros hijos o nuestra pareja?¿Aceptaríamos con la misma contundencia que permanecieran en Cabo Verde esperando asistencia limitada? ¿Diríamos con tanta frialdad que “allí pueden atenderlos”? ¿O exigiríamos inmediatamente su traslado a un sistema sanitario avanzado y preparado?
Porque conviene recordar algo elemental: Canarias es el punto hospitalario de referencia en buena parte del Atlántico medio oriental. Lo es geográficamente, lo es logísticamente y lo es sanitariamente. Igual que una ambulancia en Las Palmas de Gran Canaria no llevaría a un herido grave a cualquier centro improvisado, sino al Insular o al Negrín, un barco con una emergencia médica seria en esta zona del Atlántico termina mirando inevitablemente hacia Canarias.
Y sorprende profundamente que haya canarios incapaces de entender algo tan básico sobre su propia posición en el mundo.
Signo de civilización
Si mañana viajáramos en un velero y este sufriera una emergencia cruzando el Atlántico Sur, ¿dónde querríamos ser evacuados? ¿A qué puerto pediríamos ayuda? ¿Qué reclamaríamos para los nuestros? La solidaridad marítima no es una opción estética ni un capricho ideológico: es una norma no escrita de civilización. Una obligación moral que ha permitido sobrevivir durante siglos a quienes viven y navegan junto al océano.
Canarias, además, debería comprenderlo mejor que nadie. Las Islas llevan décadas viendo llegar cayucos, pateras y embarcaciones al límite de la tragedia humana. Hemos asistido a rescates imposibles, naufragios y dramas colectivos. Y precisamente por eso resulta todavía más desagradable contemplar cómo algunos intentan convertir esta crisis sanitaria en un arma política.
Uso político
Especialmente llamativo es el comportamiento de ciertos sectores que se reivindican progresistas, humanistas, situados a la izquierda de la izquierda y defensores de la solidaridad marítima cuando los migrantes llegan en cayuco, pero que ahora parecen sufrir una especie de cortocircuito ideológico porque los afectados son pasajeros de un crucero internacional. De repente aparecen discursos sobre colonialismo, pureza genética, privilegios o turistas ricos que no deberían “venir a ocupar recursos”.
¿En qué momento una emergencia sanitaria se convierte en una competición de pureza ideológica? ¿Cuál es exactamente el problema urgente aquí: la gestión médica o la oportunidad de construir un relato político rentable?
Porque los virus no preguntan por la cuenta corriente ni por el origen social del pasajero. Y la obligación ética de asistir a personas en una emergencia tampoco debería depender del perfil sociológico de quienes necesitan ayuda.
Alarmismo
El otro gran combustible de esta crisis ha sido el alarmismo. Da la impresión de que algunos ya imaginan una nueva pandemia mundial desembarcando por Granadilla. Conviene rebajar la teatralidad.
Canarias recibe cerca de 19 millones de turistas al año. Cada semana atracan en los puertos del Archipiélago barcos de medio mundo, muchos de ellos procedentes de rutas internacionales con controles sanitarios que la mayoría de la población desconoce por completo. Miles de personas aterrizan diariamente en aeropuertos canarios desde decenas de países distintos. Y nadie vive permanentemente instalado en el pánico epidemiológico.
Eso no significa minimizar el hantavirus ni actuar con irresponsabilidad. Significa entender que existen protocolos, aislamiento, vigilancia epidemiológica y sistemas sanitarios preparados precisamente para gestionar este tipo de situaciones. La medicina moderna no funciona a golpe de histeria colectiva.
Turismo de cruceros
Además, hay una pregunta incómoda que casi nadie parece querer hacerse en voz alta: ¿qué esperábamos exactamente cuando convertimos nuestros puertos en destinos permanentes de cruceros turísticos?
Canarias lleva años apostando por el turismo marítimo internacional como motor económico. Celebramos récords de escalas, pasajeros y facturación. Vendemos nuestros puertos como plataformas atlánticas abiertas al mundo. Y el mundo, precisamente, trae consigo movimiento constante de personas, mercancías, riesgos y emergencias.
La globalización no consiste únicamente en recibir beneficios económicos. También implica asumir responsabilidades y gestionar situaciones complejas cuando aparecen problemas. Como adultos. No se puede presumir de ser un gran nodo turístico internacional y actuar después como si cualquier incidente sanitario fuera una invasión extraterrestre.
Apuesta firme
Y aquí aparece quizá la reflexión más incómoda de todas.
Claro que hay que acoger al barco. Claro que hay que tratar a los enfermos. Claro que hay que aislar los casos, extinguir el brote y utilizar todos los medios disponibles para evitar riesgos mayores. Es nuestra responsabilidad porque podemos hacerlo y porque tenemos capacidad sanitaria para ello.
¿O alguien cree realmente que mandando el problema a Nigeria, a Mauritania o a cualquier otro lugar desaparece mágicamente? ¿Eso es lo que hacemos cuando alguien de nuestra propia comunidad tiene un problema serio? ¿Apartarlo para no verlo?
Hay algo profundamente decadente en esa reacción instintiva de “que se lo lleven lejos”, como si la distancia borrara las responsabilidades morales o sanitarias. Porque los problemas globales no desaparecen desplazándolos hacia territorios con menos recursos. Lo único que desaparece es nuestra conciencia.
Quizá por eso estamos como estamos. Porque hemos confundido protección con egoísmo, prudencia con miedo y solidaridad con discurso de pancarta. Y porque demasiada gente parece haber olvidado que las sociedades fuertes no se definen por cómo reaccionan cuando todo va bien, sino por cómo responden cuando el problema llama a su puerta.
