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William González Guevara. Fotografía de ©Isabel Permuy

Cara de crimen

El libro de William González Guevara, que estará en Gran Canaria la próxima semana, ganó el premio Espasa de poesía contando, desde dentro, la vida de los pandilleros centroamericanos

El Sumi que no llegó a serlo. Así se titula uno de los poemas más impactantes de Cara de crimen, el libro de William González Guevara premiado con el VIII Premio Espasa de Poesía. Los Sumi son un grupo de pandilleros violentos y vinculados al tráfico de drogas de Managua. Los Sumis son familiares de William. El poeta vivió en Managua hasta los once años y vio cómo actuaban los Sumis. Se salvó por su madre, que lo sacó del país y lo trajo a España para que estudiara, para que leyera, para que no lo mataran. En muchos lugares de Centroamérica no se elige el destino. La violencia campa por todas partes y, de repente, los niños de once o doce años se adentran en las pandillas, son asesinados, asesinan, consumen drogas, trafican y, casi siempre, mueren prematuramente o escriben su vida futura en cárceles tan peligrosas como las calles de esas ciudades sin ley. Allí, escribe el poeta, “las tumbas son vendidas a un precio prematuro/ por miedo a que se acaben las zanjas del mundo”.

“En este barrio de cazuelas negras,/los padres nunca llevan a sus hijos/ a conocer el hielo,/sí el pelotón de fusilamiento.” Esos versos entrecomillados también son de William González Guevara. Siempre escribo su segundo apellido porque William no sería quien es sin su madre. Ella fue la que lo trajo a España, la que se instaló en Carabanchel, la que limpió casas y trabajó duramente para que él se convirtiera en filólogo, en periodista cultural; pero, sobre todo, en poeta. En su libro Los nadies (Hiperión, 2022 – XXV Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal), William recuerda que “en esas escaleras que pisáis/ están fosilizadas las huellas de mi madre/fundidas con hipoclorito sódico.” Con los años, ese niño al que le salvan las bibliotecas, ganó el premio Hiperión con Inmigrantes de segunda, el IV Premio de Poesía Hispanoamericana Francisco Ruiz Udiel con Me duele respirar, y ahora regresa a las librerías con Cara de crimen, un libro en el que se cruzan el poeta y el periodista, el niño nicaragüense y el joven madrileño, para contarnos, desde dentro, con toda su crudeza y con toda la emoción, quiénes son los pandilleros, los maras o los Sumis de los países centroamericanos, y para contarnos la propia Centroamérica desde tres miradas que forman las tres partes del poemario, la territorial, la visceral y la de la diáspora. 

William dedicó varios años a entrevistar a esos pandilleros y a contarlos luego en versos con toda su terrible verdad, con la rabia y con esa sensación de fracaso que deja en las calles cientos de cadáveres de menores sin más vida que su cuerpo tatuado de símbolos gregarios y la lealtad a quien siembre más violencia o consiga más droga con la que poder escapar de sus infiernos cotidianos. En sus poemas de la segunda parte de Cara de crimen se recogen los testimonios de esos pandilleros en cursiva o reinterpretados en unos versos que se vuelven crónicas poéticas y sintetizadas de esas vidas que se convierten en deslumbrantes destellos gracias a la mano sabia del poeta.

Visita a Gran Canaria

“El miedo disminuye/ si escribes lo que duele”. Ha sido valiente William contando lo que cuenta y dándole voz a quienes no nos hablarían nunca al oído, en un cara a cara de palabras, en nuestras propias conciencias, porque cualquiera de nosotros podría haber sido uno de ellos, víctimas o verdugos, y finalmente muertos o presos, como era el destino de este poeta que estará por Gran Canaria la semana que viene contándonos ese libro y sus referentes poéticos, porque William es, por encima de todo, poeta. Podría haber contado esas entrevistas en novelas, en reportajes de periódicos o en cuentos. Estaría más protegido y contextualizado, pero lo ha trazado en pocos versos, sin que sobre ninguna palabra, sin maniqueísmos ni juicios previos, con los adjetivos necesarios y con el alma de quien agradece a la vida no haber sido uno de ellos gracias a los libros, a la educación y a su propio esfuerzo. Una vez le pregunté a William, cuando tenía veintitrés años, si pensaba escribir novelas, y me contestó tajante que siempre sería poeta y que buscaría contar el mundo, con toda su crudeza y con todo lo bello que nos rodea, desde la métrica o el verso libre, y no es fácil ese camino; pero él conoce el terreno que está pisando, logra lo que tantas veces nos parece un imposible, y así se lo reconocen miles de lectores y, por suerte, también algunos de los premios más importantes de nuestras letras. “

Yo estaba destinado a ser un Sumi/ a matar gente, comerciar con droga/ a recorrer las plazas de los parques/ con bolsitas en los bolsillos”. Así empieza uno de los poemas de Cara de crimen que les conté unos renglones más arriba. Y así acaba: “Yo estaba destinado a ser un Sumi/ mi madre lo evitó vistiendo mi niñez/con libros, poemarios y novelas.” Nos queda la palabra, como escribió un día Blas de Otero. La palabra que sigue salvando tantas existencias, la que se renueva y la que reinventa William González Guevara para contar a quienes hasta ahora solo eran minutos de sucesos en los telediarios. También nos cuenta la vida de los que llegan buscando futuro en otras patrias y en otros territorios, a veces despiadados con quienes solo tratan de sacar a sus hijos adelante. Nos salva la cultura; pero no hay cultura sin educación y sin un esfuerzo diario para evitar que también la bombardeen los bárbaros empeñados en borrarnos de la faz de la tierra. Gracias, William, por contarte y por contarlo.