Maquinar no era un verbo que anticipara nada bueno cuando yo era niño. Si alguien preguntaba qué estabas maquinando es que ya intuía que te ibas a escapar con los amigos a bañarte en alguna mareta o que te aventurabas con esos mismos amigos al pueblo vecino en bicicleta, o a zonas que te tenían prohibidas. Ese verbo se usaba mucho antes, como trajinar o trastiar, pero con el tiempo se han ido cambiando por otros verbos más clónicos y menos eufónicos y certeros para describir la acción que están contando. Las máquinas entonces eran solo de Flipper o tenían que ver con los aparatos de la cocina, con aquellas primeras batidoras o con la trituradora de carne que apareció en todas las casas como si nos prepararan para el futuro. Los discos todavía eran de vinilo y los más avanzados en comunicación eran los que tenían aparatos de radioaficionados.
Con el tiempo, la máquina fue ganando terreno sin que nos diéramos cuenta, y ahora somos nosotros una prolongación de ella, y ya es ella la que trajina y la que nos dice lo que tenemos que hacer desde que salimos de la cama, y ahora mismo es la que nos pregunta cuando llamamos por teléfono para cualquier consulta en el banco, en la propia empresa telefónica y ya hasta para pedir que nos traigan una compra a casa. Los chatbots, que al principio nos pudieron facilitar los primeros pasos, ya se han hecho con casi todo el proceso de los trámites. Primero te pregunta quién eres, luego te llama por tu nombre, te pide disculpas por la espera y te va derivando al departamento que corresponde a tu demanda, a tu queja o a tu petición de consulta; pero en ese proceso, una vez la sacas del sí y del no, se hace un lío y te hace repetir la razón de tu trámite un montón de veces, hasta que te desesperas y cuelgas, o es ella misma la que dice que llames en otro momento, aunque lo hace con esa educación y esa reverencia que estilan los hipócritas hasta que te das cuenta de que te están robando la cartera.
Sin salida
Uno pide un humano que le atienda desesperadamente, pero a los humanos los están cambiando por las máquinas al otro lado del teléfono, y hay quebrantos, tonos de voz o puntos de vista, toda esa subjetividad de los mortales, a donde no llega la cibernética. Y así estamos como estamos, porque ahora es la IA la que contesta y casi va improvisando lo que quiera que le preguntamos. Al final, solo los más resistentes y los más recalcitrantes son los que terminarán por solucionar algún problema, porque la mayoría sale a escape sin resolver lo que venía buscando.
Repites una y otra vez la operación a ver si no se da cuenta de que eres tú, cambias la voz, tratas de ser más amable, pero no hay manera de escaparte: te conoce hasta cuando bostezas, y además del DNI, que es lo primero que te pide, para que no olvides que no eres más que un número, no se escapa nadie desde que el azar de la propia máquina nos dejó convertidos en dígitos que no elegimos y que tuvimos que memorizar para existir en un mundo que no sabíamos hacia dónde iba a terminar navegando.
Humanos operadores
La gente ya habla y le pregunta a esas máquinas por cualquier acontecer de su vida cotidiana, y el algoritmo va buscando respuestas hasta que se queda sin batería o sin argumentos, Y entonces se va por donde vino, o se apaga, o te dice que lo intentes más tarde porque los operadores (a los humanos nos llama operadores) están todos ocupados. Y yo lo que creo es que todos los operadores, los unos y los otros, los de la luz, los del gas, los del seguro o los del teléfono, estamos ocupados porque no hacemos más que llamar a todas horas sin encontrarnos, como en aquellos boleros lacrimosos que nunca terminaban bien para que la gente acabara llorando.
Solo pedimos otro humano que entienda nuestras palabras y nuestras quejas, nada más, Yo engañaba a los chatbots eligiendo siempre la contratación de algún producto en lugar de la reclamación o la solución de un problema. Hace años conseguía burlarlos y hablar entonces con un ser humano, pero se conoce que mucha gente hacía lo mismo porque ahora me derivan a otro teléfono, a una página web, o directamente al whatsapp para que siga en contacto con ella, en ese caso escribiendo, aunque ahí también llega un momento en que no entiende el sentido de mis letras y me vuelve a dejar a la intemperie.
