Joaquín Martínez

Opinión

El efecto látigo

Emprendedor y empresario

Guardar

Una de mis grandes pasiones es el cine. Otro día hablaremos de como este sector se ha convertido en pocos años en una parte importante de la economía canaria, pero hoy quería centrarme en Michael Burry, un personaje que se hizo conocido a raíz de la crisis de 2008 y sobre todo a partir de que su historia fue contada en la película “La Gran Apuesta” (The Big Short, 2015, Adam Mckay).

El Dr. Burry (interpretado en la ficción por Christian Bale) era un neurólogo que en sus noches de guardia se dedicaba a su verdadero hobby, las finanzas. Se hizo famoso por ser el fundador y gestor de un fondo llamado Scion Capital que, en el contexto de la crisis de las puntocom a principios de siglo, lograba batir al mercado año tras año. Pero fue justo antes del estallido de la burbuja inmobiliaria, entre 2005 y 2006, cuando tras investigar lo que estaba sucediendo con el mercado hipotecario decidió adquirir CDS (Credit Default Swaps) contra determinados bonos de hipotecas. Él, a nivel personal, obtuvo una ganancia personal de más de 100 millones de dólares y sus clientes del fondo más de 700.

Por supuesto, también ha tenido errores en sus pronósticos a lo largo de su carrera como inversor. Por lo que no es dogma de fe todo lo que exprese, aunque sí creo que es una de esas personas que es interesante escuchar lo que dice para luego investigar sobre ello y sacar nuestras propias conclusiones.

En los últimos días Burry ha hablado de un término económico poco conocido, “el efecto látigo”, y cómo piensa que este fenómeno va a suponer un impulso deflacionario a corto plazo. Por tanto, quiero explicarles de qué se trata este efecto y qué consecuencias puede tener en la economía a nivel global.

Se trata, grosso modo, de fallos en las estimaciones de la demanda que afectan a toda la cadena económica: consumidor, retail o minorista, mayorista y proveedor de materias primas. Esto afecta a los llamados stocks de seguridad de inventarios de las compañías. Los errores en estas estimaciones se van multiplicando en forma de onda expansiva o golpe de látigo en cada una de las cadenas, por lo que una pequeña distorsión en el inicio de la cadena, supone una distorsión mucho más grande en el final de la misma.

Este era un problema no demasiado grave en un mundo globalizado, en el que era fácil reubicar excedentes de producción sin mayor problema. Pero por el aumento de los costos de transporte no es tan fácil trasladar esta mercancía sobrante a mercados secundarios. En su lugar, ahora las empresas deben soportar los costes de mantenimiento y almacenamiento de esta mercancía que no se vende.

El COVID generó una distorsión de desabastecimiento por el parón en la producción, y cuando hemos podido abrir la economía de nuevo la estimación de lo que se iba a comprar por parte de los consumidores no ha sido acertada. Y no hablamos de que el señor que regenta la tienda de ropa del barrio se haya equivocado, hablamos de que Amazon ha reportado un incremento de ventas por primera vez en años de menos del 10% y, sin embargo, sus inventarios han crecido un 47%.

Muchas empresas se han aprovisionado en exceso y aumentado su inventario sin tener en cuenta que al cliente final ahora le está apretando la inflación general, el aumento de los tipos de interés y los impuestos, además de que se empieza a rebajar la alegría postpandemia. Este complejo escenario podría conducir a menores ventas y posiblemente menores precios al consumidor, excluyendo alimentos y energía, en los próximos meses.

Es decir, en lo esencial (energía, alimentación, alquileres, etc.) seguiremos con precios altos y una inflación que se come nuestras entradas de renta, pero en productos que no son de primera necesidad como textil, automoción, mobiliario o tecnología, podrá verse como los precios bajan como consecuencia de un escenario con exceso de stock y baja demanda.

Quizás el problema resida en que el modelo de cadenas de suministro estaba planificado para un mundo globalizado, que no necesita tener inventarios. Pero, ¿y si después de las restricciones surgidas de la pandemia, nos encontramos en un mundo en plena desglobalización?