Me han llamado farandulero y, después de pensarlo, he decidido no recurrir. Me gusta hablar, disfruto de un escenario y tengo una facilidad considerable para acabar metido en una conversación. Tampoco me disgusta una cámara. A estas alturas, hacerme pasar por un señor discretísimo que sufre cada vez que lo enfocan exigiría una interpretación bastante más trabajada que cualquiera de las que me atribuyen. Lo de farandulero puedo aceptarlo. Hasta tiene un nombre bonito. Lo de vendehumos, que también ha aparecido, merece que nos sentemos un rato.
Entiendo que alguien entre en mis redes y no sepa muy bien a qué me dedico. Hay pódcast, opiniones, reflexiones sobre la vida y vídeos en los que hablo de muchas cosas. Casi veinte años de trabajo no caben en una primera impresión, pero tampoco he ayudado demasiado a que se vean. Me he dedicado durante años al marketing y la comunicación y he contado regular mi propio oficio. En casa del herrero, una estrategia de contenidos francamente mejorable.
Mucha gente me conoce por mi etapa como presidente de Jóvenes Empresarios, de la que estoy profundamente orgulloso. Aquella responsabilidad me permitió representar, aprender y conocer a personas extraordinarias. Mientras tanto, mi vida profesional continuaba en las empresas, en la formación, en los proyectos de marketing y en todo ese trabajo que había que sacar adelante cuando terminaba el acto. La foto se quedaba en un sitio y las obligaciones venían conmigo. Como suele ocurrir, las obligaciones tienen bastante menos problema que las personas para recordar dónde vives.
De todos esos años hay algo que me importa especialmente: los clientes que han vuelto. Conseguir que alguien te contrate una vez puede deberse a muchas cosas. Has sabido venderte, te han recomendado bien, llegaste en el momento oportuno o simplemente te dieron una oportunidad. Cuando esa persona vuelve, la conversación empieza en otro lugar. Ya ha trabajado contigo. Conoce la distancia entre lo que prometes y lo que entregas. Incluso puede que haya visto alguna de tus limitaciones, y aun así considera que merece la pena volver a contar contigo. Ahí hay una confianza que cuesta bastante más construir que una buena presentación.
Por supuesto, también hay gente que no volvió. He cometido errores, he tomado malas decisiones y he tenido que convivir con sus consecuencias. Una trayectoria de verdad incluye cosas que uno preferiría no enseñar. Por eso me interesa tanto saber qué hace un profesional cuando se equivoca. El día en que todo sale bien somos estupendos casi todos. Cuando hay que escuchar una queja, reconocer un fallo y dedicar tiempo a resolverlo, aunque ese tiempo ya no se facture, empieza a conocerse mejor el oficio. La responsabilidad tiene esa incomodidad: sigue trabajando cuando el entusiasmo ya se ha ido a casa.
Quiero ganar dinero. Mucho, si puede ser. Me gusta que los proyectos funcionen, que las empresas crezcan y que el trabajo tenga una recompensa. Pero cuando me siento delante de un cliente también pienso si dentro de diez años podremos volver a sentarnos con las mismas ganas. Esa pregunta cambia unas cuantas decisiones. A veces obliga a recomendar algo más sencillo, a reconocer que lo que te piden no va a servir o a dejar pasar una venta que podrías cerrar perfectamente. Prefiero una reputación rentable durante veinte años que una venta extraordinaria durante veinte minutos.
Quizá por eso me sorprende la facilidad con la que hemos empezado a confundir ser conocido con ser una garantía. Vemos muchas veces a alguien, nos familiarizamos con su cara y acabamos sintiendo que lo conocemos. Después llega una recomendación, una propuesta o un consejo y ya entra con parte del trabajo hecho. Es comprensible. A todos nos ocurre. Lo delicado es el momento en que dejamos de preguntarnos por qué deberíamos fiarnos. Haber aparecido muchas veces en nuestro teléfono no equivale a haber respondido bien cuando alguien lo necesitaba.
Hay personas que explican de maravilla quiénes son. Las escuchas y todo parece sólido: el discurso, la seguridad, la manera de colocar cada palabra. Sin embargo, cuando intentas averiguar qué hicieron, qué salió de aquello o quién puede contarlo desde el otro lado, la conversación pierde una precisión sorprendente. El éxito está descrito con muchísimo detalle; el trabajo que supuestamente lo produjo, bastante menos. Hay currículums que, en cuanto les pides un ejemplo, se convierten en declaraciones de intenciones.
Y nosotros también colaboramos. Nos gusta que nos hablen con seguridad, que nos simplifiquen las dificultades y que alguien prometa poner orden donde llevamos meses sin saber qué hacer. Una persona que reconoce dudas puede parecer menos preparada que otra que responde a todo. Qué cosa más extraña: pedir experiencia y desconfiar de las cautelas que deja haberla tenido. A lo mejor convendría escuchar con más atención a quien necesita hacernos preguntas antes de ofrecernos una solución. Suele ser una señal de que está pensando en nuestro problema.
Lo digo con cierto cuidado porque yo también comunico, vendo, doy formación y procuro ilusionar a las personas. Sé que una buena idea necesita encontrar palabras que la hagan llegar. Me encanta ese trabajo y disfruto haciéndolo. Precisamente por eso siento la responsabilidad de que lo que cuento pueda sostenerse después. Si alguien toma una decisión porque confía en ti, las consecuencias ocurren en su vida. Conviene acordarse de eso antes de ponerse demasiado creativo con las promesas.
Además, tampoco creo que llevar muchos años trabajando nos conceda una superioridad automática. El tiempo puede darte criterio o permitirte repetir el mismo error con una antigüedad respetable. Hay personas que empiezan y trabajan con un rigor admirable. Lo que me interesa es cómo se preparan, qué saben hacer, hasta dónde llega lo que ofrecen y si están dispuestas a responder por ello. Esa exigencia sirve para quien acaba de abrir y para quienes ya tenemos unas cuantas historias que contar.
Y en mi caso hay una tarea pendiente: trabajar bien tampoco me exime de explicar bien mi trabajo. Si enseño casi siempre la parte pública, no puedo esperar que los demás adivinen todo lo que hay alrededor. Tendré que contar mejor cómo nace un proyecto, qué necesita una empresa cuando nos llama y cuánto trabajo comparten las personas que lo hacen posible. También qué aprendemos cuando algo falla. Me interesa que se vea esa parte, porque ahí suceden muchas de las cosas de las que me siento orgulloso.
Seguiré haciendo pódcast, opinando y subiéndome a los escenarios. Disfruto demasiado de todo eso como para castigarme con una solemnidad que no me corresponde. Tampoco quiero que cumplir años me quite las ganas de jugar, de crear o de hacer un poco el personaje. Aspiro a conservar esa alegría y a seguir trabajando con personas que puedan reconocerme también cuando termina la función. Que me llamen farandulero, si quieren. A mí me importa que, después de haber trabajado juntos, sigan teniendo ganas de llamarme.
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