La generación de la papita dulce

"En Canarias, cuando alguien es especialmente dócil, amable, blando o excesivamente complaciente, todavía decimos que es una papita dulce"

Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

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En Canarias, cuando alguien es especialmente dócil, amable, blando o excesivamente complaciente, todavía decimos que es una papita dulce. La expresión, nacida en una tierra donde la papa fue durante siglos sustento y supervivencia, mezclaba ternura e ironía. Dulce no significaba solo sabor. Significaba fácil, llevadero, agradable. Una papita dulce era algo que no ofrecía resistencia, que no daba guerra.

Durante generaciones, esa frase se utilizó casi como advertencia. Este no está hecho para la pelea. Y en una tierra de emigración, de jornales duros, de crisis repetidas y de vidas levantadas a base de sacrificio, la pelea no era una metáfora, era la realidad cotidiana.

Hoy la utilizamos con cariño. A un niño tranquilo. A alguien empático. A quien habla de emociones sin vergüenza. Y, sin embargo, mientras más la escucho, más pienso que hemos convertido a una generación entera en papitas dulces, y no por su culpa.

Vivienda

La juventud actual lo está pasando objetivamente mal. Acceder a una vivienda es casi una quimera. En Canarias, el precio del alquiler ha subido de forma sostenida en los últimos años mientras los salarios no han acompañado ese ritmo. Muchos jóvenes, incluso con estudios superiores, encadenan contratos temporales, becas mal remuneradas o trabajos que no les permiten construir un proyecto de vida autónomo. No estamos hablando de caprichos. Estamos hablando de dignidad básica.

A esa dificultad estructural se le suma una paradoja educacional. Hemos criado a nuestros hijos queriéndoles evitar el dolor, queriéndoles facilitar el camino, queriéndoles ahorrar la pelea que nosotros tuvimos que librar. Lo hicimos por amor, sin duda. Pero a veces, sin querer, les robamos algo esencial: la capacidad de resistir.

Les dimos la papita dulce. Y no me refiero a consentirlos en exceso, sino a algo más profundo. Les acostumbramos a un entorno donde el error debía ser suavizado, donde la frustración era casi un fracaso del adulto, donde el conflicto debía gestionarse con algodón. Mientras tanto, el mundo real seguía siendo áspero, competitivo, desigual y, en ocasiones, brutal.

Aprendizaje

He leído estos días la noticia sobre la creación de un buzón para denunciar irregularidades en la gestión de becarios. Y quiero ser muy claro: cualquier abuso debe ser perseguido. Nadie defiende la explotación. Pero también debemos preguntarnos qué mensaje estamos lanzando cuando convertimos el aprendizaje en sospecha permanente y el entorno empresarial en territorio hostil por defecto.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que acercarse a alguien con experiencia, a un empresario, a un profesional consolidado, era una oportunidad. No porque fueran poderosos en el sentido de inalcanzables, sino porque podían ofrecer algo valioso: conocimiento, visión, red de contactos, criterio. Estar cerca era aprender. Hoy, en determinados discursos, parecería que acercarse a quien sabe más es casi peligroso.

Y eso es preocupante. Porque si logramos que quienes tienen algo que aportar se replieguen por miedo a ser señalados, ¿quién va a acompañar a los jóvenes en su entrada al mundo real? ¿Quién va a enseñarles cómo se negocia un contrato, cómo se levanta una empresa, cómo se sobrevive a una mala racha?

Juventud

La juventud que yo conozco, y es mucha, es extraordinaria. Es sensible, empática, capaz de hablar de salud mental sin tapujos, comprometida con causas sociales que mi generación apenas entendía. Son dulces, sí. Y esa dulzura es una conquista cultural enorme. Han aprendido a poner palabras donde antes solo había silencio.

Pero esa misma dulzura, cuando no se equilibra con resiliencia, los convierte en blanco fácil de un sistema que no es dulce. Un mercado laboral que no espera a que estés preparado emocionalmente. Un alquiler que no entiende de ansiedad. Un proyecto empresarial que no se sostiene solo con buenas intenciones.

Aquí es donde creo que nos hemos equivocado también en el sistema educativo. Confundimos integración con preparación. Confundimos amabilidad con exigencia. Pensamos que educar es hacer el entorno más cómodo, cuando en realidad debería ser hacerlo más comprensible y más entrenable.

La vida no integra. La vida selecciona, aprieta, exige. Y eso no significa que debamos convertir las aulas en trincheras, pero sí que deberíamos asumir que el objetivo de la educación no es proteger indefinidamente, sino preparar progresivamente.

Herramientas

Yo mismo, cuando era joven, no tenía demasiado claro para qué servía el sistema educativo. Lo veía como una obligación más que como un entrenamiento. Con el tiempo entendí que no estaba diseñado para ser amable, sino para darte herramientas. El problema es que ahora, en nombre de la protección, estamos limando tanto las aristas que olvidamos el entrenamiento.

No podemos dar siempre la papita dulce. Porque cuando salgan a la calle, cuando intenten emprender, cuando negocien su primer salario, cuando se enfrenten a un fracaso, lo que encontrarán no será dulce. Y la sensación de injusticia será todavía mayor, porque nadie les explicó que el mundo no está diseñado para adaptarse a cada uno de nosotros.

Esto no es un reproche a la juventud. Es una autocrítica generacional. Nosotros, que quisimos hacerlo mejor que nuestros padres, quizá hemos oscilado demasiado hacia el extremo de la comodidad emocional. Y mientras tanto, el acceso a la vivienda se complica, los proyectos de vida se retrasan y la frustración crece.

Necesitamos una juventud sensible y fuerte. Empática y exigente. Capaz de hablar de emociones, pero también de soportar presión. Capaz de denunciar abusos, pero también de reconocer oportunidades de aprendizaje. Capaz de reclamar derechos, pero también de asumir responsabilidades duras.

Acompañar

Tal vez la verdadera tarea no sea endulzar más el camino, sino acompañarlos mientras lo recorren. Decirles la verdad sin crueldad. Explicarles que el mundo es duro, pero que ellos pueden ser más duros todavía, sin perder su humanidad.

La papita dulce fue, en su origen, una metáfora cariñosa en una tierra que sabía lo que era pelear. Quizá ha llegado el momento de recuperar esa memoria. No para volver a la dureza sin emociones, sino para entender que el cariño verdadero no consiste en evitar la batalla, sino en enseñar a librarla.

Si queremos que tengan proyectos de vida plenos, casa propia, trabajo digno y capacidad de elegir su futuro, tendremos que dejar de educarlos solo para sentirse bien y empezar a educarlos también para resistir. Porque el mundo no va a volverse más suave. Pero ellos, si los preparamos de verdad, pueden volverse más sólidos sin dejar de ser extraordinarios.