Esta mañana me levanté a las cinco. Me puse a ver las noticias y, más tarde, salí caminando hacia la oficina. Al pasar por la frutería de al lado, Toño y Mari ya estaban a tope. Verlos me hizo volver a una idea que llevaba varios días rondándome la cabeza: cuánta gente tiene que empezar muy temprano para que los demás encontremos el día preparado. La fruta en su sitio, el café caliente, la calle limpia. Todo eso que parece estar ahí por arte de magia tiene detrás a alguien que también habría agradecido un ratito más en la cama.
Se habla mucho del club de las cinco de la mañana. Gente que se levanta temprano para entrenar, leer, meditar y organizar su vida antes de que empiecen las llamadas. Lo entiendo, porque ahora también aprovecho esas horas para hacer algunas de esas cosas. Pero mi relación con el despertador empezó de otra manera. Yo vengo de un barrio y pertenezco a ese otro club al que muchos entramos porque había que trabajar. Mi primera rutina de alto rendimiento consistía, básicamente, en no perder la guagua.
En marcha
Me acuerdo perfectamente de los años en los que trabajé en un bar del mercado de Altavista, en Gran Canaria. Abríamos a las seis de la mañana. A las seis había que estar en condiciones de atender a quien llegara, así que hagan ustedes las cuentas. Cuando pienso en aquella época, me reconozco en esa gente que hoy veo trabajando mientras todavía estoy terminando de despertarme. Conozco esa parte de la mañana. He estado ahí, al otro lado de la barra, poniendo en marcha un día al que después todavía le quedaban muchísimas horas.
Luego vinieron los años de la sastrería. Vivía en un barrio donde las conexiones de las guaguas eran las que eran, y llegar puntual al trabajo exigía empezar a organizarse bastante antes. Levantarte, prepararte el café con prisas, salir con margen y procurar que nada se torciera. La distancia entre tu casa y tu trabajo también se mide en horas de sueño. Eso lo sabe muy bien quien depende de una guagua y tiene que levantarse antes para llegar a la misma hora que los demás.
Valores
A mí me inculcaron que al trabajo había que llegar puntual, que había que ser responsable, que si alguien contaba contigo tú tenías que estar. Lo tengo tan metido dentro que todavía hoy, siendo el jefe, intento cumplir con esa misma seriedad, aunque a veces no llegue a todo. Hay cosas que uno aprende de joven y se lleva puestas a cualquier despacho. Yo sigo llevando conmigo a aquel muchacho que se tomaba el café corriendo y salía pendiente de la hora. Reconocerlo me ayuda a recordar de dónde vengo y a mirar con más respeto a quienes están haciendo ahora ese mismo recorrido.
Últimamente estoy volviendo a entrenar a primera hora. Y hay algo que me llama mucho la atención: la alegría de muchas de las personas con las que me encuentro. Hace unos días regresé a un gimnasio al que llevaba tiempo sin ir y una señora me dijo que se alegraba mucho de volver a verme. Me hizo ilusión. Así de sencillo. Aquella mujer se había fijado en mí, se acordaba y quiso decírmelo. A una hora en la que yo todavía estaba poniendo el cuerpo de acuerdo con mis intenciones, ella tuvo ese gesto de cariño. Hay mañanas que empiezan a mejorar porque alguien te hace sentir bienvenido.
Cosas hechas
Quizá por eso, al volver a casa después de entrenar, empecé a mirar más despacio los bares. Allí estaban, con sus uniformes, alrededor de un café. Personas a punto de entrar a trabajar y otras que seguramente ya llevaban un buen rato haciéndolo. Pensé en ese cortadito como un pequeño ritual, unos minutos para ellos antes de seguir. Una conversación, un saludo, alguien que conoce lo que tomas. Me gusta pensar que también nos sostenemos así, haciéndonos un poco de compañía antes de salir a cumplir con todo.
Hace un tiempo escribí sobre el barrendero de mi barrio. Ahora me doy cuenta de que sigo mirando hacia el mismo lugar: hacia las personas cuyo trabajo forma parte de nuestra vida, aunque muchas veces ni siquiera sepamos cómo se llaman. Nos acostumbramos muy rápido a encontrar las cosas hechas. Pasamos por la calle recién barrida, pedimos el desayuno, compramos la fruta y seguimos. Detrás se queda alguien que ha puesto una parte de su mañana al servicio de la nuestra.
Horario que cumplir
Por eso quiero escribir sobre ellos. Sobre quienes madrugan porque no les quedan más huevos, porque hay un horario que cumplir y un sueldo que hace falta. Sobre esa gente de barrio entre la que crecí y a la que sigo sintiéndome unido. Gente que puede llevar encima sus preocupaciones y aun así preguntarte cómo estás. Esa capacidad de conservar un gesto amable en mitad del cansancio me conmueve cada vez más. Con los años voy entendiendo lo que cuesta y, precisamente por eso, lo mucho que vale.
También quiero que puedan descansar. Que el reconocimiento alcance para algo más que decirles qué trabajadores son. Que tengan un sueldo digno, tiempo para los suyos y una vida en la que no todo dependa de seguir aguantando. Les tengo demasiado cariño como para convertir su cansancio en una virtud obligatoria. Ojalá todos pudiéramos elegir alguna vez a qué hora empieza nuestro día y quedarnos un rato más junto a quien queremos.
Su presencia importa
Esta mañana, al pasar por la frutería, pensé en todo eso. En Toño y Mari, en el mercado de Altavista, en las guaguas de mi barrio y en aquella señora que se alegró de verme. Yo hoy puedo dedicar algunas de mis primeras horas a cuidarme, y agradezco poder hacerlo. Pero sigo sintiendo una cercanía muy profunda con quienes a esa hora ya están trabajando. Veo sus uniformes, sus cafés, sus prisas, y reconozco una parte de mi vida.
Ojalá estas palabras les hagan sentir algo parecido a lo que aquella señora me hizo sentir en el gimnasio: que alguien se ha fijado en ellos y se alegra de encontrarlos. Que su presencia importa. Que detrás del delantal, de la escoba, de la barra o de las cajas de fruta hay una persona a la que merece la pena mirar a los ojos. Buenos días, Toño. Buenos días, Mari. Buenos días a toda esa gente madrugadora que lleva tantos años abriéndonos la mañana. Hoy quería que fueran ustedes quienes se encontraran algo preparado al llegar: estas palabras y mi cariño.
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