El jardín que también me estaba arreglando por dentro

"Yo no sé si a todo el mundo le pasa, pero a mí la casa me habla mucho de cómo estoy. Cuando estoy bien, cuido los detalles. Me fijo en la luz, en el orden, en el olor, en las flores secas que hay que quitar o en el cojín que habría que cambiar de sitio"

Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

Estos días me ha dado por hacerme mi propio espacio en casa. No sé muy bien en qué momento exacto empezó, pero sí sé por qué. Supongo que porque llevaba un tiempo necesitando respirar distinto. Necesitando notar que había un rincón del mundo, aunque fuera pequeño, que se pareciera un poco más a mí y a la paz que estaba buscando. Empecé casi sin darme cuenta, moviendo una planta de sitio, probando una maceta en una esquina, limpiando una mesa, imaginando cómo entraría mejor la luz en una zona concreta del salón. Y, de pronto, aquello dejó de ser solo una cuestión de decoración. Me estaba haciendo un jardín, sí, pero también me estaba intentando cuidar.

Lo curioso es que muchas veces uno empieza estas cosas pensando que solo está ordenando la casa. Que solo está poniendo bonito un rincón. Que solo está entreteniéndose. Pero no. En mi caso había algo más. Había una necesidad de reconstrucción, de ternura conmigo mismo, de volver a sentir que mi casa podía abrazarme un poco más. Porque hay épocas en las que uno tira, trabaja, responde, produce, sonríe incluso, pero va dejando pequeñas partes de sí mismo para después. Y llega un momento en que el cuerpo, la cabeza o el ánimo te piden algo sencillo pero urgente: atiéndeme.

Casa

Yo no sé si a todo el mundo le pasa, pero a mí la casa me habla mucho de cómo estoy. Cuando estoy bien, cuido los detalles. Me fijo en la luz, en el orden, en el olor, en las flores secas que hay que quitar, en el cojín que habría que cambiar de sitio, en esa planta que necesita una maceta más grande. Cuando estoy más triste, en cambio, aunque siga haciendo mi vida, noto que algo se apaga también alrededor. No siempre de una forma escandalosa. A veces simplemente dejo de mirar con cariño. Y eso, que parece una tontería, para mí no lo es.

Por eso estos días, mientras he estado pendiente de mis plantas, del carrito, de las macetas blancas, del rincón interior, de cuál iba mejor a la sombra y cuál necesitaba más luz, me he dado cuenta de que estaba haciendo algo más profundo que decorar. Estaba intentando devolverme belleza. Y no digo belleza en el sentido superficial, sino en el sentido de tener un espacio que me haga bien, que me ordene un poco por dentro, que me recuerde que también merezco vivir en un sitio que me cuide.

Hay una imagen que me ronda mucho. La de verme en casa, solo, recolocando plantas, limpiando hojas, apartando algunas que no terminaban de funcionar donde estaban, buscando el lugar exacto para otras. Parece una escena mínima, casi doméstica, casi insignificante, pero para mí tenía algo de verdad. Porque mientras movía todo aquello, también sentía que estaba intentando recolocarme yo. Había tristeza, sí. Esa tristeza que no siempre se explica fácil, que a veces no tiene un gran titular, pero que se mete en el cuerpo como una niebla fina. Esa que no te rompe del todo, pero te desgasta. Esa que te hace sentir más cansado, más sensible, más necesitado de refugio. Y al mismo tiempo, en mitad de eso, había alegría. Una alegría pequeña, pero limpia. La de ver que un rincón quedaba bonito. La de encontrar armonía. La de notar que todavía hay cosas capaces de entusiasmarme.

Autocuidado

Quizá por eso me dan tanta rabia esos discursos que convierten el autocuidado en una tontería o en una frivolidad. Como si cuidarse fuera una cosa de personas ociosas, como si sentirse bonito fuera superficial, como si querer una casa agradable fuera un capricho. Yo no lo veo así. Yo creo que hay momentos en los que peinarte mejor, ponerte una ropa con la que te gustes, ordenar tu cuarto o hacerte un pequeño jardín en casa puede ser una manera muy digna de decirte: no te voy a abandonar.

A veces no necesitamos una gran revolución. Necesitamos abrir las ventanas. Necesitamos barrer. Necesitamos cambiar una planta de sitio. Necesitamos comprar una maceta que nos haga ilusión. Necesitamos poner un poco de orden en lo de fuera para que lo de dentro no se nos termine de desordenar. Y eso, lejos de ser poca cosa, puede convertirse en una tabla de salvación. Porque la vida adulta, con todas sus exigencias, sus pérdidas, sus decepciones y sus cansancios, a veces nos va endureciendo sin pedir permiso. Y de pronto un gesto tan sencillo como poner verde una esquina de tu casa puede devolverte una parte de la sensibilidad que creías dormida.

En mi caso, además, había algo casi simbólico. Querer crear un espacio propio. Uno mío. Uno que hablara de calma, de gusto, de tiempo, de intención. Un sitio donde sentarme y sentir que estoy a salvo, aunque sea por un rato. Un lugar que no esté pensado solo para correr, producir o resolver, sino también para estar. Y eso, dicho así, parece fácil, pero no siempre lo es. Nos acostumbramos tanto a vivir deprisa, a usar la casa como estación de servicio, a llegar solo para ducharnos, dormir y volver a salir, que olvidamos lo importante que es construir un espacio que también nos repare.

Ganas

Yo he sentido tristeza estos meses, y no me avergüenza decirlo. He tenido días más apagados, más raros, más sensibles. Días en los que uno se siente más vulnerable de lo habitual y no sabe muy bien si necesita descanso, compañía o silencio. Pero también he sentido una alegría bonita al verme con ganas de recuperar partes de mí. Al comprobar que aún me ilusiona poner una planta en un lugar nuevo. Al descubrir que todavía me importa la belleza. Al entender que seguir queriendo estar bien también es una forma de esperanza.

Porque de eso va, en el fondo, hacerse un jardín. De esperanza. De creer que algo puede crecer si le das atención. De asumir que no todo brota en el mismo momento y que no todas las plantas sirven para todos los rincones. De aprender a observar, a tener paciencia, a no forzar. Y eso también se parece mucho a la vida. Hay etapas en las que uno necesita sol y otras en las que necesita resguardo. Hay momentos para expandirse y momentos para recogerse. Hay días de flor y días de poda. Lo importante es no dejar de cuidarse justo cuando más falta hace.

Me parece que hemos aprendido muy poco a tratarnos bien. Sabemos exigirnos, apretarnos, culparnos, compararnos, pero no siempre sabemos atendernos. No siempre sabemos regalarnos un entorno amable. No siempre entendemos que vivir bonito, dentro de las posibilidades de cada uno, no es postureo: es salud emocional. Es dignidad. Es descanso. Es una forma de amor propio bastante más real que muchas frases huecas.

Ojalá habláramos más de esto. De lo importante que es cuidarse sin culpa. De lo necesario que es sentirse bonito a veces. De lo mucho que ayuda tener un espacio que acompañe. De la cantidad de heridas silenciosas que se alivian cuando uno deja de tratarse como una máquina y empieza a tratarse como una persona. Con atención. Con mimo. Con intención. Yo pensé que estaba haciendo un jardín. Y quizá sí. Pero la verdad es que, mientras lo hacía, entendí que también me estaba arreglando un poco por dentro. Y esa, seguramente, era la parte más importante de todas.