Recuerdo perfectamente aquel día en el colegio en el que miraba atentamente a Miguel Ángel, mi profesor de ciencias sociales. Yo debía de tener siete u ocho años y él rondaría la treintena. Para mí era un señor increíblemente mayor. Un adulto absoluto. Un hombre que, estaba convencido, tenía todas las respuestas del universo guardadas en algún cajón invisible de su mesa.
Sabía por qué llovía, por qué había guerras, por qué algunos países eran ricos y otros pobres y, seguramente, también sabía por qué a veces uno se ponía triste sin motivo. Yo lo observaba con la seguridad con la que se mira a quien lo tiene todo resuelto. Lo curioso es que hoy tengo algunos años más de los que tenía Miguel Ángel entonces y sigo improvisando en muchos aspectos de la vida. Y no solo no se ha acabado el mundo, sino que, en parte, gracias a eso sigo avanzando.
Nos educaron para parecer seguros, no para reconocer que estamos aprendiendo. Nos enseñaron a levantar la mano cuando sabíamos la respuesta, pero no a decir en voz alta que no tenemos ni idea. Con el tiempo entendí que crecer no consistía en encontrar un manual secreto, sino en asumir que nadie lo tenía. Que la vida adulta no llega con un folleto dentro de la caja. Que lo más parecido a una instrucción es mirar alrededor y darse cuenta de que todos, absolutamente todos, están haciendo lo mejor que pueden con lo que tienen.
¿Duermen tranquilos?
En el plano profesional sucede algo parecido. Tendemos a pensar que los cargos altos duermen tranquilos porque lo controlan todo. Que los directores, los gerentes, los jefes de departamento o los empresarios caminan con un mapa clarísimo bajo el brazo. La realidad, mucho más humana, es que muchos de ellos simplemente han aprendido a improvisar con mejor postura y menos ruido. Tienen más experiencia tomando decisiones, sí, pero eso no significa que tengan todas las respuestas. Significa que se han equivocado más veces y han sobrevivido a ello.
En el plano personal la improvisación es todavía más evidente. Nadie nos dio una clase sobre cómo despedirse de alguien que ya no está. Nadie nos explicó cómo se gestiona un cambio de etapa, una ruptura, una decepción o esa sensación extraña de sentarte un domingo por la tarde en el sofá y sentir nostalgia de algo que ni siquiera sabes definir. Aprendemos viviendo, no estudiando. Y, aunque a veces lo olvidemos, eso nos iguala bastante.
También está la parte social, esa cultura del “todo bajo control” que vemos en escaparates digitales y discursos perfectamente ensayados. Fotografías impecables, frases motivacionales y vidas aparentemente ordenadas. Luego sales a la calle, hablas cinco minutos con cualquier persona y descubres que todos tienen dudas, inseguridades y planes que se van ajustando sobre la marcha. La diferencia no está en quién improvisa y quién no, sino en quién se permite reconocerlo sin vergüenza.
Con la edad, además, aparecen detalles que antes parecían insignificantes y ahora se convierten en señales inequívocas de que el tiempo avanza. Esa nostalgia inesperada al escuchar una canción antigua. Las conversaciones que empiezan con un “¿te acuerdas cuando…?”. Las risas cómplices al hablar de aquellas resacas que antes eran una anécdota y ahora son un acontecimiento biológico inevitable. No es drama, es perspectiva. Es descubrir que madurar no significa perder frescura, sino ganar contexto.
Y, sin embargo, hay algo profundamente liberador en aceptar que seguimos improvisando. No como quien va perdido, sino como quien entiende que la vida no es una coreografía ensayada, sino un baile que se aprende mientras suena la música. Improvisamos porque estamos vivos. Porque crecer no es ejecutar un guion perfecto, es escribirlo a lápiz mientras caminamos.
¿Lo sabe todo?
Tal vez la verdadera adultez no consista en tener todas las respuestas, sino en perder el miedo a no tenerlas. En entender que nadie llega a un punto en el que lo sabe todo y que, cuando miramos a nuestro alrededor, somos muchos más de los que creemos los que seguimos descubriendo el camino paso a paso. No es un club exclusivo ni una confesión vergonzosa. Es casi una reunión silenciosa de personas normales que, entre sonrisas cómplices, reconocen que la vida no trae manual… y que, aun así, seguimos adelante, y lo estamos haciendo bastante bien.
Y tal vez por eso, cuando cierro los ojos y vuelvo mentalmente a aquella clase, todavía puedo verme sentado en el pupitre mirando a Miguel Ángel con admiración absoluta, convencido de que él sí tenía el mapa completo de la vida desplegado sobre la mesa. Hoy entiendo que, probablemente, él también estaría improvisando mientras nos explicaba el mundo con la mejor de sus sonrisas, igual que lo hago yo ahora cuando alguien más joven me mira buscando respuestas que no siempre tengo.
Y hay algo profundamente hermoso en descubrir que aquellas certezas de niño no eran una mentira, sino una ilusión necesaria para crecer, porque nos daban confianza mientras aprendíamos a caminar solos. La emoción no está en descubrir que nadie lo sabía todo, sino en comprender que, aun así, todos siguieron adelante, enseñando, trabajando, queriendo y viviendo con una dignidad silenciosa. Y en ese momento, casi con ternura hacia mi versión pequeña, entiendo por fin que aquel manual de instrucciones que creía que existía nunca estuvo en ninguna parte; simplemente somos adultos que seguimos improvisando.
