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Imagen del barranco de Agaete en su desembocadura en Las Salinas el pasado 21 de marzo de 2026

La memoria y los barrancos

Sin intensidad de vivencias, no puede haber intensidad de recuerdos

La memoria es cada día más volátil. Una y otra vez repetimos que no habíamos visto nada igual, que como llovió hace unos días no había llovido antes, que nunca habíamos sentido tanto calor, o que jamás había habido una guerra como la última de las muchas guerras que leemos en los periódicos.

Tampoco guardamos las imágenes, ni las sensaciones de muchas de las vivencias que protagonizamos a diario. Si el atardecer es bello, sacamos la cámara. Si estamos en un cumpleaños, sacamos la cámara, si corre el barranco, sacamos la cámara, si marca un gol nuestro equipo y estamos en el estadio, sacamos la cámara. No dejamos que la memoria guarde nada, ni tampoco que el olvido pueda hacer algún día su trabajo para que nos devuelva lo que realmente vale la pena de lo vivido.

Palabra de Cervantes

Sin intensidad de vivencias, no puede haber intensidad de recuerdos. Ya lo dijo Cervantes cuando nos contó que lo que se sabe sentir es lo único que algún día sabremos escribir. Por eso cada vez tenemos menos argumentos, no solo para escribir, sino también para comparar, para ser más críticos y para que no nos engañen con mensajes que ya habíamos escuchado muchas veces con otros tonos y otros personajes.

Estos días, con las lluvias y los barrancos corriendo, son un ejemplo de todo lo que les cuento. En lugar de sentarnos y observar esas barranqueras que hacía años que no veíamos correr así, sacamos los móviles y decimos que estamos inmortalizando ese momento, y al final no sabes ni dónde lo terminas guardando: haces tres o cuatro envíos a los amigos, o subes las fotos a esas redes sociales que viven de tragarse todo lo que les echas, y no te acuerdas más de ese momento.

Memoria a salvo

Eso hace que al cabo de cinco o seis años, cuando llueva igual y corran otra vez los barrancos, ni siquiera te acuerdes de que ya los viste un día como nos acordábamos de las veces en que corrieron los barrancos antes de que fuéramos grabando todo lo vivido. Antes, con diez o quince fotos en papel, se contaba una vida, o sin ningún soporte: se contaba con la épica de las palabras y de aquella oralidad que luego convertíamos en imágenes los que no lo habíamos vivido, que así fue como nuestras abuelas nos contaron un tiempo que todavía se mantiene a salvo en nuestra memoria gracias a la intensidad con que ellas lo guardaron y lo contaron luego. 

Con el recuerdo nos está pasando lo mismo que sucedió con las calculadoras. Un buen día dejamos de dividir por más de dos cifras o de resolver raíces cuadradas, y si ahora nos pusieran esas operaciones delante no sabríamos resolverlas porque dejamos todo al cuidado de la máquina, y la máquina no está con nosotros, o no debería estar, en nuestros momentos de soledad y de recuerdos. Y si hubiera un apagón, además de no saber lidiar con las matemáticas que un día aprendimos, tampoco encontraremos las fotos que nos sirvan para saber quiénes fuimos.

Subconsciente

Creemos que esas imágenes están ahí, en las copias de seguridad o en los discos duros; pero no volvemos más a ellas. Las lluvias, las calimas o los barrancos corriendo siempre nos parecen un acontecimiento novedoso porque, poco a poco, hemos ido dejando que sus recuerdos no se asienten en nuestro subconsciente, que es al final quien escribe, quien recuerda, y quien también borra todo aquello que no nos servía o nos hacía daño. Lo mismo sucede con nuestro criterio y nuestra experiencia en la vida.

Cada vez pensamos menos, o tenemos menos tiempo para que se asiente lo que va sucediendo, y quizá sea esa la clave, que no pensemos y que creamos lo que nos dicen las máquinas o quienes juegan con nuestros pensamientos sabiendo que cada vez contamos con menos argumentos propios para cuestionarlos.