Ola de color

¿Y si este verano, además de una ola de calor, fuésemos capaces de provocar una auténtica ola de color?

Bomba de color./ ARCHIVO
Bomba de color./ ARCHIVO
Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

Hace unos días escuchaba en la radio que nos preparábamos para recibir una segunda ola de calor. Confieso que sonreí. No porque me entusiasmen los treinta y tantos grados ni porque disfrute sudando en mitad de una reunión, sino porque mi cabeza hizo uno de esos juegos de palabras que, de vez en cuando, aparecen sin pedir permiso.

¿Y si este verano, además de una ola de calor, fuésemos capaces de provocar una auténtica ola de color?

Del calor al color

Vivimos rodeados de alertas. Alertas meteorológicas, económicas, políticas y sociales. Abrimos el móvil y, antes del primer café, ya hemos consumido una dosis suficiente de malas noticias como para convencernos de que el mundo se está cayendo a pedazos. Parece que el miedo vende mejor que la esperanza y que el pesimismo tiene mejores departamentos de comunicación que el optimismo.

Y, sin embargo, basta salir a la calle para descubrir que la realidad también está llena de personas que sonríen, que ayudan, que emprenden, que levantan proyectos imposibles, que cuidan de los suyos y que, sin hacer demasiado ruido, consiguen mejorar un poco la vida de quienes tienen alrededor.

El verdadero cambio

Quizá por eso llevo tantos años empeñado en una idea que algunos consideran ingenua y que yo sigo defendiendo con absoluta convicción: las personas cambian empresas mucho antes de que las empresas cambien personas.

Durante mucho tiempo pensé que mi trabajo consistía en crear proyectos, organizar eventos, impartir formación o ayudar a las organizaciones a crecer. Hoy me doy cuenta de que todo eso era únicamente el vehículo. Lo verdaderamente importante siempre ha sido otra cosa: conseguir que alguien salga de una conversación creyendo un poco más en sí mismo de lo que creía una hora antes.

 El mejor indicador

No hay mejor indicador de éxito que ese.

En los últimos meses estoy recibiendo decenas de mensajes de personas que me cuentan que un vídeo les hizo reflexionar, que una publicación les arrancó una sonrisa o que una conferencia les animó a tomar una decisión que llevaban demasiado tiempo posponiendo. Y cada vez que leo uno de esos mensajes pienso exactamente lo mismo: quizá el trabajo más bonito del mundo no sea vender, comunicar o formar. Quizá el trabajo más bonito del mundo sea recordar a las personas de qué son capaces cuando vuelven a confiar en ellas mismas.

Aprender a soltar

No siempre he pensado así. Sería hipócrita decir que este camino ha sido fácil. Ha habido etapas en las que el mundo empresarial me pesó más de la cuenta. Etapas en las que confundí el liderazgo con la obligación de cargar con todo y

con todos. Personas que prometieron remar contigo y que, sin darte cuenta, terminaron convirtiéndose en un ancla. Situaciones en las que uno invierte tiempo, ilusión y confianza esperando construir algo compartido y descubre, demasiado tarde, que hay quien solo estaba esperando a que fueras tú quien sostuviera el peso.

Un año transformador

Durante un tiempo llegué a pensar que quizá dirigir significaba desconfiar más, endurecerse más y sentir menos; menos mal que estaba equivocado.

Porque este 2026 está siendo, probablemente, el año más transformador de mi vida. No porque todo haya salido bien. Al contrario. Muchas de las decisiones que he tomado han sido difíciles. Algunas incluso dolorosas. Pero todas tienen algo en común: me han devuelto a ese lugar donde siempre fui feliz y del que, sin darme cuenta, me había alejado.

Sumar en lugar de restar

He dejado de invertir energía en convencer a quien no quería caminar conmigo para dedicarla a quienes llegan con ilusión, con ganas de construir y con esa maravillosa costumbre de sumar en lugar de restar. Y eso cambia absolutamente todo.

No sé si algunos lo llamarán madurez. Otros hablarán de crecimiento personal. Habrá quien prefiera decir que son los años. Incluso habrá quien lo explique hablando de ciclos, de karma o de espiritualidad.

Las conversaciones lo cambian todo

A mí, sinceramente, me da igual el nombre. Lo único que sé es que vuelvo a levantarme con la misma ilusión con la que empecé a emprender hace muchos años. Con la misma curiosidad por conocer personas nuevas. Con las mismas ganas de sentarme a tomar un café del que nazca una idea capaz de mejorar una empresa, una asociación, un barrio o, simplemente, la vida de alguien.

Porque he descubierto que las mejores oportunidades no nacen de una hoja de cálculo, nacen de una conversación.

Recorrer Canarias

Y quizá por eso este verano me apetece tanto seguir recorriendo Canarias. Compartir tiempo con quienes quiero. Descubrir proyectos valientes. Encontrarme con personas que todavía creen que hacer las cosas bien sigue siendo una buena estrategia. Llenar auditorios, empresas y mesas de trabajo de conversaciones que hablen más de posibilidades que de excusas.

Quiero seguir construyendo espacios donde la gente salga con más energía de la que tenía cuando entró. Eso, para mí, siempre ha sido el éxito.

Elegir el color

No aspiro a que todo el mundo piense como yo. Ni siquiera a gustarle a todo el mundo. Hace tiempo entendí que la vida es demasiado corta para intentar convencer a quien ya ha decidido mirar el mundo desde el gris.

Prefiero rodearme de quienes aún creen que una sonrisa puede cambiar una reunión, que una palabra de ánimo puede cambiar un día y que una persona ilusionada puede terminar cambiando una organización entera. Porque eso también es contagioso, mucho más de lo que imaginamos.

Una ola de color

Así que, mientras los informativos siguen hablando de olas de calor, yo quiero proponer otra previsión para este verano.

Una previsión sin mapas, sin termómetros y sin avisos meteorológicos. Una inmensa ola de personas que compartan, que abracen, que emprendan, que colaboren, que se atrevan, que vuelvan a creer, que celebren los pequeños logros, que hagan equipo y que entiendan que la felicidad, igual que la ilusión, solo tiene sentido cuando se comparte.

La temperatura emocional

Al fin y al cabo, no podemos decidir la temperatura que marcará el verano, pero sí podemos decidir la temperatura emocional que dejamos en cada conversación.

Yo ya he elegido. Este verano no quiero formar parte de una nueva ola de calor. Quiero dedicar todas mis fuerzas a contagiar una enorme … “Ola de color”.