Esta mañana me molestó un «me gusta». Así, escrito, parece una bobería. Con todas las cosas que uno tiene que resolver, hay que ver las ganas de complicarse la vida mirando dónde pone el dedito cada cual. Yo también me lo dije. Pero seguí pensando en aquello, porque detrás de algunos gestos pequeños hay historias bastante grandes. Y la que a mí me dolía tenía que ver con haber dado la cara por alguien.
Quizá te haya pasado. Defender a un compañero en una reunión en la que habría sido más cómodo permanecer callado. Enfrentarte a tu familia por una pareja. Salir en defensa de un amigo cuando todos parecían tener clarísimo que lo mejor era dejarlo caer. Recuerdas la conversación, el tono, el disgusto que te llevaste a casa. Y recuerdas, sobre todo, por qué lo hiciste: había una persona que te importaba al otro lado de aquella decisión.
Defender tiene consecuencias. A veces supone una discusión; otras, una puerta que se cierra o una relación que se estropea. En ese momento aceptas el precio porque crees en quien tienes al lado. Lo conoces, lo quieres, confías en él. Incluso puede que veas sus defectos perfectamente, pero consideres que merece una oportunidad, un trato más justo o alguien que explique lo que los demás parecen empeñados en ignorar.
Incoherencia
El problema aparece cuando, pasado el tiempo, ves a esa persona acercarse con absoluta naturalidad a quienes tú te enfrentaste por defenderla. Tú sigues con las consecuencias de aquella pelea y ella parece desenvolverse estupendamente entre sus protagonistas. Entonces te preguntas qué lugar ocupa, en su memoria, todo lo que ocurrió. Si alguna vez se ha detenido a pensar cuánto te costó estar ahí.
Las redes tienen esa capacidad de sentarte delante de escenas para las que nadie te ha preparado. Entras a distraerte y encuentras una familiaridad que desconocías, un entusiasmo que te sorprende, una complicidad que te deja mirando la pantalla unos segundos de más. Un gesto aislado explica poco. Pero tú llegas a él con una historia entera. Y esa historia no cabe debajo de una fotografía.
Siempre he querido que la gente que camina conmigo crezca, se haga visible y encuentre su espacio. Me gusta animar a otros a dar un paso al frente. Precisamente por eso cuesta tanto explicar esta decepción: uno puede alegrarse de que alguien avance y, al mismo tiempo, sentirse profundamente dolido por cómo está haciéndolo. Esperabas una conversación, un reconocimiento, algo que te permitiera sentir que tu lealtad había significado lo mismo para los dos.
Vínculo
Creo que ahí hay una expectativa que pocas veces decimos en voz alta. Cuando estamos por alguien, damos por hecho que esa persona también estará por nosotros. Nunca hemos hablado de las condiciones ni firmado ningún acuerdo. Sencillamente, entendemos que eso forma parte del vínculo. Por eso, cuando llega nuestra dificultad, buscamos su presencia con tanta naturalidad. Y por eso pesa tanto encontrar una distancia que no esperábamos.
Todo se vuelve más complicado cuando hay un proyecto compartido que empieza a torcerse. Llegan las dificultades y, con ellas, las explicaciones. Quién hizo qué, quién estuvo menos, quién tendría que haber tomado aquella decisión. Yo he pasado mucho tiempo mirándome por dentro, buscando ayuda y revisando mis errores. Ha habido momentos en los que estaba tan dispuesto a encontrar mis fallos que apenas me quedaban fuerzas para preguntar por las responsabilidades de los demás.
También ocurre en familias, amistades y equipos: alguien acostumbra a tirar del carro y el resto termina organizándose alrededor de esa costumbre. Hasta que un día esa persona se rompe, se agota o simplemente necesita ayuda. Entonces se descubre cuánto dependía todo de que siguiera pudiendo. Y resulta doloroso que la primera pregunta sea por qué ha dejado de hacerlo, mientras queda pendiente otra igual de necesaria: qué podemos asumir los demás.
Cuando uno no puede estar como antes, sigue siendo necesario saber qué hizo cada persona con lo que tenía a su cargo. Qué resolvió, qué dejó pendiente, qué decisiones evitó. Haber estado mal no convierte a nadie en la explicación completa de un fracaso compartido. La autocrítica sirve para aprender; asumir por sistema toda la culpa acaba impidiendo que se examine el resto.
Acercamientos
Por eso hay acercamientos que remueven tanto. Se juntan el desgaste, las dudas sobre uno mismo y la sospecha de que alguien está buscando una posición más cómoda mientras tú continúas intentando arreglar lo que quedó atrás. No puedo saber qué intención hay detrás de cada gesto. Pero sí puedo reconocer la tristeza de sentir que una historia importante para mí puede estar siendo tratada por otra persona como un asunto ya amortizado.
Nadie firma una obligación de conservar nuestras enemistades. Además, conviene revisar aquellas batallas que asumimos por voluntad propia. Yo también tengo que preguntarme por qué me metí en algunas y si volvería a hacerlo. Ahora bien, elegir a quién defiendes no vuelve irrelevante la respuesta de quien recibió tu apoyo. Hay una diferencia entre llevar una cuenta de favores y esperar consideración. Confundir ambas cosas deja a quien está dolido en una posición bastante injusta: encima tiene que disculparse por haber esperado algo.
Pudor. Esta mañana pensé mucho en esa palabra. Ese pequeño freno que te lleva a tener una conversación difícil antes de actuar como si nada hubiera pasado. La delicadeza de recordar que hubo alguien que se expuso por ti. Podemos cambiar de rumbo y construir otras relaciones, pero estaría bien mirar a los ojos de quienes nos acompañaron antes de dar su entrega por descontada.
"¿Habría alguien dispuesto a estar a mi lado?"
Al final, el «me gusta» solo me puso delante una pregunta que quizá tú también te hayas hecho alguna vez: si algún día me tocaba a mí necesitar aquella valentía, ¿habría alguien dispuesto a estar a mi lado?
En mi caso, la respuesta es un sí rotundo. Tengo el privilegio de contar con un círculo enorme que se ha convertido en mi familia, construido a lo largo de los años entre conversaciones, proyectos, alegrías y momentos difíciles. Gente que me quiere, me conoce y en la que puedo confiar. No tengo ninguna duda de que me sostendrían si lo necesitara. Reconocerla también es contar esta historia con justicia, porque ocupa un lugar enorme en mi vida y merece mucho más espacio que cualquier decepción.
Sé que estoy rodeado de vínculos capaces de protegerme y acompañarme. Saberme tan querido me permite poner cada cosa en su sitio y seguir apostando por la confianza, la lealtad y la generosidad. Hay muchos por quienes volvería a comprometerme mañana mismo. Y poder decirlo con esta certeza es un regalo.
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