¿Por qué los países sienten distinto?

Lenguaje, Tipología Junguiana y Cultura como fuerzas que configuran la forma en que sentimos, pensamos y nos relacionamos con el mundo

Celia Soler

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Para Andrés

Me he llegado a preguntar por qué los idiomas cargan con la personalidad del país; reconozco de dónde es una persona por cómo actúa. ¿Alguna vez te has preguntado (nombrando estereotipos generales) por qué las personas en España son consideradas simpáticas y divertidas? ¿O en Italia apasionados y expresivos? En Francia, ¿elegantes y orgullosos?

El lenguaje crea realidades”, define cómo nos relacionamos. Influye en nuestra apertura a la experiencia, en nuestra concienciaextraversiónamabilidad y neuroticismo (que es la tendencia a experimentar aspectos negativos, como la ira, depresión, culpa y la tolerancia al estrés). Existen emociones y experiencias afectivas que cuentan con un nombre específico en algunos idiomas, mientras que en otros no tienen una traducción directa. Esta ausencia no implica que la emoción no se experimente, sino que no ha sido lexicalizada de la misma manera dentro de esa lengua. Un ejemplo de ello es el término inglés aftercare, utilizado para describir el cuidado emocional y físico que se ofrece a una persona después de una experiencia íntima. Aunque el concepto puede explicarse en español mediante perífrasis, no existe una palabra única que concentre ese significado. La existencia de una palabra específica permite identificar, legitimar y comunicar la experiencia con mayor precisión. Cuando una emoción carece de un nombre, suele quedar difusa, difícil de reconocer o deexpresar, lo que puede influir en la manera en que se vive y se valida socialmente.

Reflexiono sobre mi oportunidad de estar sumergida en diferentes culturas a lo largo de mi vida. Partiendo del libro Jung para la vida cotidiana. Una guía práctica para aplicar los principios junguianos en la vida cotidiana de Eugene Pascal y de la forma en la que hablamos, ya que moldea nuestra percepción de la realidad. Llegando así a las siguientes conclusiones:

La Tipología Junguiana explica que cada individuo tiene cuatro funciones de la conciencia: Sensación (cinco sentidos), Intuición (sexto sentido) “Con la sensación vemos esquinas, con la intuición vemos lo que está a la vuelta de ellas”, Pensar y Sentir (de ahí se desarrolla hacia la empatía). Mi experiencia de crianza en distintos países ha contribuido a una psique de carácter transcultural en la que, cada contexto cultural ha influido en diferentes dimensiones de mi desarrollo, ya que mi psique ha debido compensar constantemente simplemente para adaptarse a la diversidad. Contrario a lo que escucho de muchos otros grandes viajeros, yo no apuesto que todo el mundo debería mudarse a otro país y abandonar su nido, ya que no todo el mundo está preparado para aquella apertura que lepermite obtener la riqueza y conocimientos de otros países. Según Jung, dice que uno aprende, a través de la experiencia, a desconfiar de la propia función inferior como modo capaz de actuar en la vida. También considera que no hay dos psiques iguales y que las cuatro funciones de la conciencia no están desarrolladas por igual, ya que las circunstanciasnos fuerzan a desarrollar una función por encima de otra (ya sea por padres, cultura…).

Relación con lo físico

Dicho eso, en Marruecos se vive el mundo desde el cuerpo, el entorno y, sobre todo, los sentidos. La experiencia cotidiana está impregnada de una intuición espiritual que se refleja en cada detalle de la vida: cada forma geométrica de la arquitectura tiene un valor simbólico que conecta a quien la observa con significados más amplios y con tradiciones que trascienden lo visible. Se trata de una relación profunda con lo físico, donde los rituales forman parte de un modo de estar en el mundo que une cuerpo y conciencia. Un ejemplo de ello son los Beréberes, los imazighen, que beben agua en cuclillas, un gesto que va más allá de la práctica: busca favorecer la digestión y evitar la retención de líquidos. Es una manera de escuchar y respetar las necesidades del cuerpo. Pero esto no se limita a lo ritual; vivir en Marruecos implica percibir otra forma de habitar el mundo (completa y consciente) además de sentir constantemente: el cuerpo que se mueve, la tierra, el ritmo y los colores que envuelven el paisaje.

A continuación aparece el Líbano, un territorio que podría asociarse a la función intuitiva, aunque reducirlo a una sola categoría sería simplificar en exceso unas psiques profundamente complejas. En su configuración intervienen múltiples capas que no son únicamente históricas, sino también simbólicas, culturales y espirituales. La visión y la trascendencia ocupan un lugar central, enraizadas en antiguas tradiciones místicas que se remontan a los fenicios y que se expresan posteriormente a través de comunidades como los maronitas y los drusos. Esta herencia se traduce en una notable creatividad y en una ambivalencia constante: una capacidad de sostener la resiliencia junto a la apertura a múltiples realidades simultáneas. La comunidad y la empatía son prácticas vividas, visibles en la tendencia a dar incluso cuando no se tiene, quizá porque saben lo que significa perder. No se trata de un trauma aislado, sino de generaciones enteras cargando con heridas cíclicas, algo que, al menos en España, solo he escuchado relatar de forma similar en la generación que vivió la Guevitable: ¿cómo puede romperse el ciclo generacional si se permanece atrapado en las mismas situaciones y circunstancias que lo originaron?

Inglaterra, por contraste, se articula desde el pensar, aunque no de forma abstracta, sino racional y estructurada. Predominan el pragmatismo, la contención y una cierta distancia emocional que se acompaña de un fuerte sentido del orden y del empirismo. El humor seco y el uso constante de la ironía funcionan como mecanismos de regulación emocional y de comunicación indirecta. Desde un punto de vista psíquico, este contexto favorece el pensamiento objetivo y el desarrollo de la función de sentir lo concreto. Pero al mismo tiempo, implica una represión —o al menos una canalización muy controlada— del sentimiento espontáneo. Esta contención no desaparece, sino que se desplaza, y en muchos casos se manifiesta como ira, especialmente en los hombres, con ejemplos claros en los estallidos de violencia asociados a los partidos de fútbol. A ello se suma una bajatolerancia a la frustración, que contrasta con la imagen externa de autocontrol. Lo hilo a dos pensamientos que plantea Carl Jung: La persona es un compromiso entre individuo y sociedad, en cuanto a lo que el hombre debería aparentar ser. Impacta y sofoca la individualidad genuina. Y ¿Cómo podemos creer en nosotros mismos si no fomentamos la sabiduría y los logros de nuestros antepasados?

Polonia, en cambio, parece estar atravesada por un sentimiento persistente de culpa, que en ciertos casos puede derivar en estados depresivos. Su eje principal se sitúa en el sentir, con una emocionalidad profunda y un marcado sentido del deber, el sacrificio y la identidad propia. Este trasfondo se percibe, por ejemplo, en ciudades como Cracovia, donde en los últimos años se ha producido una gran evolución cultural acompañada del surgimiento de numerosos espacios “underground”. El pensamiento que se impulsa aquí es más moral que lógico, posiblemente heredero del Romanticismo Polaco, una corriente que prioriza los ideales espirituales por encima de la racionalidad estricta. A esta base se suman la influencia de la religión y los continuos años de pobreza, que han dejado una huella duradera en la forma de sentir, pensar y posicionarse frente al mundo. Se trata de muchas generaciones sumergidas en la pobreza.

Pero las similitudes humanas son innegables, pienso que es debido a que “la psique humana está interconectada, es un continuum con todas las demás manifestaciones de la Naturaleza”. Y “cuando podamos ir más allá de una tolerancia arrogante ante los demás, seremos capaces de ver que todos somos minúsculas partes de un cuerpo total de conciencia global”.

Estar en el mundo

En última instancia, este recorrido no pretende fijar identidades ni reducir culturas a tipologías cerradas, sino observar cómo el lenguaje, la historia y el contexto modelan formas específicas de estar en el mundo. Los idiomas no solo nombran la realidad: la organizan, la priorizan y la transmiten de generación en generación, del mismo modo que lo hace la psique colectiva. A través de la Tipología Junguiana, se vuelve visible cómo ciertas funciones de la conciencia son favorecidas, desarrolladas o reprimidas según las circunstancias culturales, sociales y simbólicas en las que una persona —o un pueblo— se forma.

Sin embargo, estas diferencias no niegan una base común. Al contrario, ponen de relieve que, aunque las expresiones varíen, las emociones, los conflictos y las búsquedas humanas se repiten bajo distintas formas. La culpa, la resiliencia, la contención, la espiritualidad o el sacrificio no pertenecen a un solo país, sino que se manifiestan de manera distinta según la historia que las ha moldeado y el lenguaje que las ha nombrado —o silenciado—. Comprender esto no implica caer en el relativismo ni en la idealización cultural, sino asumir que cada psique es el resultado de una negociación constante entre lo individual y lo colectivo.

Quizá el verdadero ejercicio no consista en clasificar culturas, sino en escucharlas: atender a lo que sus palabras revelan y a lo que sus silencios esconden. En ese gesto, se abre la posibilidad de ir más allá de la “persona” social que Jung describía, y de reconocer que, pese a las diferencias, participamos en una conciencia más amplia e interconectada, donde cada cultura es una expresión parcial de un mismo cuerpo psíquico. Solo desde ahí, desde una comprensión menos defensiva y más encarnada, es posible pasar de la mera tolerancia a un reconocimiento genuino del otro —y, en consecuencia, de nosotros mismos.