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Imagen que hace alusión a la generosidad. / CANVA

Porque me da la gana

"¿Por qué hacemos cosas por los demás cuando no esperamos recibir nada a cambio? La respuesta llegó con una expresión que durante años me pareció brusca, casi infantil: porque me da la gana"

Esta madrugada, cuando el reloj volvió a marcar las cinco y mi cabeza decidió que dormir era una pérdida de tiempo, me quedé mirando el techo. El cuerpo pedía descanso, pero la mente continuaba repasando conversaciones, nombres, decisiones y todos esos asuntos que uno guarda en algún rincón invisible del pecho. Hay temporadas en las que la vida parece avanzar más deprisa que nosotros y, aunque consigamos tumbarnos, seguimos corriendo por dentro. Fue entonces, en medio de ese silencio que solo existe cuando casi todo el mundo duerme, cuando apareció una pregunta que llevaba días rondándome: ¿por qué hacemos cosas por los demás cuando no esperamos recibir nada a cambio?

La respuesta llegó con una expresión que durante años me pareció brusca, casi infantil: porque me da la gana. De pequeños la utilizábamos como un acto de rebeldía, con los brazos cruzados y la puerta a punto de cerrarse de un golpe. Sin embargo, con el paso del tiempo, he descubierto que también puede ser una de las respuestas más hermosas y sinceras que existen. Te ayudé porque me dio la gana. Te llamé porque me acordé de ti. Compartí aquel contacto porque pensé que podía abrirte una puerta. Te recomendé porque confío en tu talento. Me quedé escuchándote porque entendí que aquella tarde necesitabas que alguien no tuviera prisa. No había estrategia, comisión, contrato ni plan oculto. Había cariño. Y, aunque a veces parezca extraño, el cariño continúa siendo una razón suficiente.

Ponerle precio a casi todo

Vivimos en una sociedad que ha aprendido a ponerle precio a casi todo. Llamamos contactos a las personas, oportunidades a los encuentros y retorno a cualquier gesto de generosidad. Hasta el afecto parece tener que justificar su rentabilidad. Si presentas a dos personas, alguien pregunta qué ganas tú; si ayudas a poner en marcha una idea, intentan descubrir dónde está tu porcentaje; si acompañas a un amigo en un momento difícil, aparece quien calcula cuánto tiempo tardará en devolverte el favor. Hemos colocado una calculadora dentro del pecho y pretendemos que las emociones también cuadren al final del trimestre. A este ritmo, cualquier día necesitaremos medir el retorno emocional de llevar a un amigo al aeropuerto.

Quizá por eso llevo un tiempo hablando tanto de la diferencia entre un amigo y un socio. Un socio necesita acuerdos claros, responsabilidades concretas, plazos, resultados y cuentas bien explicadas. Eso no es falta de cariño; es respeto profesional. Un amigo, en cambio, no debería vivir dentro de una hoja de cálculo. La amistad necesita presencia, verdad, cuidado y la tranquilidad de saber que no todo gesto genera una deuda. El problema aparece cuando confundimos las mesas: cuando exigimos a un amigo como si fuera un proveedor o esperamos de un socio una lealtad que nunca se pactó. Se puede compartir amistad y negocio, por supuesto, pero conviene saber en cada momento desde qué lugar nos estamos mirando. Las relaciones se rompen menos cuando dejamos de pedirle al otro que adivine el papel que le hemos asignado en nuestra cabeza.

Generosidad

La generosidad verdadera suele habitar en gestos pequeños, casi invisibles. Está en quien envía un currículo a la persona adecuada; en quien recuerda que hoy tenías una cita importante y escribe para preguntarte cómo salió; en quien te acompaña a una consulta médica sin convertirlo en una heroicidad; en quien añade un plato a la mesa cuando sabe que alguien está pasando una mala racha. Está en ese mensaje que dice «llámalo de mi parte», en una llave prestada, en un sofá preparado sin preguntas y en la silla que alguien acerca cuando pensabas que ya no quedaba sitio para ti. Son acciones que rara vez aparecen en una memoria anual, pero que sostienen la vida con una fuerza que ningún balance económico podría explicar.

En Canarias sabemos bastante de eso. Somos islas, sí, pero hemos aprendido a construir puentes con una llamada, una recomendación y un «déjame ver qué puedo hacer». Aquí muchas historias comenzaron porque alguien conocía a alguien que podía ayudar. No siempre hubo interés económico ni una gran estrategia detrás; muchas veces existía únicamente la voluntad de empujar un poquito para que el otro pudiera avanzar. A mí me gusta conectar personas. Es casi un vicio. Veo a dos seres humanos que todavía no se conocen y empiezo a imaginar todo lo bueno que podrían construir juntos. Me gusta recomendar a quien trabaja bien, compartir una idea, abrir una conversación o acercar una oportunidad. Me hace feliz comprobar que, gracias a un gesto sencillo, alguien encontró un camino que antes no veía.

Inversión "a largo plazo" 

Naturalmente, hay quien desconfía. Hemos recibido tantos golpes que a veces buscamos una trampa incluso detrás de la mano que viene a ayudarnos. Nos preguntamos qué querrá, qué estará preparando o cuándo llegará la factura. Lo comprendo. Todos hemos conocido a personas que disfrazaban de generosidad una inversión a largo plazo. Pero ayudar esperando que el universo nos lo devuelva con intereses tampoco es generosidad: es financiación espiritual. La verdadera bondad no necesita anunciarse ni llevar una libreta secreta de favores pendientes. Uno ayuda porque ese gesto es coherente con la persona que ha decidido ser, aunque nadie lo aplauda y aunque la historia no termine exactamente como esperaba.

Eso no significa vivir permanentemente disponible ni desaparecer dentro de las necesidades de los demás. Lo digo también para recordármelo. Hay momentos en los que uno llega a casa vacío después de haber pasado el día intentando llenar la vida de todo el mundo. El cansancio puede convertir una cualidad preciosa en una forma silenciosa de abandono propio. La generosidad también necesita límites, descanso y cuidado. Ayudar no es convertirse en un servicio público emocional abierto las veinticuatro horas. A veces, el gesto más honesto consiste en reconocer que hoy no podemos, que necesitamos parar o que también nos toca ser acompañados. Dar desde el agotamiento termina llenando de resentimiento aquello que nació del amor.

Sin cálculos

La amistad tampoco exige una reciprocidad milimétrica, pero sí necesita memoria. Quizá la persona a la que ayudaste no pueda devolverte el mismo gesto, del mismo modo y en el momento exacto. Tal vez lo haga de otra forma o quizá sea otra persona quien aparezca cuando tu mundo se tambalee. Lo importante no es que las cuentas coincidan, sino saber que existe alguien dispuesto a quedarse cuando la vida deja de ser cómoda. Un amigo no es quien compensa cada favor; es quien no convierte tu vulnerabilidad en una molestia. Es quien celebra tus alegrías sin sentirse amenazado y quien puede mirarte en tus días más oscuros sin exigir que vuelvas a brillar inmediatamente.

No quiero que el cansancio me convierta en alguien desconfiado. No quiero que las malas experiencias me obliguen a mirar cada relación como una negociación ni que la decepción me robe la alegría de seguir creyendo en las personas. Quiero aprender a descansar sin endurecerme, a poner límites sin levantar murallas y a distinguir quién quiere caminar conmigo de quien solo aparece cuando necesita un puente. Pero también quiero seguir haciendo cosas que no tienen una explicación sofisticada: llamar, escuchar, recomendar, presentar, acompañar, celebrar y abrir puertas cuando esté en mi mano hacerlo. Quiero continuar sintiendo esa felicidad tan limpia que aparece cuando logramos que el camino de alguien sea un poco menos difícil.

Hay favores que no generan deudas; generan hogar. Hay gestos que no regresan convertidos en dinero, pero vuelven en forma de conversación, de abrazo, de recuerdo o de esa certeza maravillosa de haber estado donde queríamos estar cuando alguien nos necesitó. Por eso, incluso en esta época de métricas, estrategias y resultados, seguiré defendiendo el derecho a hacer algunas cosas sin calcular su rentabilidad. Las haré con más conciencia, con mejores límites y procurando no olvidarme de mí por el camino, pero con el corazón intacto. Porque quiero. Porque me nace. Porque todavía creo que ayudarnos es una de las maneras más bonitas de celebrar que seguimos aquí. Y porque, aunque algunos continúen buscando una explicación más compleja, hay una que lo contiene todo: porque me da la gana. Donde hay corazón, pasan cosas. Y las más bonitas casi nunca llevan factura.

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