¿Prioridad nacional? No en nuestro nombre

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Emma Colao.

Últimamente se ha puesto de moda hablar de prioridad nacional en Canarias. La expresión suena fuerte, ordenada, casi protectora. Parece decirnos que alguien, por fin, va a poner a Canarias primero. Pero quizá conviene detenerse un momento antes de repetirla con entusiasmo. Porque las palabras no son inocentes. Y cuando una palabra llega cargada de un marco político que ordena la vida entre quienes merecen antes y quienes merecen después, lo mínimo que podemos hacer es preguntarnos ¿de qué prioridad estamos hablando exactamente? Y, sobre todo, quién quiere volver a utilizarla.

Porque conocemos demasiado bien esa operación. Primero se nombra el dolor. Después se captura. Primero se reconoce el cansancio de la gente. Después se convierte en consigna. Primero se mira a quienes no pueden pagar el alquiler, a quienes no llegan a final de mes, a quienes cuidan sin descanso, a quienes han perdido barrio, tiempo y futuro. Y luego se usa todo eso para levantar un discurso que no toca el fondo del problema, pero sí organiza la rabia hacia donde conviene.

A quienes quieren volver a utilizar nuestro sufrimiento, nuestro dolor, nuestro cansancio y nuestra voluntad de creer, habría que decirles algo muy sencillo… “Están bonitos pa’ caldo de pescado”.

No nos levantamos cada lunes para que la tierra prometida tenga por prioridad volver a usar nuestra vida como argumento de campaña. No sostenemos casas, trabajos, familias, barrios y cuerpos cansados para que alguien venga a convertir esa fatiga en el decorado emocional de sus necesidades políticas. No hemos llegado hasta aquí para que vuelvan a pedirnos fe, obediencia y paciencia en nombre de una libertad y una soberanía de no se sabe bien qué pueblo, mientras la vida concreta sigue endeudada, agotada y esperando.

Modelo que nos expulsa

Porque también existe la prioridad de la nación del patrón. La prioridad de quienes hablan de pueblo mientras asumen el guión que les permite aparecer en pantalla. La prioridad de quienes hablan de soberanía inclinándose ante el soberano cada vez que pisa esta tierra. La prioridad de quienes dicen defender la tierra, pero nunca se enfrentan del todo a quienes la compran, la parten, la venden y la convierten en mercancía. La prioridad de quienes pronuncian Canarias con solemnidad, pero gobiernan o aspiran a gobernar sin tocar el modelo que nos expulsa. Esa prioridad no es la nuestra.

Si vamos a hablar de prioridad, hablemos en serio. Prioridad es que ninguna familia tenga que elegir entre pagar la luz o llenar la despensa. Prioridad es recuperar el derecho al tiempo: tiempo para vivir, para cuidar, para descansar, para no pasar la existencia entera sobreviviendo entre jornadas partidas, salarios insuficientes y burocracias interminables. Prioridad es la vivienda, no como producto financiero ni como oportunidad de inversión, sino como condición mínima para tener una vida en pie. Prioridad son los cuidados, porque no hay país posible si quienes sostienen la vida lo hacen agotadas, precarizadas o invisibles. Prioridad es la vida común: esa red material y afectiva que permite que una sociedad no se rompa por dentro.

Pero para hablar de todo eso hace falta algo más incómodo que señalar hacia fuera. Hace falta tragarnos el trago amargo de mirarnos. Porque el problema de Canarias no está solo fuera. No está solo en Madrid, ni solo en Bruselas, ni solo en quien llega, ni solo en quien compra, ni solo en quien viene de paso. También está dentro. Sobretodo está dentro. Está en la forma que tiene de repartirse el poder y la tierra. Está en cómo aceptamos que la administración pública se utilice como muro de contención entre el derecho y la gente. Está en la renuncia a exigir porque dependes económicamente del silencio. Está en el silencio de los corderos que comen dos veces cada vez que callan una injusticia. Está en la cobardía de quienes se dicen revolucionarias.

Aceptar la pobreza

Canarias no está en crisis porque haya demasiada gente pobre reclamando derechos, sino porque hay demasiada gente que acepta esa pobreza para mantener su trozo de tarta. Así que no. Ni nos hace más canarias fingir que la bondad es propiedad exclusiva de Canarias, ni nos hace más conscientes asumir que el problema está lejos de esta tierra.

Esa prioridad que va en cholas, bebe Clipper y come plátano, pueden quedársela. Canarias está en crisis porque hemos construido un país donde la tierra vale más que las personas que la viven. Porque hemos permitido que el patrón ordene el precio de la vivienda, el ritmo de las ciudades, el consumo de agua, el tipo de empleo y hasta la imaginación política.

Por eso el discurso de la prioridad nacional es tan peligroso cuando se usa sin tocar el fondo del problema. Porque puede parecer una defensa de Canarias, pero terminar funcionando como una forma cómoda de no discutir quién se ha beneficiado de esta Canarias imposible. Puede parecer valentía, pero ser apenas una manera de desplazar la rabia hacia quienes tienen menos poder. Puede parecer soberanismo, pero no hay soberanía real si no somos capaces de nombrar a los responsables internos del empobrecimiento, la especulación y la precariedad.

La pregunta no es si Canarias debe proteger a su gente. Claro que debe hacerlo. La pregunta es qué entendemos por proteger. Proteger es gestionar la vida después de la campaña y cuando se agoten las consignas. Porque la defensa del derecho ni es tan vistosa ni siempre tiene apariencia de “currela”. La defensa del derecho tiene un orden de prioridades y necesita de un trabajo que muchas veces no es visible.

Canarias necesita prioridad, sí. Pero no una prioridad construida contra otras personas. Y tampoco una prioridad construida para que los mismos de siempre vuelvan a pedirnos confianza desde una épica vacía. Necesita una prioridad pública, social, feminista, comunitaria y material. Una prioridad que no pregunte primero de dónde vienes, sino qué vida estamos haciendo posible. Una prioridad que no convierta el malestar en sospecha hacia abajo, sino en responsabilidad política hacia arriba y hacia dentro.

Porque quizá el acto más serio de amor a esta tierra no sea repetir que Canarias está primero. Quizá sea atrevernos a decir que Canarias lleva demasiado tiempo gobernada, narrada y prometida por quienes la han puesto al servicio de demasiados intereses antes que al servicio de su gente.

Si quieren hablar de prioridad nacional, hablemos.