Fran Belín

Opinión

La Restinga, medio ambiente y tortuga en apuros

Periodista

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Aprovecharé el hilo conductor de mi más reciente columna en la que las palabras claves podrían ser perfectamente  “exploración, 8 Islas, sorpresa, paisaje, sostenibilidad…”. Por citar algunos.

Es que si en el anterior artículo describía mi paso por el Caserío de Teno Alto, en Buenavista del Norte (Tenerife), y del impacto que puede llegar a producir es hábitat, en esta ocasión he de hacerlo necesariamente de La Restinga, El Hierro, y lo que allí pudimos vivir el equipo que graba las presentaciones del programa Agrocanarias.TV (sábados a las 14:00 horas en Televisión Canaria).

Ya solo trasladarse desde el aeropuerto rumbo hacia El Pinar constituye una delicia de contrastes en bellísimos encuadres de verdes, vegetación, por momentos, que brota de lo abrupto y que se amansa inmediatamente en esas llanuras que parecen de Irlanda.

El formidable Atlántico, dominándolo todo, mientras avanzamos en busca del objetivo, La Restinga; definiría de ‘sostenible’ también la agradable parada en San Andrés para la pertinente cuña de tortilla de papas o la empanadilla de mechada con su correspondiente café con leche. En este punto de la isla hace virujo, pero reconforta.

Acudimos al muelle donde se advertía ya trasiego de buceadores (algunos en pleno aprendizaje) y, por supuesto de nuestros pescadores). En plena evaluación de posibles localizaciones apareció el momento: ¡sí el momento! El instante que no se espera ni por asomo. Una alianza especial entre el entorno, la serenidad, la naturaleza sabia, el humano conocedor… La armonía en apenas cinco minutos de emoción y de verdadero homenaje a nuestro medio ambiente.

Uno de esos barquitos que faenan se mantenía junto a una de las escaleras del muelle. Agua azul como pocas veces he disfrutado de ese color; sargos breados y un pequeño cardumen de alevines de lisas.

Desde allí emergió la tortuga marina; majestuosa. Una danza ante nuestra mirada absorta.

Bordeaba con movimientos elegantes aquel barco, como buscando su recompensa en forma de rica ‘vianda’ marina. El pescador, hombre avezado en la rotundidad del mar, le lanzó algunas cabezas de calamar. Nos dimos cuenta que el ejemplar tenía clavado un enorme anzuelo clavado en el lateral de su boca.

Muy difícil parecía la maniobra de desprender algo semejante. El pescador y el compañero nos comentaban que esa tortuga y otra más pequeña se dejan ver por allí, mansitas, regalando a los visitantes sus elegantes maniobras en el agua diáfana.

Entre el humano y el quelonio se estableció un momento realmente mágico. Acariciaba el caparazón mientras le tendía otro bocado. Decía. “La puedo coger y quitarlo pero es capaz que ya luego no vuelve y ya lleva un buen tiempo por aquí”.

Ante nuestra expectación, y el objeto invasor visible en la boca del animal, nuestras expectativas más bien pasaban por la frustración de que el animalito tendría complicaciones por alguno de  los ‘zarpazos’ de algún pescador a caña. Un desaguisado.

En una de estas, ágil y habilidoso, nuestro protagonista, con unas pequeñas tenazas, desprendió el anzuelo en un abrir y cerrar de ojos… El aplauso fue unánime, la emoción única y la tortuga que ‘voló’ en el medio cristalino pero ya liberada del pincho

Qué momento tan precioso. Hablamos y escribimos de medio ambiente, muchas veces en abstracto; pero esto fue un auténtico obsequio de que esa sostenibilidad existe, a pequeña escala, en el gesto diario. Esta vez en El Hierro.

Luego, cuando habíamos visitado la escultura del Mero Pancho, emblema de La Restinga y del buceo recreativo de la zona, un grupo de visitantes nos confirmó que habían visto a la tortuga.

Misión cumplida.