Sasito y la estampa de Zaire

Reconozco a Sasito en cada uno de los viajes por el tiempo de mi infancia guiense

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Santiago Gil.

Le debía estas palabras. Fue una presencia esencial en mi infancia guíense de los años setenta. Siempre estaba en la plaza, con estampas, leyendo libros, escuchando nuestras aventuras por los barrancos y las maretas o dándole de comer a las palomas. Caminaba ayudándose de dos bastones, arrastrando las piernas, y esa imagen, siempre con la media sonrisa dibujada en sus labios, se me aparece cada vez que recuerdo el entorno de la Plaza Chica, la Plaza Grande o las escalinatas de la iglesia. Era alguien con más de sesenta años entonces, y no sé en qué momento dejó de estar en aquel espacio de sueños en el que improvisábamos interminables partidos con las chapas de los refrescos o dábamos las primeras pedaladas sin ruedines en las bicicletas.

Su recuerdo me viene muchas veces, pero estos días, con el Mundial de fútbol y con el regalo que me ha hecho Marietta Lodos Rojas, su sobrina nieta, se ha vuelto aún más protagonista de esas evocaciones de unos tiempos en donde el juego era una improvisación diaria, una añagaza para escapar del colegio que nos arrancaba de la plaza y de aquellas calles de adoquines que saben tanto de carros de cojinetes, de balones desgastados y de  personas que ya no están hace mucho tiempo. Cuando regreso a mi pueblo, siempre voy recreando un escenario que ya no existe entre sus calles solitarias, casa a casa, banco a banco de la plaza. Marietta me ha regalado una recreación en miniaturas de todas los libros que he publicado, y lo que no sabía ella era que Sasito, además de leernos extractos de los libros que siempre tenía abiertos, era nuestro salvador con las miniaturas más grandiosas de la infancia, las de las estampas que íbamos cambiando o ganando al estampío en las escaleras de la plaza Chica, aunque siempre había una o dos que no aparecían por ninguna parte y que dejaban el álbum que llevábamos a todas partes con aquel hueco triste, sin el color rutilante de las camisetas de un equipo de fútbol  que nos faltaba o sin un lago o una gran montaña cuando las estampas eran instructivas.

Cruyff y Beckenbauer

Recuerdo esa palabra: instructiva, y cómo cuando las colecciones venían con banderas de países, cordilleras o figuras históricas, mi abuela y mi padre me daban dinero para comprar más sobres, y cuantos más sobres más posibilidades había de completar el álbum. Para las de fútbol, que no eran instructivas, había que agudizar el ingenio cambiando o mejorar la técnica para levantarlas de un golpe, sin el uso de la mantequilla tramposa que pegaba las estampas a las palmas de las manos. Sasito siempre tenía cientos de estampas de cualquier colección que nos cambiaba todo el rato, y al final sabías que esa que te faltaba acabaría llegando a sus manos tarde o temprano. Recuerdo el Mundial 74, y lo hago estos días por la presencia de Congo en el que se está disputando entre México, Canadá y Estados Unidos.

Aquel Mundial se celebraba en Alemania y fue el de la final inolvidable con Cruyff y Beckenbauer frente a frente en la que aprendimos que en la vida no gana siempre el que tiene más talento y más fantasía en su cabeza. Yo tenía solo siete años y había conseguido una a una todas las estampas que había que pegar en el álbum, todas menos la de un jugador de Zaire, que es ahora el Congo, que no salía en ningún sobre, ni llegaba a las manos de ningún amigo para cambiarla, así fuera por cuarenta o cincuenta repetidas.

Me la consiguió Sasito, y además él no te pedía el sacrificio de desprenderte de muchas estampas para conseguir la que te faltaba. Te la cambiaba por una o dos, y a veces te la regalaba. Siempre completaba los álbumes primero que nadie. Los tenía todos; pero a mí me hizo el niño más feliz del mundo con aquella estampa del jugador de Zaire con la camiseta verde que ahora me viene a la memoria viendo de nuevo a ese país, con otro nombre, jugar los Mundiales. Ya no colecciono estampas hace mucho tiempo y no sé a dónde fueron a parar todos aquellos álbumes; pero sí reconozco a Sasito en cada uno de los viajes por el tiempo. Nunca lo vi quejarse. A veces desaparecía entre decenas de palomas que veíamos volando a su alrededor, pero reaparecía siempre con una sonrisa o con aquella estampa que nos faltaba para completar la colección de algún sueño improvisado de la infancia.