Hace unos meses fue el pan, el olor del pan de toda la vida, el sabor del recuerdo, lo que desapareció de la zona de Triana. Cerró Miguel Díaz y uno siente todavía la punzada de ese tiempo perdido, y ahora arrancado por la burocracia, como mismo dejaron el hueco de la terraza del Hotel Madrid, un lugar que sabía de tantos encuentros y de tantas historias, y que ya es otro vacío en medio de una ciudad cada día más franquiciada y menos hospitalaria. No voy a negar las responsabilidades de los administradores de estos negocios a lo largo de los años a la hora de garantizar la seguridad y de cumplir con la normativa, pero es que esa panadería y la dulcería Parrilla, cuyo cierre inmediato anuncian ahora, estaban mucho antes de que la ciudad fuera sembrando cemento a destajo por todos sus puntos históricos y cardinales. Nadie ha señalado a los que han permitido la caída de edificios emblemáticos y a los que han alentado la fealdad con construcciones aberrantes o rehabilitaciones de pena que han desnaturalizado la capital grancanaria.
Ya nos pasó hace años con el Estadio Insular; pero es que una ciudad sin olor a dulces y a pan es una ciudad sin memoria y sin asideros a los que agarrarse. Venir a Las Palmas era acercarte a Parrilla, a Morales o a La Granadina. De todos aquellos dulces recuerdos solo nos quedaba Parrilla. Su palmera de azúcar sigue siendo para mí ese viaje proustiano que te detiene y reabre la memoria de la ciudad que ya casi no reconocemos; pero está claro que este es el mundo que estamos creando, y que la burocracia no conoce sentimentalismos, ni tampoco vamos a pretender que nadie se salte la ley, aunque no entiendo cómo no ha habido acuerdos previos y un respeto a esa memoria y a esos locales a los que ha ido atropellando la especulación como lo que es la especulación, esa máquina destructora y usurera que solo quiere hoteles, franquicias y apartamentos rentables de una noche donde antes vivía la gente que paseaba por la calle con el pan en la mano, o con uno de esos dulces exquisitos, como los de Parrilla, que se perderán para siempre y que solo reviviremos en el terreno mendaz de la nostalgia.
No hablo de tratos de favor ni de que se mire para otro lado si se están incumpliendo las normas, pero, como escribí cuando cerró Miguel Díaz, hay una responsabilidad municipal por no haber resuelto ese problema hace años y, sobre todo, por haber permitido que se edificaran viviendas sin valorar primero si había industrias o actividades molestas o de riesgo en esos lugares. Uno pasea por ciudades como Madrid o Barcelona y sigue reconociendo las dulcerías y los obradores que encontró en las primeras visitas, y las que llevan encontrando vecinos y viajeros desde hace décadas.

En Las Palmas de Gran Canaria nos van quitando todos esos puntos estratégicos para la memoria, al mismo tiempo que desnaturalizan una ciudad que, sin que nos demos cuenta, se quedará poco a poco como un parque temático, sin lugares que nos recuerden que forman parte de nuestra historia y nuestro pasado, una ciudad malquerida por muchos de sus gobernantes, malquerida y maltratada, desde Las Canteras a esas casas de Vegueta que se dejan caer para luego levantar garajes y fachadas aberrantes. Dentro de pocos días, ya no encontraré esa palmera de azúcar de Parrilla -para mí no hay otra igual en toda la ciudad- que me hacía viajar lejos muchas tardes mientras la mordisqueaba por la calle Pérez Galdós. De esas palmeras han salido muchas páginas. Me apena saber que estamos siendo tan poco agradecidos con los sabores y los olores que nos recuerdan y nos reconocen mejor que nadie.
