Therians: cuando la juventud necesita otra piel para sentirse humana

"Cuando un adolescente dice que no se siente plenamente humano, el problema no empieza en la etiqueta. El problema empieza mucho antes"

El secretario de organización de CEAJE, Agoney Melián. /CEDIDA
El secretario de organización de CEAJE, Agoney Melián. /CEDIDA
Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

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Hay palabras que llegan al debate público envueltas en ruido. Palabras que se viralizan antes de comprenderse. Palabras que muchos pronuncian con sorna sin detenerse un segundo a pensar qué están describiendo realmente. Therians es una de ellas.

En los últimos meses, el término ha empezado a circular con fuerza en redes sociales y medios de comunicación. Se utiliza para referirse a jóvenes que afirman sentir una conexión identitaria profunda con un animal no humano. La reacción ha sido casi automática: memes, burlas, tertulias airadas, análisis simplistas. El fenómeno se ha convertido en espectáculo. Pero detrás del espectáculo hay algo que debería incomodarnos más que divertirnos.

Cuando un adolescente dice que no se siente plenamente humano, el problema no empieza en la etiqueta. El problema empieza mucho antes.

Herramientas

Vivimos en una sociedad que nunca había tenido tantas herramientas para definirse y, al mismo tiempo, nunca había estado tan perdida respecto a su identidad. Nuestros jóvenes crecen en un entorno donde todo es visible, todo es evaluado y todo es comparado. La exposición es permanente. La validación es externa. La presión por destacar comienza antes de que la personalidad haya terminado de formarse.

Ser adolescente siempre fue complejo. Pero hoy, además de atravesar los conflictos naturales de la edad, se enfrentan a una cultura que convierte cada rasgo en marca personal, cada duda en contenido y cada inseguridad en dato medible. Se les exige autenticidad mientras se les bombardea con modelos inalcanzables. Se les pide autoestima en un entorno que mide su valor en cifras. En ese contexto, la identidad deja de ser un proceso íntimo para convertirse en una construcción pública.

El fenómeno de los Therians, más allá de sus matices, nos coloca frente a una pregunta incómoda: ¿qué nivel de desconexión debe experimentar alguien para sentir que su humanidad no le basta? No se trata de validar sin reflexión ni de aceptar cualquier narrativa como verdad incuestionable. Se trata de mirar el síntoma sin caricaturizarlo.

Intento de pertenecer 

Quizá no estamos ante una moda extravagante, sino ante un intento de pertenecer. Quizá no es una huida de la especie, sino una huida del juicio constante. Quizá detrás de la identificación con la lealtad de un perro, la independencia de un felino o la fuerza de un lobo haya una búsqueda desesperada de cualidades que no encuentran en su entorno humano.

La tentación adulta es simplificar. Decir que todo es culpa de las redes sociales. Que antes no ocurría. Que es una generación frágil. Que hemos ido demasiado lejos en la permisividad. Es cómodo señalar hacia fuera. Lo incómodo es mirarnos hacia dentro.

Porque también somos la generación que ha convertido la productividad en identidad y el rendimiento en valor moral. Somos quienes hemos normalizado jornadas interminables mientras repetimos que la familia es lo primero. Somos quienes predicamos diversidad, pero reaccionamos con ironía ante lo que no entendemos. Somos quienes pedimos resiliencia a jóvenes que apenas han tenido tiempo de construir cimientos emocionales sólidos.

Oportunidad

Hablar de Therians no debería ser un ejercicio de burla ni un campo de batalla ideológico. Debería ser una oportunidad para revisar el tipo de sociedad que estamos construyendo. Porque la identidad no florece en el vacío. Se construye en el vínculo. En la mirada que valida sin humillar. En el límite que protege sin aplastar. Entender no significa abdicar. Amar no significa diluir los límites. La educación siempre ha consistido en sostener una tensión compleja: escuchar sin perder el marco, acompañar sin desaparecer como referente, poner límites sin humillar. Si los adultos renunciamos a esa tarea, el espacio lo ocuparán otros relatos, otras comunidades, otras narrativas que prometen pertenencia inmediata.

No es la primera vez que una generación joven explora identidades que incomodan a sus mayores. La diferencia es que hoy esa exploración se amplifica en cuestión de horas y se convierte en fenómeno global. Lo que antes quedaba en un círculo reducido, ahora se transforma en etiqueta viral. Y la viralidad rara vez concede matices. Lo verdaderamente inquietante no es que existan jóvenes que se identifiquen como Therians. Lo verdaderamente inquietante sería que no fuéramos capaces de preguntarnos por qué necesitan hacerlo. ¿Qué vacíos emocionales estamos dejando sin atender? ¿Qué conversaciones estamos evitando? ¿Qué modelo de éxito estamos imponiendo?

Sentirse seguro

Si un adolescente siente que necesita otra piel para sentirse seguro, el debate no puede quedarse en la superficie. No basta con reír. No basta con alarmarse. Hace falta asumir que estamos ante una generación que ha crecido hiperconectada y, sin embargo, profundamente sola. Jóvenes que saben editar vídeos con precisión milimétrica pero que, en muchos casos, no han aprendido a gestionar la frustración, el rechazo o la incertidumbre.

La identidad humana no es intercambiable como un accesorio. Pero tampoco puede imponerse a golpe de sarcasmo. La autoridad no se construye ridiculizando, sino sosteniendo. Y sostener implica presencia real, conversaciones incómodas, coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Quizá el fenómeno Therians no sea el problema central, sino el espejo. Un espejo que nos muestra una juventud que busca pertenecer, sentirse especial, escapar del escrutinio constante. Un espejo que nos recuerda que el ser humano necesita vínculo antes que etiqueta.

La sociedad que queremos construir no se define solo por sus avances tecnológicos ni por sus debates culturales. Se define por cómo acompaña a sus jóvenes cuando atraviesan crisis identitarias. Podemos optar por la caricatura o por la reflexión. Podemos convertir cada diferencia en trinchera o en aprendizaje. No se trata de romantizar el fenómeno ni de celebrarlo sin pensamiento crítico. Se trata de entender que la respuesta adulta marcará la diferencia. Si reaccionamos desde la mofa, debilitamos el puente generacional. Si reaccionamos desde el miedo, polarizamos aún más el debate. Si reaccionamos desde la responsabilidad, abrimos la puerta a una conversación profunda.

Capacidad

La autoridad no nace del volumen de la voz ni del titular más contundente. Nace de la coherencia. De la capacidad de decir “esto no” sin destruir la autoestima del que pregunta. De la valentía para sostener el límite sin renunciar al vínculo.mPuede que dentro de unos años el término Therians haya desaparecido o haya evolucionado hacia otra expresión cultural. Las etiquetas cambian. Las necesidades humanas, no. La necesidad de pertenecer, de sentirse visto y de saber que uno es suficiente sigue siendo la misma. Y quizá ahí esté la clave.

Porque el verdadero debate no es si algunos jóvenes se identifican con un animal. El verdadero debate es por qué tantos sienten que ser simplemente humanos no es suficiente en la sociedad que les hemos entregado. Eso sí debería despertarnos.