Ayer fui a Madrid por una de esas citas que uno apunta en la agenda con una ilusión distinta: participar en Una noche con Silvia, el podcast de Silvia Sicilia. Tenía muchas ganas de sentarme a conversar con ella, y terminé compartiendo una parte de mi vida personal de la que nunca había hablado en público. Hay que encontrar cierta confianza para atreverse a abrir algunas puertas, y aquella conversación con Silvia me permitió hacerlo. Se lo agradezco, porque a veces uno necesita un lugar donde poder contar también lo que hay detrás de todo lo que hace. Fui y volví en el día, pero regresé con muchas cosas moviéndose por dentro.
Entre un avión y otro vi una serie que había elegido con la intención de no pensar demasiado. Se llama Toda la verdad de mis mentiras. Un grupo de amigos, una caravana y esas cosas que uno calla hasta que empiezan a ocupar más espacio que las maletas. Parecía un plan fresquito para las horas de vuelo. Yo iba a entretenerme y terminé haciéndome preguntas que no estaban incluidas en el precio del billete. Quizás hablar con Silvia me había dejado más sensible, más dispuesto a reconocerme en lo que estaba viendo. Entre lo que conté y lo que vi, ayer fue un día de remover emociones.
Hubo una idea que se me quedó dentro: la certeza aplastante. La recuerdo asociada a esa persona cuya presencia te hace sentir en casa. Alguien a quien miras y, por un momento, dejas de estar pendiente de todo lo que podría salir mal. Me gustó la expresión, aunque lo que sentí fue algo más incómodo que el gusto. Sentí anhelo. Me descubrí mirando una pantalla y echando de menos algo que todavía quiero vivir.
Anhelo
A estas alturas sigo queriendo un amor maduro con una pequeña cosa adolescente. Quiero poder hablar de lo difícil, respetar los espacios, asumir responsabilidades y, al mismo tiempo, reírme como un bobo porque alguien me ha mirado desde el otro lado de una mesa. Tener una broma que los demás no entienden. Rozarnos al pasar por la cocina con la deliberada torpeza de quien todavía busca una excusa para tocar al otro. Saber que debajo de las agendas, los problemas y la lista de la compra siguen estando las ganas.
Mientras veía la serie pensé que a lo mejor se me había quedado algo pendiente. No sé si lo mío tiene algo de Peter Pan, aunque niño no me siento. Si acaso, un pequeño resto de Troy Bolton, el de High School Musical, empeñado en que la vida aún puede concederle una escena bonita. Con menos coreografía, por favor, que ya bastante tengo con coordinar el día. Me hizo gracia pensarlo, pero también me dio ternura. Mi adolescencia fue compleja y puede que haya una parte de aquella historia que todavía esté esperando vivir ciertas cosas sin miedo.
Experiencias
Hay experiencias que llegan tarde y, aun así, llegan a tiempo. Una mano que puedes coger sin calcular quién está mirando. La tranquilidad de gustarle a alguien sin tener que convertirte en otra persona. La alegría de que te elijan y se les note. A veces uno se hace adulto, aprende a resolver problemas, a dirigir proyectos y a sostener conversaciones muy serias, pero sigue llevando dentro a aquel muchacho al que le habría venido bien sentirse querido con un poco más de libertad.
Pensé también en la complicidad. En lo mucho que ayuda a atravesar una vida que, por momentos, se pone francamente difícil. La de los amigos que te conocen la cara antes de que empieces a explicar lo que te pasa. La de quien consigue hacerte reír en un día horrible y se queda después para escucharte. Y, sobre todo, esa complicidad de pareja que permite compartir el cansancio sin convertirlo en una guerra. Poder llegar a casa sin tener que preparar una versión aceptable de ti mismo. Decir «hoy no puedo» y encontrar a alguien dispuesto a preguntar cómo te ayuda.
Quizás por eso me cuesta tanto entender los afectos que cambian cuando aparece público. Esas personas que a solas te hablan con cariño y, delante de otros, administran la distancia. Alguna vez he escrito sobre ello: sobre quien te trata de una manera en privado y después parece incómodo con que lo relacionen contigo. A veces, mostrarte afecto delante de los demás le obligaría a corregir la versión de ti que ha contado cuando no estabas. Y tú acabas pagando, sin saberlo, el precio de aquella conversación.
Desgaste
Eso también desgasta. Acabas preguntándote qué lugar ocupas, qué saludo toca hoy, cuánto puedes acercarte. Y yo quiero un cariño en el que pueda descansar de esas preguntas. Que tenga la misma dignidad a solas y delante de la gente. Que pueda reconocerme incluso cuando estemos enfadados, porque conocer las heridas del otro debería hacernos más cuidadosos con ellas.
Sé que ninguna persona puede prometer que todo irá bien. También sé que amar implica exponerse a perder, a equivocarse y a tener que pedir perdón. La certeza que anhelo tiene que ver con algo más cotidiano: poder hablar sin miedo, confiar en los gestos que se repiten, saber que una dificultad merece una conversación antes que una huida. Supongo que un hogar entre dos se va construyendo así, mientras la vida sucede y alguien sigue haciéndote sitio.
Declaración de intenciones
Terminé la serie entre la ida y la vuelta de un viaje en el que pensaba que lo importante iba a pasar en Madrid. Y regresé con una declaración de intenciones que me cuesta un poco menos hacer por escrito: quiero ese amor. Quiero cuidarlo y dejarme cuidar. Quiero la confianza de los años y la ilusión de una cita. Quiero seguir encontrando motivos para mirar a alguien y pensar qué suerte.
Quizás mientras leen esto les haya venido alguien a la cabeza. La persona que tienen al lado, una que echan de menos o esa que todavía esperan conocer. A lo mejor también llevan tiempo haciéndose los fuertes y les da un poco de pudor reconocer cuánto desean una caricia. O tienen ese cariño cerca y la prisa les ha ido aplazando las ganas de demostrarlo. Ojalá hoy encontremos un ratito para decirlo, para acercarnos, para que alguien sepa la suerte que sentimos de tenerlo.
Toda la verdad sobre mi mentira es esta: a veces hago como que esas cosas ya no me hacen tanta falta. Me lleno la agenda, hablo de proyectos y aprendo a estar bien conmigo, que también es necesario y también lo quiero. Pero hay una parte de mí que sigue deseando llegar, dejar las cosas en cualquier sitio y acercarse a alguien sin tener que explicarle por qué necesita un abrazo. Y hay otra, igual de grande, que está deseando escuchar la llave en la puerta y levantarse a darlo.
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