La última vez que te vi

"La vida, que para tantas cosas parece excesiva, para esto resulta brutalmente discreta. Se lleva momentos enteros sin hacer ruido. Y uno sigue caminando"

Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

Actualizada:

Hay algo profundamente injusto en la manera en que la vida organiza sus despedidas. Casi nunca avisa. No pone música triste de fondo, no baja la luz, no nos susurra al oído que prestemos atención porque ese abrazo, esa risa, esa sobremesa o esa conversación cualquiera están a punto de convertirse en un recuerdo irrepetible. La vida, que para tantas cosas parece excesiva, para esto resulta brutalmente discreta. Se lleva momentos enteros sin hacer ruido. Y uno sigue caminando, sigue contestando mensajes con prisa, sigue prometiendo cafés para otro día, sigue diciendo “ya nos vemos”, como si el tiempo fuera una propiedad privada, como si el calendario obedeciera, como si la gente que queremos estuviera siempre a salvo dentro de una especie de garantía invisible.

Estos días he pensado mucho en eso. En la última vez que vi a algunas personas a las que he querido de verdad. En la última vez que me despedí sin saber que aquella despedida era definitiva. En la última vez que un beso pudo haber sido más largo, un abrazo más hondo, una conversación más bonita. Y sé que el tema puede sonar casi literario, demasiado conocido, incluso gastado por la cantidad de veces que hemos oído que hay que vivir el presente, aprovechar el momento, querer más y mejor. Pero hay verdades que no se desgastan por repetidas. Se desgastan, en todo caso, por no ser obedecidas.

Hoy, mientras me cortaba el pelo con Guille, en ese sillón que ya se ha convertido muchas veces en una pequeña trinchera de pensamiento, me descubrí dándole vueltas a una idea que me persigue desde hace días. La vida no sucede en otra parte. No sucede cuando terminemos de arreglarnos emocionalmente, cuando nos vaya mejor, cuando tengamos menos trabajo, cuando estemos más delgados, cuando facturamos más, cuando duela menos, cuando se calmen las aguas o cuando por fin sintamos que todo está bajo control. La vida sucede ahora. Y, sin embargo, qué poco estamos en ella. Qué poco habitamos de verdad el único lugar donde realmente vivimos, que es el presente.

Llevo escuchando estos días algunos contenidos sobre estoicismo y, más allá del postureo moderno que a veces se ha construido alrededor de esa filosofía, hay una idea que me parece incontestable. No controlamos casi nada de lo que pasa fuera, pero sí tenemos una responsabilidad radical sobre cómo nos colocamos ante ello. El problema es que hemos sofisticado tanto nuestras excusas, que ya ni siquiera notamos hasta qué punto vivimos secuestrados. Nos secuestra el pasado, con sus culpas, sus nostalgias, sus errores y sus heridas mal cerradas. Nos secuestra el futuro, con su ruido, sus miedos, sus escenarios inventados y sus amenazas todavía inexistentes. Y entre una cosa y la otra vamos hipotecando la única riqueza que de verdad se gasta mientras la poseemos, que es el instante.

Y ahí es donde esta reflexión deja de ser solo íntima para convertirse también en una lección de vida y, por qué no decirlo, en una lección empresarial. Porque también en el trabajo vivimos como si todo pudiera aplazarse sin consecuencias. Aplazamos una llamada amable. Aplazamos pedir perdón. Aplazamos reconocer el esfuerzo de alguien. Aplazamos ese café con un compañero que sabemos que no está bien. Aplazamos decirle a un cliente que lo valoramos de verdad y no solo cuando toca renovar contrato. Aplazamos ordenar la casa, cumplir una entrega, responder con humanidad, agradecer, parar, escuchar. Y luego nos extraña que las empresas se llenen de distancias, de desgaste, de vínculos rotos y de gente que cumple sin sentirse vista.

A veces hablamos de productividad como si fuese una cuestión exclusivamente técnica, cuando muchas veces el gran problema es existencial. No rendimos bien porque no estamos bien. No llegamos a tiempo porque llevamos demasiado tiempo llegando tarde a nosotros mismos. No tratamos mejor a los demás porque ni siquiera nos estamos tratando con un mínimo de verdad. Y no aprovechamos del todo nuestro trabajo porque hemos olvidado que trabajar no es únicamente producir. También es estar. También es vincularse. También es entender que detrás de cada tarea, de cada correo, de cada retraso, de cada discusión y de cada logro hay personas cansadas, personas heridas, personas intentando salvar el día con más dignidad que fuerza.

Quizás por eso me conmueve tanto esta idea de las últimas veces. Porque pone en perspectiva casi todo. De pronto entiendes que aquella discusión absurda no merecía semejante energía. Que aquella llamada que no devolviste quizá sí era importante. Que aquel domingo en el que estabas físicamente presente, pero emocionalmente ausente, ya no vuelve. Que mientras tú estabas defendiendo tu agenda, tu enfado o tu versión de los hechos, la vida estaba pasando por delante, ligera, silenciosa, irrepetible.

Si lo hubiese sabido, claro que habría hecho muchas cosas de otra manera. El último beso habría sido más apasionado. El abrazo, más largo. La conversación, más limpia, más generosa, más bonita. Habría mirado más. Habría escuchado mejor. Habría dejado el móvil a un lado. Habría entendido que en ocasiones una caricia tiene más inteligencia que un argumento. Que hay momentos en los que conviene perder el orgullo para no perder algo mucho más importante. Que no siempre hay una próxima vez. Que no siempre hay otro verano, otro café, otro perdón, otra oportunidad para decir “me importas”, “gracias”, “quédate un rato más”, “ten cuidado”, “te quiero”.

Pero la madurez consiste también en entender que no podemos volver atrás para vivir mejor lo que ya pasó. Solo podemos honrarlo viviendo de otra manera lo que todavía está ocurriendo. Esa, quizá, es la parte más difícil y también la más hermosa. 

Vivimos en una época que nos enseña a acelerar incluso los afectos. Todo tiene que ser rápido, eficiente, rentable, visible. Hasta el dolor parece tener que resolverse deprisa, con una frase inspiracional y una foto luminosa. Pero hay pérdidas que no se procesan a golpe de eslogan. Hay ausencias que no vienen a darnos una lección amable, sino una sacudida. Y quizá esa sacudida, por dura que sea, trae consigo una obligación hermosa, que es volver a mirar la vida con reverencia. No con miedo, sino con reverencia. Como quien entiende, por fin, que cada escena cotidiana puede estar cargada de una importancia secreta.

Tal vez por eso hoy me apetece decirlo así, sin adornarlo demasiado. Aprovecha. Aprovecha de verdad. Aprovecha para llamar, para perdonar, para abrazar, para entrenar, para escribir, para cumplir, para empezar, para descansar, para ordenar la casa y el alma, para llegar a tiempo a lo que importa. Aprovecha incluso este día torcido, esta tarde rara, este cansancio, esta pena, esta sensación de haberte quedado un poco lejos de ti. Aprovecha porque seguir vivo ya es una oportunidad escandalosa. Aprovecha porque nadie sabe cuándo será la última cena, el último viaje, la última carcajada, la última vez que alguien te mire con esa mezcla de cariño y costumbre que uno solo aprende a valorar cuando ya no puede volver a verla.

Al final, cuando la vida aprieta y uno repasa la película, casi nunca se lamenta por no haber contestado un correo diez minutos antes. Lo que duele de verdad es otra cosa. Lo que duele es no haber entendido a tiempo que aquel instante, aparentemente cualquiera, ya era histórico para nosotros.

Y así, sin darnos cuenta, un día descubrimos que hubo personas a las que vimos por última vez sin saberlo. Que hubo abrazos que no defendimos lo suficiente. Que hubo conversaciones que merecían menos prisa y más verdad. Que hubo amores, amistades, familiares, compañeros y versiones de nosotros mismos que se fueron quedando atrás mientras pensábamos que todavía había margen. Por eso, quizá, la única forma decente de honrar lo que perdimos sea aprender a mirar mejor lo que aún permanece. Tocarlo con más conciencia. Cuidarlo con más valentía. Vivirlo con más hambre de realidad.

Y así, después de estas letras desgarradoras pero llenas de auténtica verdad, mi cabeza explota intentando recordar … la última vez que te vi.