'Un’estate italiana' que nos enseñó a amar los Mundiales

No sé si el Mundial que más nos marca es el mejor, pero sí el primero que vivimos con la edad suficiente para comprender que el fútbol podía quedarse para siempre en la memoria

'Un’estate italiana' que nos enseñó a amar los Mundiales. / AH
'Un’estate italiana' que nos enseñó a amar los Mundiales. / AH
Martín Alonso

Dicen que cada persona tiene un Mundial de fútbol. No el mejor. Ni siquiera el que ganó su selección. El suyo. Ese que queda suspendido en algún lugar de la memoria y al que uno vuelve sin proponérselo cada vez que la FIFA organiza otro torneo. He leído estos días esa teoría en un periódico irlandés y la he visto repetida después en varios comentarios de Twitter. Sostiene que el Mundial que más nos marca es el que vivimos con once años. No sé si existe una explicación científica para semejante afirmación, pero en mi caso las cuentas salen.

Es verdad que ya había disfrutado de México 86. Intenté completar su álbum de Panini y terminé otro, creo que de Cromos Barna, que sorteaba un Commodore 64. Mi madre me dejó acostarme hasta tarde la madrugada en la que Butragueño le marcó cuatro goles a Dinamarca en Querétaro. También recibí mi primer disgusto serio con la selección española cuando me desperté y descubrí que España había caído en los penaltis frente a Bélgica. Como todos los niños del Polígono aquel verano soñé con ser Maradona para dejar atrás a tanto inglés en cualquier descampado y con llevar el Adidas Azteca pegado al pie.

Pero aquel todavía no era mi Mundial. El mío llegó cuatro años después. Italia 90.

Mucho antes de que Argentina perdiera contra Camerún en San Siro en el partido inaugural, aquel Mundial ya había empezado en el barrio. Nos hartamos a comer bocadillos de chorizo Revilla porque con cada pieza nos regalaban unos cromos dobles de la selección española. Todavía soy capaz de recordar el de Juanito Rodríguez con la camiseta Le Coq Sportif de España.

Reventamos las cintas VHS que regalaban las revistas Época o Tiempo con resúmenes de la historia de los Mundiales. Aquellos casetes que rememoraban a Pelé, Eusebio, Charlton, Banks, Rivellino, Cruyff, Kempes, Rossi o Maradona pasaban de casa en casa y terminaron recorriendo todos los vídeos del número 47 de la calle Málaga. O, al menos, esa es la impresión que me dejó entonces.

Después llegó la canción. Un'estate italiana. Han pasado treinta y seis años y sigo pensando que ningún Mundial ha vuelto a tener una banda sonora capaz de competir con aquella. Echo de menos incluso la tipografía que Olivetti diseñó para las alineaciones y los marcadores de las retransmisiones. Hay nostalgias que resultan difíciles de explicar. Uno termina comprendiendo que no echa de menos unos rótulos de televisión; lo que añora es la persona que era cuando los veía.

Italia 90 fue una colección de descubrimientos.

La Camerún que tumbó a la campeona del mundo en el partido inaugural. La Costa Rica de Gabelo Conejo. Los goles de Tomas Skuhravy con Checoslovaquia. El oportunismo de Totò Schillaci, hasta el punto de que en las pachangas del barrio decidimos bautizar con el apellido del delantero italiano a Óliver, que dentro del área tenía el mismo instinto. El talento de Roberto Baggio. La seguridad de Walter Zenga bajo los palos. La aparición de selecciones que hasta entonces parecían futbolísticamente exóticas, como Colombia o Rumanía, capaces de regalarnos futbolistas del tamaño de Valderrama o Hagi. Y aquella Inglaterra de Lineker, Gascoigne y Platt que, treinta y seis años después, sigo creyendo que debió ganar aquel Mundial.

También aprendimos algunas lecciones que siguen vigentes.

Que Argentina jamás deja de competir. Que incluso cuando parece derrotada encuentra la forma de seguir viva. Y que Maradona era Dios.

Que Alemania, después de perder dos finales consecutivas, siempre vuelve. Aquel equipo funcionaba como un reloj al ritmo de Lothar Matthäus, con los goles de Klinsmann y la contundencia de Kohler atrás. Ni siquiera los escupitajos de Rijkaard sobre los rizos de Rudi Völler consiguieron sacar del partido a una selección que además representaba a un país inmerso en uno de los procesos históricos que cambiaron Europa: la reunificación tras la caída del Muro de Berlín.

Y que España todavía tenía mucho que aprender antes de convertirse, veinte años después, en campeona del mundo. Con el tiempo uno entiende que las selecciones también necesitan perder para comprender cómo se gana.

No fue, ni mucho menos, el mejor Mundial.

Hubo pocos partidos memorables. Demasiadas eliminatorias acabaron en los penaltis. Era un fútbol más lento, más conservador, más ramplón y bastante menos brillante que el actual. Aquellos cruces terminaron provocando una reflexión profunda que años después alumbró una de las mejores decisiones reglamentarias de la historia del fútbol: prohibir que el portero pudiera coger con las manos el pase de un compañero para evitar la pérdida deliberada de tiempo.

Pero había algo que aquel Mundial sí tenía y que hoy echo de menos.

El fútbol todavía parecía más importante que el negocio.

Quizá sea una trampa de la memoria. Puede que idealicemos la infancia igual que idealizamos las canciones, los veranos o los primeros amores. Sin embargo, sigo creyendo que entonces el Mundial conservaba una parte del misterio que hoy ha desaparecido. Ver jugar a Camerún, Colombia, Rumanía o Costa Rica era descubrir un planeta nuevo. No existían las plataformas que emitían todas las ligas, ni las redes sociales, ni los resúmenes infinitos. Durante un mes, el Mundial era la única ventana al fútbol del resto del mundo.

Por eso sospecho que la teoría del periódico irlandés tiene razón.

No recordamos con más cariño el mejor Mundial. Recordamos el primero que vivimos con la edad suficiente para entender que aquello era mucho más que un torneo.

El primero en el que intercambiamos cromos con ansiedad.

El primero en el que pedimos permiso para acostarnos más tarde.

El primero en el que discutimos en la calle sobre si el Adidas Etrusco era mejor balón que el Tango.

El primero en el que comprendimos que un futbolista podía parecer inmortal.

Éramos felices y no lo sabíamos.

O quizá sí lo sabíamos, pero todavía no habíamos aprendido a nombrarlo.

Ahora discutimos sobre sedes, formatos, calendarios imposibles y negocios. Decimos que el Mundial ya no es lo que era. Tal vez sea cierto. O tal vez lo que ya no es lo que era somos nosotros.

Porque cada cuatro años seguimos buscando exactamente lo mismo.

Volver a tener once años.

Volver a creer que un balón puede detener el tiempo.

Volver, aunque solo sea durante un mes, a vivir un verano italiano, con sus noches mágicas, persiguiendo un gol.