Jonathan Viera, por Farruqo.
Jonathan Viera, por Farruqo.

La última gambeta de Jonathan Viera

Dos ascensos a Primera, una generación marcada por su fútbol y una madre, Macu, que nunca dejó de creer en él | El último gran símbolo amarillo deja el césped convertido en leyenda

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Martín Alonso

Las leyendas no se marchan cuando cuelgan las botas. Se marchan cuando dejan de ocupar un lugar en la memoria de la gente. Y ese día todavía está muy lejos para Jonathan Viera.

Dos ascensos a Primera División. Referente de la mejor Unión Deportiva Las Palmas del siglo XXI. Último futbolista amarillo convocado con la selección española. Ídolo de una generación de aficionados que aprendió a amar el fútbol viendo cómo amagaba, frenaba el tiempo y encontraba espacios donde nadie más era capaz de verlos. El pasado miércoles, en Málaga, probablemente disputó su último partido con la camiseta amarilla. Lo hizo como empezó todo: con la pelota cerca de los pies y miles de personas pendientes de él.

Jonathan Viera durante el encuentro entre La UD Las Palmas y el Deportivo de La Coruña en Gran Canaria. /Redes
Jonathan Viera durante el encuentro entre La UD Las Palmas y el Deportivo de La Coruña en Gran Canaria. /Redes

Líder de época

La caricatura que acompaña este perfil lo retrata delante de un enorme escudo de la UD Las Palmas. Apenas sobresale la corona. Pero basta para entender el mensaje. Durante años, Jonathan Viera fue el rey de la Unión Deportiva. El futbolista alrededor del cual giraba el equipo. El jugador capaz de sostener una ilusión colectiva. El rostro más reconocible de una entidad que encontró en él un símbolo cuando más lo necesitaba.

Los datos ayudan a explicar la dimensión del personaje. Lideró el ascenso de 2015, el que devolvió a la UD Las Palmas a Primera División después de trece años de ausencia. Regresó años más tarde para encabezar el ascenso de 2023. Entre ambos éxitos protagonizó la etapa más brillante del club en la máxima categoría durante el ciclo de Quique Setién. Aquella Unión Deportiva que enamoró a media España jugando al fútbol. Aquella que convirtió el balón en una declaración de principios.

También fue el último jugador amarillo en vestir la camiseta de la selección española absoluta. Un detalle que ayuda a comprender la magnitud de su carrera. Porque Jonathan Viera no solo fue importante para la Unión Deportiva. También logró algo que muy pocos futbolistas canarios han conseguido: abrirse paso hasta la élite sin renunciar nunca a su identidad.

Macu, la raíz de todo

Sin embargo, la historia verdaderamente importante no empieza en los ascensos, ni en Primera División, ni en los focos de la selección. Empieza mucho antes. Empieza en una madre llamada Macu.

Jonathan Viera y Marc Cardona, emocionados, se abrazan tras finalizar el partido y celebran el ascenso de la UD Las Palmas a Primera División. / ELVIRA URQUIJO A.-EFE
Jonathan Viera y Marc Cardona, emocionados, se abrazan tras finalizar el partido y celebran el ascenso de la UD Las Palmas a Primera División en 2023. / ELVIRA URQUIJO A.-EFE

Antes de que Jonathan llenara estadios, Macu Ramos ya llenaba su vida de sacrificios. Antes de que miles de personas corearan su nombre, ella ya recorría la ciudad para llevarlo a entrenamientos, esperar el final de los partidos y sostener un sueño que entonces parecía improbable. Porque el talento ayuda a abrir puertas, pero detrás de casi todos los grandes deportistas suele existir alguien que empuja cuando las fuerzas flaquean. En el caso de Jonathan Viera, esa persona fue su madre.

Fútbol de barrio

Los orígenes de la familia se encuentran en el Polígono de San Cristóbal. En aquel barrio trabajador de Las Palmas de Gran Canaria donde las dificultades económicas nunca eran una noticia de periódico, sino una realidad cotidiana. Allí, en casa de su abuela materna y en La Feria —donde su madre formó un hogar—, transcurrieron los primeros años de un niño que, como tantos otros de su generación, vivía pegado a una pelota.

No hacía falta un campo de fútbol para jugar un partido. Bastaba un descampado. Un trozo de cemento. Un soportal. Un rincón cualquiera donde cupieran dos porterías imaginarias. Incluso saltar algún muro de un colegio servía para organizar partidos interminables. Aquellos barrios estaban llenos de niños que soñaban con parecerse a los futbolistas que veían por televisión. La diferencia es que Jonathan acabó convirtiéndose en uno de ellos.

Vitolo

Sus primeros pasos organizados llegaron en el Árbol Bonito. Allí coincidió con otro chico que también terminaría dejando huella en el fútbol español: Vitolo. Con los años la amistad se transformó en algo parecido a una hermandad. Compartieron vestuario, alegrías y una forma muy parecida de entender el juego. La de los futbolistas que crecieron jugando en la calle y que jamás perdieron del todo esa esencia.

El regreso de Jonathan Viera, primera papa caliente para Luis García en la UD Las Palmas. / UD LAS PALMAS
Miguel Ángel Ramírez abraza a Jonathan Viera. / UD LAS PALMAS

Allí el único desafío era jugar y ganar. Jugar durante horas. Jugar hasta que oscurecía. Jugar como si no existiera nada más importante. Porque para él no existía. Desde muy pequeño tuvo claro que quería ser futbolista. Y Macu tuvo igual de claro que haría todo lo posible para ayudarlo.

Tras destacar en el Atlético Feria llegó la llamada inevitable de la Unión Deportiva Las Palmas. El talento ya era demasiado evidente para pasar desapercibido. Mientras otros jóvenes intentaban abrirse camino, Jonathan avanzaba quemando etapas. Había calidad. Había personalidad. Había algo diferente.

2010: Jémez y el Nàstic

La oportunidad definitiva apareció en 2010. La Unión Deportiva atravesaba uno de los momentos económicos más delicados de su historia reciente. Apenas quedaba dinero en las arcas del club después de años difíciles. No había margen para grandes fichajes ni para apuestas costosas. Y entonces la cantera volvió a hacer lo que tantas veces había hecho cuando la entidad se acercaba al abismo: salvarla.

Paco Jémez decidió mirar hacia abajo. Y encontró oro.

El debut de Jonathan Viera con el primer equipo, frente al Nàstic de Tarragona, fue mucho más que el estreno de un futbolista. Fue la presentación pública de una generación irrepetible. Aquel día muchos aficionados acudieron al Estadio de Gran Canaria movidos por una pregunta sencilla: ¿eran realmente tan buenos aquellos chicos de los que todo el mundo hablaba?

La respuesta llegó pronto. Vaya si lo eran. Junto a Jonathan aparecieron nombres como Vitolo, Vicente Gómez, Raúl Lizoain, Juampe, Aythami Álvarez o Randy. Después se consolidarían Roque Mesa y Hernán Santana. Más tarde regresarían los hermanos Castellano, Javi y Dani, para completar una columna vertebral que marcaría una época.

Un equipo diferente

Aquella Unión Deportiva tenía algo que hoy resulta cada vez más difícil encontrar. Tenía personalidad. Jugaba lejos de los corsés que dominan el fútbol moderno. Había sistemas, por supuesto. Había trabajo táctico. Pero también existía espacio para la imaginación. Para el regate. Para el desborde. Para la pausa. Para la fantasía.

Sergi Cardona, Sandro y Jonathan Viera celebran el tercer gol de la UD Las Palmas en su visita al Cartagena FC
Sergi Cardona, Sandro y Jonathan Viera celebran el tercer gol de la UD Las Palmas en su visita al Cartagena FC

Jonathan Viera representaba mejor que nadie aquella manera de entender el juego. Era el futbolista capaz de intentar lo que nadie esperaba. El que convertía un partido gris en una tarde memorable. El que hacía que mereciera la pena pagar una entrada.

Traspaso al Valencia CF

No es casualidad que su primer gran traspaso, rumbo al Valencia, ayudara además a sanear las cuentas de una entidad que todavía trataba de recuperarse económicamente. Jonathan generó fútbol. Generó ilusión. Y también generó recursos para el club de su vida.

Lo más llamativo fue que volvió. Y volvió dos veces. Primero desde Bélgica, desde el Standard de Lieja. Después desde China. Pudo elegir otros caminos. Otras aventuras. Otros contratos. Pero siempre acabó regresando al mismo sitio. A la Unión Deportiva Las Palmas. A la isla. A la gente que lo vio crecer.

Jonathan Viera esconde el balón ante Abdel Abqar el día del últimos ascenso de la UD Las Palmas a Primera División. / ELVIRA URQUIJO-EFE
Jonathan Viera esconde el balón ante Abdel Abqar el día del último ascenso de la UD Las Palmas a Primera División. / ELVIRA URQUIJO-EFE

Dos ascensos

Y en ambos regresos dejó la misma herencia: liderazgo, calidad y ascensos. Por eso resulta imposible explicar la historia reciente del club sin hablar de Jonathan Viera. Porque durante muchos años la historia de la UD Las Palmas y la historia de Jonathan fueron prácticamente la misma.

Ahora llega el momento de la despedida. Quizás todavía quede alguna aparición esporádica. Quizás el fútbol le reserve algún capítulo más cerca de casa. Quizás incluso encuentre en el Arucas una forma amable de seguir alimentando el gusanillo de competir.

Pádel

Tendrá más tiempo para disfrutar de su mujer, Estefanía, y de sus hijos. Más tiempo para compartir con Macu esas conversaciones que durante años quedaron aplazadas por entrenamientos, concentraciones y viajes. Más tiempo para el pádel, una de las pasiones que mejor conocen quienes forman parte de su círculo más cercano y que le servirá para mantener vivo su gen competitivo —no le gusta perder ni al parchís—. 

Pero nada de eso cambiará lo esencial. Jonathan Viera ya pertenece a ese reducido grupo de futbolistas que dejan de ser jugadores para convertirse en patrimonio sentimental de un club.

Los goles se olvidan. Las clasificaciones se difuminan. Los partidos terminan desapareciendo de la memoria. Las emociones no. Y pocas personas han conseguido emocionar tanto a la afición amarilla durante tanto tiempo como Jonathan Viera. Éramos felices con él en la UD Las Palmas y no lo sabíamos.