Votar era una fiesta

Hubo un tiempo en España en que votar era una fiesta. En estos días parece que en lugar de votar hay que ir a pegar un cachetón cuando se acuda a un colegio electoral

Santiago Gil.

Hubo un tiempo en España en que votar era una fiesta. Yo tenía diez años cuando se celebraron las primeras elecciones generales. Buscábamos pegatinas y nos encantaba aquel cambio de escenario en las calles, con coches con megáfonos y carteles rutilantes. Votar era devolverle la soberanía al pueblo después de cuarenta años. Uno deseaba ser mayor de edad cuanto antes para ir a votar. Mirábamos asombrados las colas delante de aquellas urnas transparentes en lugares que, de repente, parecían sacralizarse para la democracia.

El colegio dejaba de ser colegio y se convertía en un lugar donde iban nuestros padres y nuestras abuelas. Claro que había vocingleros, gente que metía miedo y todas esas cosas, pero apenas ocupaban escaños en el parlamento. También, con once o doce años, los niños nos quedábamos viendo los debates de ese parlamento, con Suárez, Felipe, Fraga, Carrillo o Sagaseta.  No había redes sociales, y por eso la voz estaba en el voto, y el voto era algo más que un movimiento de papeles.

En estos días parece que en lugar de votar hay que ir a pegar un cachetón cuando se acuda a un colegio electoral. En lugar de leer los programas o de tratar de atisbar quién de los candidatos es el que más se ajusta a nuestra manera de entender la vida, la economía y el futuro, lo que se hace, desde todos los lados, es remover las vísceras y despertar los peores instintos del votante: cuanta más rabia más votos, cuanto más odio más movimiento mediático, y claro, nos olvidábamos de la grandeza de la democracia, de que cada persona sí decide el destino de un país, pero si en ese destino lo que encontramos por todas partes son candidatos con las mismas intenciones gregarias y pendencieras, las campañas electorales, lejos de ser una fiesta, se convierten en un estercolero de malas formas y de falsas promesas que ya saben de antemano que son mentiras. También en una hoguera en la que, poco a poco, acabaremos quemando el sentido de la democracia y de ese voto secreto que pertenece a cada persona sin ningún tipo de discriminación, y sin ninguna diferencia entre el ejecutivo y el que no tiene nada en estos momentos.

Minuto de gloria

Pero las elecciones se quieren ganar en las televisiones y ahora también en las redes sociales. Ya no hay que ir por los pueblos dando mítines abiertos y repartiendo pegatinas. Ahora se va a hablar a los que ya saben lo que quieren escuchar y se ponen las guaguas necesarias, y un regidor que avise de las conexiones en directo, para el minuto de gloria electoral diaria, para buscar el gesto más procaz, o el grito más pendenciero, que permita generar movimiento en esas redes tan hambrientas de odio para ganar audiencia a costa del despedazamiento de la razón, de la mesura y del respeto.

En aquellos años de los que hablo, la gente iba a los distintos mítines a escuchar lo que decían los candidatos. Hoy se vota contra el otro. No se elige al que propone sino al que más grita y al que más sea capaz de mover la rabia de la gente. Llegar a respirar no fue fácil para el ser humano. Costó millones de años. Llegar a votar tampoco es algo que cayera del cielo. No lo olvidemos. No nos dejemos arrastrar por todos esos que han convertido la política en una bochornosa pelea callejera. Se puede votar por cualquiera de los candidatos o con un voto en blanco cuando creamos que ninguno de ellos nos representa. Pero votemos, y volvamos a votar todas las veces que hagan falta hasta que podamos entendernos. El voto libre y secreto es la única evidencia científica que nos queda a los demócratas.

 

 

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