La semana pasada cayó un árbol en Las Palmas de Gran Canaria. Un árbol con más años que cualquiera de sus ciudadanos. Estaba en el centro de la plaza de Santo Domingo, en Vegueta. Ahora solo queda un hueco en el alcorque en el que lo habían encerrado hacía tiempo, cuando decidieron llenar la plaza de adoquines y cuando no cortaron los árboles porque no se lo hubieran permitido los vecinos; pero sí los dejaron moribundos, para que fueran cayendo poco a poco, y así conseguir así que se viera esa piedra que se empeñan en poner en todas las plazas y todos los parques. Esta ciudad está teniendo el calor que merece, por matar a sus árboles y espantar la sombra, por no respetar ni su memoria botánica, ni su memoria urbanística.
En Vegueta caen los árboles los árboles centenarios y derriban las casas que los vieron crecer, así se está escribiendo la vida de esta urbe que en unas pocas décadas ha ido destrozando lo que creó la naturaleza y también lo que crearon otros humanos que sí tuvieron en cuenta la belleza cuando levantaban una casa. Sin árboles nos achicharrará ese sol inclemente de mediodía, porque cada año que pasa ese mediodía se alarga muchas horas. Si van a Santo Domingo se darán cuenta de esa ausencia cuando noten el sol en sus cabezas en el centro de la plaza. También lo notarán por el silencio de pájaros. Ya todo es más aséptico, como lo que buscan hace tiempo los que deciden el trazado de las calles y los parques de Las Palmas de Gran Canaria.
Cemento y hormigón
Hace años ya quitaron la escalera centenaria en la que se sentaron los niños de muchas décadas, la de cantería de Arucas que estaba delante de la iglesia, y ahora ha caído el laurel de indias. Los alcorques en los que los encerraron ya anunciaban ese final, y no sé si estarán a tiempo de salvar los que quedan. Pero esa ausencia de árboles la tenemos por toda la ciudad, y lejos de enmendarnos seguimos reincidiendo en dejar para el futuro una extensión de cemento y hormigón sin nada que reverdezca la mirada y cree espacios de sombra, microclimas menos candentes entre el ruido de los coches y ese sol que ya quema, como cansado de nuestra barbarie, hubiera decidido castigarnos con sus rayos. Y nunca pasa nada. Los que deciden se van yendo. Nadie responde por un arboricidio o por esas planificaciones en las que solo quieren lucir ladrillos y esquinas malabares de diseño que se levantan a los tres días, como se levantan en apenas unos meses casi todos los adoquines de las calles peatonales.
Delante de ese árbol pintó en su día Jorge Oramas, y bajo su sombra se han escrito historias de amor, partidos de fútbol improvisados, soliloquios nocturnos, zureos de palomas, cantos de mirlos y también esa espesura que ya no existe cada vez que levantabas la mirada y dejabas que tu mirada se perdiera entre los recovecos de sus hojas y sus ramas. Dicen que estaba enfermo, pero la que está enferma es la ciudad que no supo cuidarlo. No sé a dónde habrán ido sus ramas resecas, ni tampoco sé si plantaran otro laurel de indias que dure más de cien años y que vea pasar la vida de la gente tanto tiempo. Ya solo queda su hueco, esa ausencia que no se descubre hasta que te falta lo que siempre había estado, lo que dabas por hecho, porque dábamos que ese árbol seguiría estando cuando nos fuéramos; pero nosotros, antes de irnos, estamos empeñados en llevarnos el planeta por delante, árbol a árbol, esperanza a esperanza.
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