Yo era de Sabina y ellos, de Bad Bunny. Y supongo que, en esa frase aparentemente simple, cabe una parte importante de todo lo que nos ha pasado. Porque uno no elige solamente la música que escucha; uno termina aprendiendo a amar exactamente igual que las canciones que le acompañaron cuando todavía era demasiado ingenuo para entender que hay personas que llegan a tu vida únicamente para enseñarte a perderlas, dejando en números rojos, en la cuenta del olvido.
Nosotros crecimos creyendo que el amor tenía algo de ciudad mojada, de madrugada interminable y de derrota hermosa. Crecimos pensando que la vida podía resumirse en “19 días y 500 noches”, que había personas capaces de robarnos “el mes de abril” y que enamorarse consistía, básicamente, en quedar emocionalmente inutilizado durante una temporada larga, justo cuando tus ojos son propiedad de un nombre y apellido. Y claro, luego escuchabas a Joaquín decir aquello de “y morirme contigo si te matas” y tú, que todavía no sabías nada de responsabilidad afectiva ni de terapia ni de salud mental, pensabas: esto debe ser querer bien.
Qué peligrosamente humano era Sabina.
Porque Sabina no escribía canciones; escribía verdad sucia. Verdad llena de humo, de bares pegajosos, de gente llegando tarde a casa y mirando el teléfono en mitad de la noche como si un mensaje pudiera salvarles la vida. Canciones para quienes alguna vez se quedaron sentados en el borde de la cama viendo un “en línea” eterno sin saber muy bien cómo aceptar que alguien ya se estaba yendo incluso antes de haberse ido del todo, mientras tu esperabas que algo pasase, en un mundo, donde pasan cosas, aunque no las que tú quieres.
Tú escuchabas “y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido” y sentías una rabia profundamente ofensiva al descubrir que el mundo seguía funcionando exactamente igual después de una despedida. La gente seguía comprando pan. Las guaguas seguían pasando. Tus amigos seguían preguntándote si ibas a salir. Y tú solo querías encerrarte a escuchar canciones como si pudieran suturarte una herida que ni siquiera sabías explicar.
Nosotros escuchábamos música para sobrevivir a la humillación preciosa de querer más de lo que nos querían. Éramos una generación profundamente ridícula, sí, pero de una manera hermosa. Confundíamos una mirada larga con destino, una conversación de madrugada con amor verdadero y una despedida fría con el principio del apocalipsis emocional. Intensos. Dramáticos. Un poquito insoportables. Pero sentíamos de verdad.
Y luego llegó otro mundo.
Uno mucho más rápido. Más limpio por fuera y muchísimo más vacío por dentro. Un mundo obsesionado con parecer feliz, parecer deseable, parecer inalcanzable. Un mundo donde todo tiene que durar poco para no molestar demasiado: el deseo, la conversación, el sexo, la decepción, incluso el duelo. Como si sentir demasiado se hubiese convertido en algo incómodo. Casi vulgar.
Y ahí aparecieron Bad Bunny, Quevedo, Feid y toda una generación que convirtió el desamor en una estética luminosa y perfectamente filtrada. Canciones llenas de relojes caros, coches imposibles, cuerpos perfectos y frases diseñadas para sonar en una terraza mientras alguien intenta fingir que ya no le importa una persona que todavía le sigue destrozando un poco la vida.
Pero debajo de toda esa velocidad emocional sigue existiendo exactamente el mismo miedo de siempre. El terrorífico miedo de saber, que no te eligieron.
Porque incluso entre luces de neón, estadios llenos y canciones para bailar mirando al techo de una discoteca, terminan escapándose frases como “las noches sin ti duelen”. Y ahí aparece la grieta. Ahí entiendes que esta generación entrenada para aparentar indiferencia también está rota; simplemente aprendió a esconderlo mejor. Nosotros escondíamos las heridas detrás de metáforas. Ellos detrás de filtros, stories y vidas perfectamente editadas. Pero la soledad, la de verdad, sigue oliendo exactamente igual a las tres de la mañana.
Quizá por eso algunos seguimos regresando a Sabina. Porque en sus canciones nadie intentaba quedar bien. La gente prometía demasiado, quería mal, perdía trenes, ciudades y personas importantes. Había contradicción, derrota y una humanidad aplastante en toda aquella realidad podrida de verdad. Sabina escribía sobre personas. Muchas canciones de ahora parecen escritas sobre personajes.
Esa es la diferencia.
Uno te hacía sentir que alguien podía salvarte una noche hablándote de Madrid, de un hotel barato o de una despedida absurda en la puerta de un portal. Los otros, a veces, parecen demasiado ocupados enseñándote cuánto brillan, frente al espejo, como para contarte honestamente cuánto les duele algo y menos si somos nosotros.
Y, aun así, todos terminamos buscando exactamente lo mismo. Una caricia curativa.
Una canción que se siente a nuestro lado cuando todo empieza a romperse. Una frase que nos acompañe mientras miramos el teléfono esperando un mensaje que no llega. Una voz que nos haga sentir menos ridículos por seguir echando de menos a alguien que probablemente ya aprendió a vivir sin nosotros.
Por eso este artículo no va realmente sobre Sabina ni sobre Bad Bunny. Va sobre el paso del tiempo. Sobre descubrir que un día empiezas a echar de menos no solamente personas, sino maneras de sentir. Maneras de amar despacio. Versiones antiguas de ti mismo que todavía creían que algunas conversaciones podían durar hasta que “nos dieran las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres”.
Y quizá todo termine pareciéndose mucho más a las letras de Joaquín, de lo que nos gustaría admitir. Mucho ruido. Mucha pose. Mucha gente fingiendo estar bien. Y luego la madrugada, que te voy a contar, siempre la madrugada.
Ese momento brutal en el que se apaga la música, el teléfono deja de sonar y descubres que hay personas que siguen doliendo incluso después de haberse ido.
Ahí, exactamente ahí, es donde todas las generaciones terminan cantando la misma canción. Una que te mira a la cara para recordarte que no existe éxito profesional, ni halago de amigo que calme la palpitación del demonio nocturno que te visita “19 días y 500 noches”.