Imagen de una calle de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria / ATLÁNTICO HOY
Imagen de una calle de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria / ATLÁNTICO HOY

Jinámar, El Polvorín y La Isleta: los peores barrios según los jóvenes de Las Palmas de Gran Canaria

Un estudio revela qué barrios de la ciudad arrastran más prejuicios entre los adolescentes de 15 a 17 años y por qué

ariadna

En toda ciudad hay barrios que tienen mejor fama que otros. Si se piensa en Las Palmas de Gran Canaria, creo que cualquier persona puede imaginarse cuáles están en la lista de los que se ven con peores ojos. Para conocer mejor si esa imagen se sigue perpetuando y en qué barrios, un estudio de la ULPGC ha puesto cifras y ubicado en un mapa esa percepción. 

La investigación, titulada Topofobias adolescentes como indicio de fragmentación urbana simbólica, pregunta a estudiantes de entre 15 y 17 años cuál es la peor zona de la ciudad y por qué. Y hay tres barrios que destacan por encima de todos: Jinámar, El Polvorín y La Isleta. 

Lista de barrios

Aunque en el estudio se mencionan hasta 38 barrios diferentes, las respuestas de los jóvenes se concentran en pocos lugares. Jinámar, El Polvorín y La Isleta son los barrios que más se repiten, colocándose como los tres primeros que cargan sobre sí estigmas y prejuicios desde siempre. 

Los siguientes que también se repiten entre las respuestas son Las Rehoyas, La Feria del Atlántico, Zárate, el Polígono de San Cristóbal, Schamann y Tamaraceite. Todos coinciden en estar ubicados, en su mayoría, en la periferia y vinculados históricamente a desarrollos de vivienda social o grandes polígonos residenciales de las décadas de los 50, 60 y 70.

¿Por qué el rechazo?

¿Qué lleva a los jóvenes a pensar eso? La sensación de inseguridad es una de las razones más citadas. Muchos adolescentes asocian determinados barrios con miedo a robos, peleas o presencia de drogas, por lo que la percepción de peligro se convierte en el pilar principal de este rechazo. 

El segundo factor más repetido es la falta de servicios urbanos, sobre todo el transporte público. Los jóvenes destacan las dificultades de movilidad, así como la escasez de comercio, ocio y equipamientos. Para ellos, que dependen de la guagua, un barrio mal conectado limita su autonomía y sus posibilidades de socialización.

Aspecto del barrio

La limpieza y el estado del barrio también influyen. La suciedad, el deterioro de edificios o calles y la falta de espacios agradables generan rechazo. Para muchos, un entorno cuidado transmite más seguridad y bienestar.

También aparecen, aunque con menor peso, los conflictos sociales (pobreza, desempleo o problemas de convivencia) y factores ambientales como el tráfico, el ruido o la contaminación.

Schamann es uno de los poco barrios donde se puede pagar un alquiler con el salario mínimo / ATLÁNTICO HOY
Schamann es uno de los poco barrios donde se puede pagar un alquiler con el salario mínimo / ATLÁNTICO HOY

Rumores o comentarios

Uno de los datos más llamativos del estudio es que algunos de los barrios señalados han sido rehabilitados o han mejorado en los últimos años, por lo que el rechazo no siempre se corresponde con la realidad actual de los barrios. 

Es el caso de El Polvorín. A pesar de haber sido objeto de una importante renovación urbana entre 1995 y 2009, sigue figurando entre los barrios más rechazados por los adolescentes. El estigma se ha mantenido incluso cuando ha mejorado las condiciones físicas y sociales del entorno.

Según los investigadores, muchas de estas percepciones no nacen solo de la experiencia propia de los adolescentes — ya que muchos no han ni estado en estos barrios —, sino por lo que se escucha en el entorno familiar, en los medios de comunicación o en redes sociales. Es decir, la imagen del barrio se construye muchas veces a partir de comentarios, noticias o rumores.

Combatir los prejuicios

Más allá de señalar zonas concretas, el estudio plantea una reflexión de fondo: la forma en que los adolescentes ven la ciudad puede influir en el futuro. Si los adolescentes crecen identificando determinados barrios como lugares “no deseables”, esa mirada puede perpetuar desigualdades, reforzar barreras invisibles y condicionar decisiones futuras de residencia, ocio o movilidad cuando lleguen a la edad adulta.

En definitiva, este “mapa del rechazo” no solo habla de inseguridad o transporte. Habla de la imagen que se construye sobre cada zona y de cómo esa imagen puede quedarse durante años. Para los investigadores entender esa mirada y el porqué resulta clave para combatir esa estigmatización y que no se siga repitiendo.