Antes de las togas, los despachos oficiales, los coches con chófer y las reuniones con Felipe González estuvo la arena. Eligio Hernández Gutiérrez aprendió antes a agarrar una camisa de lucha que a interpretar un código. En El Pinar de la posguerra, cuando un niño podía considerar un tesoro guardar un par de almendras y unos higos en los bolsillos, la lucha canaria no necesitaba escuelas deportivas. Bastaban otros niños, un trozo de tierra y las ganas de tumbarse unos a otros.
Eligio nació en El Pinar el 24 de julio de 1947 y desde que alcanza su memoria se recuerda en la brega. Luchaba con los niños del pueblo y esperaba las fiestas para ver a los mayores medirse en El Pinar, Valverde o La Frontera. En su casa, además, aquello venía de sangre. Su padre, Yiyo Hernández, había sido luchador, y el creció admirando a una figura por encima del resto de puntales: Francisco Marrero, Barbuzano. Para Eligio Hernández no ha existido otro igual.
La lucha fue una herencia, pero también una escuela.
Unos zapatos en El Hierro
El currículum de Eligio Hernández ocupa varias vidas. Abogado, juez, magistrado, obernador civil, delegado del Gobierno, vocal del Consejo General del Poder Judicial, Fiscal General del Estado, miembro del Consejo de Estado, diputado del Parlamento de Canarias y nuevamente abogado.
Pero para comprenderlo quizá sirva más saber de dónde viene que enumerar dónde llegó.
Los Hernández eran campesinos. Sus abuelos habían emigrado a Cuba y Venezuela, como tantas familias isleñas obligadas durante generaciones a buscar al otro lado del Atlántico el dinero que Canarias no podía ofrecerles. Regresaron con algunos ahorros y pudieron comprar tierras de pastoreo, cabras, vacas y ovejas. Hacían quesos y los exportaban a Gran Canaria.
En El Hierro de la posguerra poder ponerse zapatos o alpargatas ya marcaba una diferencia. En ese mundo creció Eligio junto a sus hermanas y sus abuelos paternos. Sus padres tomaron después una decisión que determinaría el resto de su vida: emigraron a Venezuela. No lo hicieron para alejarse de sus hijos, sino precisamente para acercarlos a un futuro que desde El Pinar parecía difícil alcanzar. Querían ganar el dinero suficiente para que aquel niño que destacaba en la escuela pudiera estudiar.
La educación se convirtió así en una empresa familiar. Y funcionó.
El Pollo del Pinar
Llegó un momento en que El Hierro se quedó pequeño para continuar estudiando. Eligio tuvo que marcharse a Tenerife. Y con él viajó el luchador.
En los terreros tinerfeños tardaron poco en descubrir que aquel muchacho herreño sabía algo más que defenderse. Fue puntal de Primera Categoría y se ganó un nombre que terminaría acompañándolo durante toda su vida: el Pollo del Pinar.
La lucha canaria también le ayudó a pagar los estudios. Mientras otros universitarios buscaban cualquier trabajo para completar lo que llegaba de casa, Hernández se agarraba, levantaba adversarios y trataba de llevarlos a la arena. Una parte del dinero que ganaba luchando terminaba convertida en libros, matrículas y gastos universitarios.

Derecho en La Laguna
Eligió Derecho en la Universidad de La Laguna. La imagen tiene algo de aquella Canarias que desapareció demasiado deprisa: un hijo de campesinos de El Pinar, con sus padres trabajando en Venezuela, estudiando leyes en Tenerife gracias en parte al dinero que conseguía tumbando hombres en los terreros.
Décadas después sigue siendo reconocido por aquello. En marzo de 2026, con 78 años, coincidió en el aeropuerto de Fuerteventura con los luchadores del Maxorata. Los jóvenes se encontraron con quien había sido Puntal A y una de las figuras de su generación. Hernández terminó aconsejando a Kiren González sobre algo que conoce bien: no abusar de las pesas. Sus rodillas, confesó, todavía pagan los excesos de aquellos entrenamientos.
El cuerpo conserva memoria.
Primero Cervantes
Si Yiyo le enseñó el terrero, José Padrón Machín le enseñó otra forma de agarrarse a la vida. Cronista, escritor, procurador de los tribunales, socialista de otra época y hombre de una enorme influencia intelectual sobre Hernández, Padrón Machín fue uno de aquellos maestros sin aula capaces de determinar una biografía.
Eligio acudió a él cuando comenzó sus estudios universitarios con una pregunta que parecía lógica para un joven interesado por la política:
—Don José, ¿cuándo me explica usted lo que es el socialismo?
La respuesta le acompañaría toda la vida:
—Mi hijito, tienes que leer a Cervantes y a Galdós. Primero cultura y luego política.
Hernández todavía lo recuerda. En 2026 escribió que desde entonces mantiene junto a su cama los Episodios Nacionales y El Quijote, libros a los que regresa continuamente.

Otros dos maestros
En el Derecho encontró otros dos maestros: el profesor Alejandro Nieto y el magistrado Rafael de Mendizábal. Pero Padrón Machín ocupó otro territorio. No le enseñó una profesión. Le enseñó una manera de mirar.
De ahí procede probablemente una de las frases que mejor permiten entender cómo Eligio Hernández relaciona su procedencia campesina, la lucha y una determinada idea de la dignidad: "Nuestro linaje es el del humilde campesino, que, para ser un verdadero caballero, como dijo Cervantes en boca del hidalgo Quijote, tiene que seguir el camino de la virtud, el de la más importante, que es la nobleza".
De El Pinar a un juzgado
Se licenció en Derecho por la Universidad de La Laguna y completó su formación con un diploma en Derechos Humanos por la Universidad de Estrasburgo. En 1974 ingresó por oposición en el Cuerpo de Letrados Sindicales de la antigua Administración Institucional de Servicios Socioprofesionales, la AISS, y comenzó a trabajar en Santa Cruz de Tenerife.
Pero quería ser juez. En octubre de 1976 ingresó en la Carrera Judicial. Tenía 29 años. Su primer destino fue Telde.
Podría parecer una línea más dentro de un currículum que después llevaría nombres mucho más solemnes —Audiencia Nacional, Tribunal Superior de Justicia de Canarias, Consejo General del Poder Judicial, Fiscalía General del Estado—, pero probablemente ninguno de esos destinos cambió tanto su vida como aquel juzgado grancanario.
Telde: más que un destino
Telde le dio a Juana Bolaños. Allí conoció a la mujer con la que construiría su familia y con la que tendría dos hijos: Eligio, geógrafo y especialista en Urbanismo que llegó a ser concejal de Santa Cruz de Tenerife por Sí se puede, y Saúl, que siguió el camino jurídico de su padre y se hizo abogado. Después llegaron los nietos. Y los nietos han terminado consiguiendo algo que quizá no pudieron ni la judicatura ni la política: complicarle el regreso definitivo a El Hierro.
Porque Hernández ha imaginado durante años una retirada en su isla. Volver al origen. A El Pinar. Pero una cosa es proyectar la jubilación y otra tener a los hijos y a los nietos en Tenerife. A determinadas edades la geografía familiar pesa más que la sentimental.
El Hierro tira. Los nietos también. Y, de momento, ganan los nietos.

La pregunta sin respuesta de los etarras
Después de Telde llegaron Icod de los Vinos, Granadilla y La Orotava. Ascendió a magistrado y acabó dando un salto que habría resultado difícil de imaginar para aquel niño de El Pinar: Madrid.
Ejerció en la Audiencia Nacional. Allí tuvo delante a miembros de ETA. Hernández intentó varias veces acercarse a ellos con una pregunta que trascendía el expediente judicial. Quería comprender. ¿Por qué mataban? Nunca consiguió una respuesta que le permitiera entenderlo.
Para alguien formado en la lucha canaria debía de existir además una contradicción especialmente difícil de asimilar. Su deporte consistía precisamente en combatir sin destruir al contrario. Dos hombres se agarran, buscan derribarse, uno termina en el suelo y después ambos se dan la mano. El adversario no es un enemigo.
La brega acaba donde empezó: con respeto.
El juez que entró en política
La victoria socialista de 1982 volvió a cambiar su vida. El Gobierno de Felipe González lo nombró gobernador civil de Santa Cruz de Tenerife. Tenía 35 años. Dos años después, el 24 de julio de 1984, fue nombrado delegado del Gobierno en Canarias. El nombramiento coincidió exactamente con su 37 cumpleaños.
Durante aquellos años, en los que siempre escuchaba a Jerónimo Saavedra y Augusto Brito como referentes del socialismo canario, se convirtió en uno de los hombres de confianza del felipismo en Canarias. El muchacho cuyos padres habían tenido que marcharse a Venezuela para que pudiera estudiar había llegado al corazón del Estado.
En noviembre de 1990 entró como vocal en el Consejo General del Poder Judicial. Su elección por el Senado obtuvo 210 votos y formó parte del Consejo presidido por Pascual Sala hasta que abandonó el órgano en 1992. Entonces llegó el cargo que terminaría marcando para siempre su biografía pública.

Fiscal General del Estado
El 10 de abril de 1992, el Gobierno de Felipe González —tras barajar su nombre como director general de la Guardia Civil o Ministro del Interior— propuso a Eligio Hernández como Fiscal General del Estado. El Consejo General del Poder Judicial había informado favorablemente sobre su idoneidad por once votos contra seis y una abstención.
El Pollo del Pinar estaba al frente del Ministerio Fiscal. Su condición de Fiscal General le convirtió además en consejero nato del Consejo de Estado, donde tomó posesión el 26 de mayo de 1992. Aquella etapa fue también la más controvertida de su carrera.
Hernández cesó a petición propia el 27 de mayo de 1994. Unas semanas después, el 17 de junio, el pleno de la Sala Tercera del Tribunal Supremo declaró ilegal su nombramiento. El debate estaba en el requisito de acreditar más de quince años de ejercicio efectivo como jurista. El Gobierno había computado los años durante los que Hernández ejerció responsabilidades políticas y administrativas; el Supremo entendió que los siete años desempeñando cargos dependientes del Ejecutivo no podían contabilizarse como ejercicio efectivo de la profesión jurídica.
La controversia quedó incorporada para siempre a su biografía.
También quedó su relación con Felipe González, por quien Hernández nunca ha ocultado admiración y al que continúa considerando uno de los grandes estadistas de la España contemporánea.
Regreso a Canarias
Después de Madrid volvió a Canarias y a la política. En 1995 fue elegido diputado del Parlamento de Canarias por Gran Canaria dentro del Grupo Socialista. Permaneció durante la IV Legislatura y dejó la Cámara en 1999.
Seguía perteneciendo formalmente a la Carrera Judicial. Antes de llegar al Parlamento había ocupado plaza de magistrado en la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Canarias, con sede en Santa Cruz de Tenerife. El BOE conserva el rastro administrativo de una carrera que terminó oficialmente mucho después: su jubilación voluntaria como magistrado se hizo efectiva el 25 de julio de 2012, un día después de cumplir 65 años.
Para entonces hacía tiempo que había regresado a la abogacía. Era, de alguna manera, volver a otra de sus tres identidades esenciales: herreño, luchador, abogado.
Historia después del Derecho
Con los años apareció con más fuerza otra pasión: la Historia. Hernández se sumergió especialmente en la España de la Segunda República, la Guerra Civil y la posguerra. Ha escrito sobre Juan Negrín, José Franchy y Roca y otros personajes de aquel periodo y forma parte de la Academia Canaria de la Lengua. También ocupa la vicepresidencia de la Fundación Juan Negrín.
La política tampoco ha desaparecido.
Continúa siendo militante socialista, aunque eso no le ha impedido criticar públicamente a dirigentes de su propio partido. Preside la Sociedad Civil de Canarias y se define a sí mismo, además, como cristiano militante. En junio de 2026 seguía presentándose públicamente con una combinación que explica bastante bien su personalidad: abogado en ejercicio, magistrado jubilado, militante socialista y cristiano.
A sus 79 años conserva también una querencia difícil de abandonar por la discusión jurídica, histórica y política. El abogado continúa ahí. El luchador también.

El último agarre
El currículum de Eligio Hernández impresiona cuando se lee seguido. Desde un juzgado de Telde hasta la Fiscalía General del Estado. Desde los terreros de Tenerife hasta el Consejo General del Poder Judicial. Desde una casa de campesinos en El Pinar hasta algunos de los despachos más importantes del Estado.
Pero quizá su vida se entienda mejor quitando cargos que añadiéndolos.
Entonces aparece un niño criado por sus abuelos mientras sus padres trabajan en Venezuela para pagarle los estudios. Un muchacho que sale de El Hierro, llega a Tenerife y descubre que puede costearse parte de la universidad derribando hombres sobre la arena. Un estudiante que escucha a un viejo socialista decirle que antes de aprender política debe leer a Cervantes. Un juez destinado en Telde que encuentra allí a Juana. Un padre. Un abuelo que lleva años pensando en regresar definitivamente a El Pinar y que no termina de hacerlo porque los nietos han resultado tener un agarre formidable.
Y aparece, sobre todo, el Pollo del Pinar.
Quizá por eso, después de haber conocido de cerca el poder, Hernández sigue hablando de la nobleza como la principal virtud. No de la nobleza del apellido, sino de la otra. La que atribuía a sus campesinos. La que Padrón Machín le enseñó a buscar en Cervantes. La que su padre le mostró en un terrero.
La lucha canaria tiene una particularidad extraordinaria: uno puede emplear toda su fuerza para tirar al adversario y, unos segundos después, ofrecerle la mano para levantarlo.
Eligio Hernández ha pasado buena parte de su vida entre pleitos, sentencias y política, lugares donde las derrotas suelen durar bastante más que una agarrada. Tal vez por eso sigue siendo luchador.
Porque después de casi ocho décadas, decenas de cargos y alguna que otra caída, todavía cree en aquella vieja regla del terrero: bregar con todas las fuerzas, caer si toca y terminar dando la mano.
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